Poemas de Carolina Coronado

Carolina-Coronado
Nombre: Carolina Coronado
Nacimiento: Almendralejo, Badajoz, 12 de diciembre de 1820
Muerte: Lisboa, 15 de enero de 1911
Nacionalidad: España
Biografía de Carolina Coronado

Poemas de Carolina Coronado



Poesías de Carolina Coronado preferidas de nuestros lectores


  • A Ángela


  • Ángela, melancólica mi alma
    hacia tus brazos encamina el vuelo
    ansiosa de encontrar en ellos calma.

    Que, siempre son los ángeles del cielo
    ésos que nos arrullan blandamente
    y nos prestan reposo y dan consuelo.

    Tú tienes una voz que el ruido miente
    de las sencillas tórtolas, y el eco
    del murmurar tranquilo de la fuente,

    Y aunque en el pecho de inocencia seco
    no halle lugar tan cándido sonido
    halla en el mío dilatado hueco.

    Si, yo mi juventud no he consumido,
    conservo la ilusión y el sentimiento
    y aun puedo al tierno amor prestar oído:

    Ora célebre amor tu tierno acento,
    ora te duelas dél, siempre te escucha
    mi enternecido corazón atento.

    Y si en el siglo de ambición y lucha
    consuelo mutuamente no nos damos
    de nuestras almas a la pena mucha,

    Ángela, ¿con el llanto a dónde vamos?
    ¿Hacia dónde el amor sencillo y bello
    de nuestra musa juvenil llevamos?

    De rosas y jazmines el cabello
    te puedo coronar, sino ambiciosa
    por ceñir el laurel doblas el cuello:

    Yo quiero consagrar mi edad penosa
    a celebrar las cándidas doncellas
    que sólo en su amistad mi alma reposa;

    Entusiasmo y virtud encuentro en ellas
    y en sus arpas dulcísimas y santas
    el consuelo y la paz de mis querellas.

    Por eso vuelo a ti, que tierna cantas
    a Dios ya los amores de mi vida
    raudal perpetuo de emociones tantas.

    Por eso ya sintiéndome abatida
    el alma hacia tus brazos encamino
    porque en ellos la des bella acogida.

    Más precio yo tu arrullo peregrino
    que de las trompas bélicas los sones
    donde horribles batallas imagino,

    Más precio yo, doncella, tus canciones
    que los oscuros libros de la historia
    donde jamás hallé sino borrones;

    Más precio de amistad la suave gloria,
    más de mis compañeros la sonrisa
    que del mayor guerrero la victoria.

    De dos en dos, las tórtolas, poetisa,
    cantan sobre los rudos encinares
    mecidas en sus ramas por la brisa:

    Así das tú compaña a mis pesares
    aliento a un pecho lánguido infundiendo
    con el celeste ardor de tus cantares...

    Ya no sufro; mis párpados cayendo
    a tu benigno influjo, dulce amiga,
    poco a poco y mi espíritu adurmiendo
    en tus brazos se van... ¡Dios te bendiga!


  • La rosa blanca


  • Antes que por la lluvia fecundada
    arde la tierra al sol de primavera,
    que apresurando su veloz carrera,
    muestras la luz de mayo anticipada;
    queda la yerba mísera abrasada
    antes de desplegarse en la pradera
    y, como niño que en la cuna muere,
    seco el pimpollo al rayo que lo hiere.

    Para su breve curso el arroyuelo:
    la fuente agota su caudal mezquino;
    de la desnuda acacia al muerto espino
    lleva la joven mariposa el vuelo;
    el polvo lame del estéril suelo
    la oveja hambrienta, y fijo en el camino.
    A lo lejos contempla los sembrados
    el labrador con ojos desolados...

    ¿A qué viene la niña de la aldea
    a recorrer los campos cuidadosa
    si no ha de hallar en ellos ni una hermosa
    flor, que de su cabello ornato sea?
    Siempre cuando la mansa luna ondea,
    al acabarse el día, presurosa
    desciende murmurando a la ribera
    y se mira en el agua placentera.

