Poemas de Federico García Lorca

Federico-García-Lorca
Nombre: Federico García Lorca
Nacimiento: Fuente Vaqueros, Granada 5 de junio de 1898
Muerte: Víznar, Granada 19 de agosto de 1936
Nacionalidad: España
Biografía de Federico García Lorca

Poemas de Federico García Lorca

Andaluzas  >> Canciones
Juegos  >> Canciones
Amor  >> Canciones
Tres retratos con sombra  >> Canciones
Trasmundo  >> Canciones
Canciones para niños  >> Canciones
Canciones para terminar  >> Canciones
Nocturnos de la ventana  >> Canciones
Eros con bastón  >> Canciones
Teorías  >> Canciones
Canciones de luna  >> Canciones
Manantial  >> Libro de poemas
Canción otoñal  >> Libro de poemas
Madrigal de verano  >> Libro de poemas
Sueño  >> Libro de poemas
Arboles  >> Libro de poemas
Canción primaveral  >> Libro de poemas
La balada del agua del mar  >> Libro de poemas
Nido  >> Libro de poemas
El canto de la miel  >> Libro de poemas
Lluvia  >> Libro de poemas
Elegía del silencio  >> Libro de poemas
Elegía  >> Libro de poemas
Chopo muerto  >> Libro de poemas
Elegía a doña Juana la Loca  >> Libro de poemas
El diamante  >> Libro de poemas
Tarde  >> Libro de poemas
Veleta  >> Libro de poemas
Santiago  >> Libro de poemas
Meditación bajo la lluvia  >> Libro de poemas
Alba  >> Libro de poemas
Cantos nuevos  >> Libro de poemas
Balada triste  >> Libro de poemas
Canción menor  >> Libro de poemas
Si mis manos pudieran deshojar  >> Libro de poemas
Deseo  >> Libro de poemas
La sombra de mi alma  >> Libro de poemas
Los álamos de plata  >> Libro de poemas
Campo  >> Libro de poemas
Mañana  >> Libro de poemas
¡Cigarra!  >> Libro de poemas
Noviembre  >> Libro de poemas
Viñetas flamencas  >> Poema del cante jondo
Poema de la saeta  >> Poema del cante jondo
Tres ciudades  >> Poema del cante jondo
Baladilla de los tres ríos  >> Poema del cante jondo
Diálogo del Amargo  >> Poema del cante jondo
Gráfico de la Petenera  >> Poema del cante jondo
Poema de la siguiriya gitana  >> Poema del cante jondo
Poema de la soleá  >> Poema del cante jondo
Dos muchachas  >> Poema del cante jondo
Seis caprichos  >> Poema del cante jondo
Los Negros  >> Poeta en Nueva York
El poeta llega a la Habana  >> Poeta en Nueva York
Dos odas  >> Poeta en Nueva York
Poemas del lago Edem Mills  >> Poeta en Nueva York
Calles y sueños  >> Poeta en Nueva York
En la cabaña del Farmer  >> Poeta en Nueva York
Introducción a la muerte  >> Poeta en Nueva York
Huída de Nueva York  >> Poeta en Nueva York
Vuelta a la ciudad  >> Poeta en Nueva York
Remansos  >> Primeras canciones
Media luna  >> Primeras canciones
Palimpsestos  >> Primeras canciones
Cuatro baladas amarillas  >> Primeras canciones
Claro de reloj  >> Primeras canciones
Cautiva  >> Primeras canciones
Casida de la muchacha dorada  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida de los ramos  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida del herido por el agua  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida de la rosa  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida del llanto  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida del sueño al aire libre  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida de la mujer tendida  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida de las palomas oscuras  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Casida de la mano imposible  >> Primeras canciones   >> CASIDAS
Gacela del amor maravilloso  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela del amor con cien años  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela del amor que no se deja ver  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela de la terrible presencia  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela del mercado matutino  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela de la muerte oscura  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela del niño muerto  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela de la raíz amarga  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela de la huida  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela del amor desesperado  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela del recuerdo del amor  >> Primeras canciones   >> GACELAS
Gacela del amor imprevisto  >> Primeras canciones   >> GACELAS
El amor duerme en el pecho del poeta  >> Sonetos del amor oscuro
Noche del amor insomne  >> Sonetos del amor oscuro
Llagas de amor  >> Sonetos del amor oscuro
El poeta habla por teléfono con el amor  >> Sonetos del amor oscuro
Soneto de la dulce queja  >> Sonetos del amor oscuro
El poeta pide a su amor que le escriba  >> Sonetos del amor oscuro
¡Ay voz secreta del amor oscuro!  >> Sonetos del amor oscuro
El poeta dice la verdad  >> Sonetos del amor oscuro
Soneto de la guirnalda de rosas  >> Sonetos del amor oscuro


Poesías de Federico García Lorca preferidas de nuestros lectores


  • Andaluzas


  • Canción de jinete
    (1860)

       En la luna negra
    de los bandoleros,
    cantan las espuelas.

       Caballito negro.
    ¿Dónde llevas tu jinete muerto?

       ...Las duras espuelas
    del bandido inmóvil
    que perdió las riendas.

       Caballito frío.
    ¡Qué perfume de flor de cuchillo!

