Poema Recoged esta voz de Miguel Hernndez

Recoged esta voz

de Miguel Hernndez


I

Naciones de la tierra, patrias del mar, hermanos
del mundo y de la nada:
habitantes perdidos y lejanos
ms que del corazn, de la mirada.

Aqu tengo una voz enardecida,
aqu tengo un vida combatida y airada,
aqu tengo un rumor, aqu tengo una vida.

Abierto estoy, mirad, como una herida.
Hundido estoy, mirad, estoy hundido
en medio de mi pueblo y de sus males.
Herido voy, herido y malherido,
sangrando por trincheras y hospitales.

Hombres, mundos, naciones,
atended, escuchad mi sangrante sonido,
recoged mis latidos de quebranto
en vuestros espaciosos corazones,
porque yo empuo el alma cuando canto.

Cantando me defiendo
y defiendo mi pueblo cuando en mi pueblo imprimen
su herradura de plvora y estruendo
los brbaros del crimen.

Esta es su obra, esta:
pasan, arrasan como torbellinos,
y son ante su clera funesta
armas los horizontes y muerte los caminos.

El llanto que por valles y balcones se vierte,
en las piedras diluvia y en las piedras trabaja,
y no hay espacio para tanta muerte,
y no hay madera para tanta caja.

Caravanas de cuerpos abatidos.
Todo vendajes, penas y pauelos:
todo camillas donde a los heridos
se les quiebran las fuerzas y los vuelos.

Sangre, sangre por rboles y suelos,
sangre por aguas, sangre por paredes.
y un temor de que Espaa se desplome
del peso de la sangre que moja entre sus redes
hasta el pan que se come.

Recoged este viento,
naciones, hombres, mundos,
que parte de las bocas de conmovido aliento
y de los hospitales moribundos.

Aplicad las orejas
a mi clamor de pueblo atropellado,
al ay! de tantas madres, a las quejas
de tanto ser luciente que el luto ha devorado.

Los pechos que empujaban y heran las montaas,
vedlos desfallecidos sin leche ni hermosura,
y ved las blancas novias y las negras pestaas
cadas y sumidas en una siesta oscura.

Aplicad la pasin de las entraas
a este pueblo que muere con un gesto invencible
sembrado por los labios y la frente,
bajo los implacables aeroplanos
que arrebatan terrible,
terrible, ignominiosa, diariamente,
a las madres los hijos de las manos.

Ciudades de trabajo y de inocencia,
juventudes que brotan de la encina,
troncos de bronce, cuerpos de potencia
yacen precipitados en la ruina.

Un porvenir de polvo se avecina,
se avecina un suceso
en que no quedar ninguna cosa:
ni piedra sobre piedra ni hueso sobre hueso.

Espaa no es Espaa, que es una inmensa fosa,
que es un gran cementerio rojo y bombardeado:
los brbaros la quieren de este modo.

Ser la tierra un denso corazn desolado,
si vosotros, naciones, hombres, mundos,
con mi pueblo del todo
y vuestro pueblo encima del costado,
no quebris los colmillos iracundos.

II

Pero no lo ser: que un mar piafante,
triunfante siempre, siempre decidido,
hecho para la luz, para la hazaa,
agita su cabeza de rebelde diamante,
bate su pie calzado en el sonido
por todos los cadveres de Espaa.

Es una juventud: recoged este viento.
Su sangre es el cristal que no se empaa,
su sombrero el laurel y su pedernal su aliento.

Donde clava la fuerza de sus dientes
brota un volcn de difanas espadas,
y sus hombros batientes,
y sus talones guan llamaradas.

Est compuesta de hombres del trabajo:
de herreros rojos, de albos albailes,
de yunteros con rostro de cosechas.
Ocenicamente transcurren por debajo
de un fragor de sirenas y herramientas fabriles
y de gigantes arcos alumbrados con flechas.

A pesar de la muerte, estos varones
con metal y relmpagos igual que los escudos,
hacen retroceder a los caones
acobardados, temblorosos, mudos.

El polvo no los puede y hacen del polvo fuego,
savia, explosin, verdura repentina:
con su poder de abril apasionado
precipitan el alma del espliego,
el parto de la mina,
el frtil movimiento del arado.

Ellos harn de cada ruina un prado,
de cada pena un fruto de alegra,
de Espaa un firmamento de hermosura.
Vedlos agigantar el medioda
y hermosearlo todo con su joven bravura.

Se merecen la espuma de los truenos,
se merecen la vida y el olor del olivo,
los espaoles amplios y serenos
que mueven la mirada como un pjaro altivo.

Naciones, hombres, mundos, esto escribo:
la juventud de Espaa saldr de las trincheras
de pie, invencible como la semilla,
pues tiene un alma llena de banderas
que jams se somete ni arrodilla.

All van por los yermos de Castilla
los cuerpos que parecen potros batalladores,
toros de victorioso desenlace,
dicindose en su sangre de generosas flores
que morir es la cosa ms grande que se hace.

Quedarn en el tiempo vencedores,
siempre de sol y majestad cubiertos,
los guerreros de huesos tan gallardos
que si son muertos son gallardos muertos:
la juventud que a Espaa salvar, aunque tuviera
que combatir con un fusil de nardos
y una espada de cera.



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