    Y alza de entre los juncos de su orilla
    una flor de blancura reluciente
    y una por una cuenta ansiosamente
    las hojas de su corola sencilla:
    y cuantas menos son, más gozo brilla
    en la faz de la niña, más latiente
    siente su pecho, y en el onda pura
    mira con más cuidado su hermosura.

    Aquella flor tan blanca y olorosa
    al pie del arroyuelo colocada
    desde lejano huerto transplantada
    revela inteligencia misteriosa:
    para aquella que aguarda el alba rosa
    un signo es cada boja plateada,
    que, en su número, anuncian a María
    las horas de una cita cada día.

    Seis hojas solamente coronaban
    ayer las sienes de la fresca rosa,
    los ojos de la niña venturosa
    al recorrerlas de placer brillaban;
    y era que ya de cerca resonaban
    las pisadas y el habla cariñosa
    del oculto galán que en la ribera
    la dulce niña enamorada espera.

    Mas ¡ay del triste, doloroso día
    en que la amada flor de su consuelo
    sus hojas doce al pie del arroyuelo
    muestre a los ojos de la fiel María!
    El habla tierna que a su lado oía,
    el rostro que miró con tanto anhelo
    no escuchará ya más en la ribera,
    no verá junto al agua placentera.

    Ya su carrera el sol en paz termina,
    ya no alcanza su rayo a la pradera
    mas refléjase aún su luz postrera
    en la pálida copa de la encina;
    y en una errante nube blanquecina
    que, al caso, perdida por la esfera
    mitad de su color al sol le debe,
    mitad al brillo de la luna leve.

    El sol lejano, el cielo transparente,
    la débil luna, el viento sosegado
    el monte allá a lo lejos levantado
    entre la oscura sombra del oriente;
    el pájaro que trina suavemente,
    el riachuelo que suene acompasado
    prestan al mustio campo en su tristeza
    galas de juventud y de grandeza.

    Reanima sus pimpollos la arboleda
    y la planta el follaje decaído;
    por la nocturna sombra humedecido,
    el seco prado reluciente queda:
    que aunque estación ingrata no conceda
    benigna lluvia al campo agradecido,
    basta al suelo de España fresca sombra
    para tejer su verde y rica alfombra.

    Y aún han de hallar las aves extranjeras
    que emigran de los climas apartados
    abundante semilla en sus collados
    y sombra deliciosa en sus riberas:
    y aún tejerá en abril en sus praderas
    ramilletes de lirios delicados
    la niña que ya baja al arroyuelo
    tras de la blanca flor de su desvelo.

    Menos de su colmena enamorada
    vuela ansiosa la abeja a los panales
    que la amorosa niña a los juncales
    donde la clara flor está guardada;
    su faz inquieta brilla carminada
    entre las rubias trenzas desiguales,
    como en pálidos trigos encendida
    tierna amapola, a medias escondida.

    Mas hoy la bella flor de su alegría
    no corona los juncos del riachuelo...
    dos lagrimas de amante desconsuelo
    caminan por el rostro de María;
    cual si viajero que la fuente ansía
    tocara el agua convertida en hielo,
    así al hallar los juncos sin la rosa
    queda la niña triste y silenciosa.

    Fija la vista por el agua clara
    que bajo de sus plantas se desliza,
    cómo sus hilos transparentes riza
    luego el lloro enjugándose repara:
    y cómo aquella flor graciosa y rara
    blanca en su cerco, en la mitad pajiza
    se mece en su barquilla deliciosa
    burlando la corriente bulliciosa.

    Y al fin ya divertido su cuidado
    brota en su corazón nueva esperanza.
    ¿Quién sabe en su raudal que al junco alcanza
    si habrá la rosa el agua arrebatado?
    ¿Quién sabe si su espíritu agitado
    halla en leve ocasión grave tardanza,
    y si al compás del agua cristalina
    ya muy cercano su garzón camina?...

