Poema Santa Escolstica de Mara Rosala Rita de Castro

Santa Escolstica

de Mara Rosala Rita de Castro


SANTA ESCOLSTICA

I

Una tarde de abril, en que la tenue
Llovizna triste humedeca en silencio
De las desiertas calles las baldosas,
Mientras en los espacios resonaban
Las campanas con lentas vibraciones,
Dime a marchar, huyendo de mi sombra.

Bochornoso calor que enerva y rinde,
Si se cierne en la altura la tormenta,
Tornara el aire irrespirable y denso.
Y el alma ansiosa y anhelante el pecho
A impulsos del instinto iban buscando
Puro aliento en la tierra y en el cielo.

Soplo mortal creyrase que haba
Dejado el mundo sin piedad desierto,
Convirtiendo en sepulcro a Compostela.
Que en la santa ciudad, grave y vetusta
No hay rumores que turben importunos
La paz ansiada en la apacible siesta.

II

Cementerio de vivos!... murmuraba
Yo al cruzar por las plazas silenciosas,
Que otros das de gloria nos recuerdan.
Es verdad que hubo aqu nombres famosos.
Guerreros indomables, grandes almas?
Dnde hoy tu raza varonil alienta?

La airosa puerta de Fonseca, muda,
Me mostr sus estatuas y columnas
Primorosas, encanto del artista,
Y del gran hospital, la incomparable
Obra del genio, ante mis tristes ojos,
En el espacio dibujse altiva.

Despus la catedral..., palacio mstico
De atrevidas romnicas arcadas,
Y con su Gloria de bellezas llena.
Me pareci al mirarla que quera
Sobre mi frente desplomar, ya en ruinas,
De sus torres la mole gigantesta.

Volv entonces el rostro, estremecida,
Hacia donde atrevida se destaca
Del Cebedeo la celeste imagen,
Como el alma del mrtir, blanca y bella,
Y vencedora en su caballo airoso,
Que galopando en triunfo rasga el aire.

Y bajo el arco obscuro, en donde eterno
Del oculto torrente el rumor suena,
Me deslic cual corza fugitiva,
Siempre andando al azar, con aquel paso
Errante del que busca en donde pueda
De s arrojar el peso de la vida.

Atrs quedaba aquella calle adusta,
Camino de los frailes y los muertos,
Siempre vaca y misteriosa siempre,
Con sus manchas de sombra gigantescas
Y sus claros de luz, que hacen ms triste
Su soledad, y que los ojos hieren.

Y en tanto... la llovizna, como todo
Lo manso, terca, sin cesar regaba
Campos y plazas, calles y conventos
Que iluminaba el sol con rayo oblicuo
A travs de los hmedos vapores,
Blanquecinos veces, otras negros.

III

Ciudad extraa, hermosa y fea a un tiempo,
A un tiempo apetecida y detestada,
Cual ser que nos atrae y nos desdea,
Algo hay en ti que apaga el entusiasmo,
Y del mundo feliz de los ensueos
A la aridez de la verdad nos lleva,

De la verdad!... Del asesino honrado
Que impasible nos mata y nos entierra!
......................................................................

Y yo quera morir! La sin entraas,
Sin conmoverse, me mostrara el negro
Y oculto abismo que a mis pies abrieran.
Y helndome la sangre, framente,
De amor y de esperanza me dejara,
Con slo un golpe, para siempre hurfana.

La gloria es humo! El cielo est tan alto
Y tan bajos nosotros, que la tierra
Que nos ha dado volver a absorbernos.
Afanarse y luchar, cuando es el hombre
Mortal ingrato y nula la victoria,
Por qu, ya que hay Dios, vence el infierno?

As del dolor vctima, el espritu
Se rebelaba contra cielo y tierra...
Mientras mi pie inseguro caminaba;
Cuando de par en par vi abierto el templo,
De fieles despoblado, y donde apenas
Su resplandor las lmparas lanzaban.

IV

Majestad de los templos, mi aima femenina
Te siente, como siente las maternas dulzuras,

Las inquietudes vagas, las ternuras secretas
Y el temor a lo oculto tras la inmensa altura.

Oh, majestad sagrada! En nuestra hmeda tierra
Ms grande eres y augusta que en donde el sol ardiente
Inquieta con sus rayos vivsimos las sombras
Que al pie de los altares oran, velan o duermen.

Bajo las anchas bvedas, mis pasos silenciosos
Resonaron con eco armonioso y pausado,
Cual resuena en la gruta la gota cristalina
Que lenta se desprende sobre el verdoso charco.

Y an ms que los acentos del rgano y la msica
Sagrada, conmovime aquel silencio mstico
Que llenaba el espacio de indefinidas notas,
Tan slo perceptibles al conturbado espritu.

Del incienso y la cera, el acusado aroma
Que impregnaba la atmsfera que all se respiraba,
No s por qu, de pronto, despert en mis sentidos
De tiempos ms dichosos reminiscencias largas.

Y la mirada inquieta, cual buscando refugio
Para el alma, que sola luchaba entre tinieblas,
Recorri los altares, esperando que acaso
Algn rayo celeste brillase al fin en ella.

Y... no fu vano empeo ni ilusin engaosa!...
Suave, tibia, plida la luz rasg la bruma
Y penetr en el templo, cual entra la alegra
De sbito en el pecho que las penas anublan.

Ya yo no estaba sola!... En armonioso grupo,
Como visin soada, se dibuj en el aire
De un ngel y una santa el contorno divino,
Que en un nimbo envolva vago el sol de la tarde.

Aquel candor, aquellos delicados perfiles
De celestial belleza, y la inmortal sonrisa
Que hace entreabrir los labios del dulce mensajero
Mientras contempla el rostro de la virgen dormida

En el sueo del xtasis, y en cuya frente casta
Se transparenta el fuego del amor puro y santo,
Ms ardiente y ms hondo que todos los amores
Que pudo abrigar nunca el corazn humano;

Aquel grupo que deja absorto el pensamiento,
Que impresiona el espritu y asombra la mirada,
Me hiri calladamente, como hiere los ojos
Cegados por la noche la blanca luz del alba.

Todo cuanto en m haba de pasin y ternura,
De entusiasmo ferviente y gloriosos empeos,
Ante el sueo admirable que realiz el artista,
Volviendo tomar vida, resucit en mi pecho.

Sent otra vez el fuego que ilumina y que crea
Los secretos anhelos, los amores sin nombre,
Que como al arpa elica el viento, al alma arrancan
Sus notas ms vibrantes, sus ms dulces canciones.

Y orando y bendiciendo al que es todo hermosura,
Se dobl mi rodilla, mi frente se inclin
Ante l, y conturbada, exclam de repente:
Hay arte! Hay poesa!... Debe haber cielo; hay Dios!



Analizar métrica y rima de Santa Escolstica