    En tanto que la vaga nubecilla
    ya sobre su cabeza se suspende,
    en dos alas blanquísimas que tiende,
    como paloma que en los aires brilla;
    a la postrera débil lucecilla
    que del sol medio oculto se desprende
    piensa ordenar María su prendido
    del arroyuelo en el cristal lucido.

    Que de su amante a los oscuros ojos
    bella mostrarse anhela, cual ninguna;
    el parecer hermoso de la luna,
    por ser ajeno hechizo, le da enojos:
    del sol la enfadan los perfiles rojos
    y el brillo de la estrella le importuna,
    que no pueden sufrir sus altos celos
    ni las rivales mismas de los cielos.

    La gran toca dorada del cabello
    por el vivo airecillo descompuesta,
    la ondulante gasilla alba y modesta
    que en torno ciñe su azulado cuello
    más peregrino harán el rostro bello
    en su inocente compostura honesta...
    Llégase, y sobre el agua cristalina
    el blanco rostro la doncella inclina.

    Mas en vez del contorno delicado
    donde lucen sus ojos lagrimosos
    se muestran en los espejos temblorosos
    la nubecilla en círculo ovalado
    muda el cristal; mas hállanlo empañado
    dondequiera sus ojos temerosos
    la nube al arroyuelo todo alcanza
    y va burlando siempre su esperanza.

    Alza confusa el rostro con recelo
    hacia la sombra que su arroyo empaña
    que la nube de blancura extraña
    que de la luna pende, como un velo;
    ya asemeja meciéndose en el cielo
    un cisne que en su lago azul se baña
    y ya remeda una graciosa cuna
    do como un niño muéstrase la luna.

    De nuevo al agua tórnase María
    y otra vez vuelve a hallar la nube en ella...
    Con presurosos pasos la doncella
    huye espantada a la cercana vía:
    caminante sin luz, ciego sin guía
    los erizados juncos atropella
    temblando al vago roce del cabello
    que el viento hace flotar sobre su cuello.

    Pero del sauce aquel cuya melena
    luenga baja hasta hundirse en la corriente
    suave, como el ruido de la fuente,
    y dulce una doliente queja suena:
    notas de una muy triste cantilena
    que por el mismo corazón se siente,
    voz de quien sufre y se lastima y ruega,
    «¡ay!» que hasta el alma desgarrando llega.

    ¿Quién gemirá en aquella orilla sola
    que con suspiros a la niña clama?
    ¿Quién escondido bajo aquella rama
    con amor tanto y ansiedad llamóla?
    ¿Cuyo es el pecho que también asola
    el tierno incendio de amorosa llama?...
    ¿Se alejará sin ver la compañera
    tórtola que la aguarda en la ribera?

    «¡Ay!» dice el canto bello y penetrante
    y de el susto primero recobrada
    «¡ay!» la niña tornando a la enramada
    donde a su amiga siempre halla constante;
    cual si se hallara la infantil amante
    por la tórtola débil amparada
    ya nada teme, junto al sauce llega
    y el ave escucha y con su lecho juega.

    ¡Cómo la luna de nevada que era
    vase tornando de color rosada!
    ¡Cómo rompe la atmósfera azulada
    aquella estrella hermosa la primera!
    ¡Cómo de la naciente primavera
    la vespertina brisa es regalada!
    La doncella en sus palmas, cuán hirviente
    el seno de su amiga latir siente.

    No escuchó más cantares soberanos,
    más jardines no vio, más anchos mares
    que el humilde regato y los juncares
    y al ave que le arrulla entre las manos;
    mas no ha menester ver los océanos
    otro jardín hallar, ni oír más cantares
    que al seno de la joven conmovida
    falta respiración, sóbrale vida.

    Cuando así el corazón latir sentimos
    ya no hay en nuestro ser más que esperanza,
    a dondequiera que la vista alcanza,
    placeres solamente distinguimos,
    de las pasadas penas que gemimos
    hasta el recuerdo el pensamiento lanza
    y en el mal que tocamos no creemos
    y la dicha abrazamos que no habemos.

    ¡Triste enamoradísima doncella!
    ¡Cándida niña de la faz rosada!
    Presto de los suspiros aliviada
    suspensa al contemplar la noche bella
    olvida su amarguísima querella
    y tórnase a mirar esperanzada
    si por acaso el agua se avecina
    la sombra que sus ojos ilumina.

    «Vendrá» se dice, pero el grave canto
    de un cárabo en la orilla contrapuesta
    miente un «no, no, no, no» como respuesta
    que pone al corazón medroso espanto:
    rompe en sus ojos lastimado llanto
    al escuchar la cántica funesta
    y ya pretende huir, ya se detiene
    ya se aleja, y ya al sin otra vez viene.

    Suena el arroyuelo la brillante luna
    que en su linfa serena se retrata
    hebra tras hebra el agua desbarata
    y la vuelve a formar una tras una.
    Ora que en el riachuelo sombra alguna
    no empañará tal vez, su tersa plata
    la niña con la luz que se acrecienta
    verse la roja faz de nuevo intenta.

    Y allí la nube que en la tarde había,
    allí la sombra esta maravillosa,
    allí dentro del agua rumorosa
    empaña el vago espejo de María.
    ¿Qué nube es ésa que en tenaz porfía
    persigue a la doncella temerosa,
    como el rostro múltiple entristecido
    del importuno amante aborrecido?

    Blanco vellón remeda del cordero
    la nubecilla vaga y misteriosa
    que en torno de la luna deliciosa
    la sigue en su camino placentero;
    ya se apiña y ya vuelve al ser primero
    forma y color mudando caprichosa;
    tan presto miente un lago, una cabaña
    tan presto una ciudad, una montaña.

    Y ya su cerco rápido descrece
    y al cabo a breve trecho reducida
    como bajo un fanal brasa encendida
    la luna entre el vapor blanco aparece;
    rompe en mitad su rayo y resplandece
    en menudos pedazos dividida
    la nube que ya es flor, a cuyo centro
    pétalos da la luna desde adentro.

    Flor de blancura extrema y lozanía
    cuyas hojas se apiñan y se tocan
    y menguan, se perfilan, se colocan
    en circular, simétrica armonía...
    Si los ojos no turban de María
    las lágrimas que ardientes la sofocan
    la clara flor que la presenta el cielo
    es la rosa ocasión de su desvelo.

    El bello lustre de sus hojas ciega,
    de su cáliz radiante el brillo ofende
    y el dulce aroma que de sí desprende
    traspasa el éter y a la tierra llega:
    y cuanto más su corola desplega,
    más su esencia purísima trasciende
    y más, y más resplandeciente brilla
    de su precioso centro la semilla.

    En ella entrambos ojos enclavados,
    ambos brazos tendidos hacia ella
    en éxtasis respira la doncella
    los aires con su aliento embalsamados;
    sus espíritus deja conturbados
    con su perfume y luz la flor aquella
    y siente su cerebro dolorido
    cefrado el corazón y comprimido.

    Y surge un pensamiento de repente
    de en medio de su mente fascinada...
    ¿Cuántas hojas tendrá la rosa hallada
    sobre los cielos milagrosamente?
    Recorre hoja por hoja atentamente
    mas con su hiriente brillo deslumbrada
    por más que en repasarlas se atormenta
    una tras otra vez yerra la cuenta.

    Mas, distintas las hojas va dejando
    ver ya la claridad, mas quebrantada
    y la niña, impaciente, la mirada
    en la divina flor clava temblando
    Dos... cuatro... seis... diez, hojas va contando
    y once llega a contar sobresaltada,
    y al mirar otra más lanzó un gemido
    y en su seno de amor cesó el latido.

    Allí quedó en las urnas del riachuelo
    el bello y joven tronco sepultado
    las aguas con acento lastimado
    en torno de él hicieron largo duelo;
    la tórtola, con tierno desconsuelo
    espantada doliéndose a su lado
    un ronco y lamentable son hacía
    con el rumor del agua que gemía.