       En la luna negra
    sangraba el costado
    de Sierra Morena.

       Caballito negro.
    ¿Dónde llevas tu jinete muerto?

       La noche espolea
    sus negros ijares
    clavándose estrellas.

       Caballito frío.
    ¡Qué perfume de flor de cuchillo!

       En la luna negra,
    ¡un grito! y el cuerno
    largo de la hoguera.

       Caballito negro.
    ¿Dónde llevas tu jinete muerto?

    Adelina de paseo

       La mar no tiene naranjas,
    ni Sevilla tiene amor.
    Morena, qué luz de fuego.
    Préstame tu quitasol.

       Me pondrá la cara verde,
    zumo de lima y limón.
    tus palabras, pececillos,
    nadarán alrededor.

       La mar no tiene naranjas.
    Ay, amor.
    ¡Ni Sevilla tiene amor!

    Zarzamora con el tronco gris

       Zarzamora con el tronco gris,
    dame un racimo para mí.

       Sangre y espinas. Acércate.
    Si tú me quieres, yo te querré.

       Deja tu fruto de verde y sombra
    sobre mi lengua, zarzamora.

       Qué largo abrazo te daría
    en la penumbra de mis espinas.

       Zarzamora ¿dónde vas?
    A buscar amores que tú no me das.

    Mi niña se fue a la mar

       Mi niña se fue a la mar,
    a contar olas y chinas,
    pero se encontró, de pronto,
    con el río de Sevilla.

       Entre adelfas y campanas
    cinco barcos se mecían,
    con los remos en el agua
    y las velas en la brisa.

       ¿Quién mira dentro la torre
    enjaezada, de Sevilla?
    Cinco voces contestaban
    redondas como sortijas.

       El cielo monta gallardo
    al río, de orilla a orilla.
    En el aire sonrosado,
    cinco anillos se mecían.

    Tarde
    (¿Estaba mi Lucía
    con los pies en el arroyo?)

       Tres álamos inmensos
    y una estrella.

       El silencio mordido
    por las ranas, semeja
    una gasa pintada
    con lunaritos verdes.

       En el río,
    un árbol seco,
    ha florecido en círculos
    concéntricos.

       Y he soñado sobre las aguas
    a la morenita de Granada.

    Canción de jinete

       Córdoba.
    Lejana y sola.

       Jaca negra, luna grande,
    y aceitunas en mi alforja.
    Aunque sepa los caminos
    yo nunca llegaré a Córdoba.

       Por el llano, por el viento,
    jaca negra, luna roja.
    La muerte me está mirando
    desde las torres de Córdoba.

       ¡Ay qué camino tan largo!
    ¡Ay mi jaca valerosa!
    ¡Ay que la muerte me espera,
    antes de llegar a Córdoba!

       Córdoba.
    Lejana y sola.

    ¡Es verdad!

       ¡Ay, qué trabajo me cuesta
    quererte como te quiero!

       Por tu amor me duele el aire,
    el corazón
    y el sombrero.

       ¿Quién me compraría a mí,
    este cintillo que tengo
    y esta tristeza de hilo
    blanco, para hacer pañuelos?

       ¡Ay, qué trabajo me cuesta
    quererte como te quiero!

    Arbolé arbolé

       Arbolé, arbolé
    seco y verdé.

       La niña de bello rostro
    está cogiendo aceituna.
    El viento, galán de torres,
    la prende por la cintura.

       Pasaron cuatro jinetes,
    sobre jacas andaluzas
    con trajes de azul y verde,
    con largas capas oscuras.

       "Vente a Granada, muchacha."
    La niña no los escucha.

       Pasaron tres torerillos
    delgaditos de cintura,
    con trajes color naranja
    y espada de plata antigua.

       "Vente a Sevilla, muchacha."
    La niña no los escucha.

       Cuando la tarde se puso
    morada, con luz difusa,
    pasó un joven que llevaba
    rosas y mirtos de luna.

       "Vente a Granada, muchacha."
    Y la niña no lo escucha.

       La niña del bello rostro
    sigue cogiendo aceituna,
    con el brazo gris del viento
    ceñido por la cintura.

       Arbolé arbolé
    seco y verdé.

    Galán

       Galán
    galancillo.
    En tu casa queman tomillo.

       Ni que vayas, ni que vengas,
    con llave cierro la puerta.

       Con llave de plata fina.
    Atada con una cinta.

       En la cinta hay un letrero:
    "Mi corazón está lejos."

       No des vueltas en mi calle.
    ¡Déjasela toda al aire!

       Galán,
    galancillo.
    En tu casa queman tomillo.


  • Calles y sueños


  • A Rafael R. Rapún

    DANZA DE LA MUERTE

    El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
    ¡Cómo viene del África a New York!

    Se fueron los árboles de la pimienta,
    los pequeños botones de fósforo.
    Se fueron los camellos de carne desgarrada
    y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.

    Era el momento de las cosas secas,
    de la espiga en el ojo y el gato laminado,
    del óxido de hierro de los grandes puentes
    y el definitivo silencio del corcho.

    Era la gran reunión de los animales muertos,
    traspasados por las espadas de la luz;
    la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza
    y de la gacela con una siempreviva en la garganta.

    En la marchita soledad sin honda
    el abollado mascarón danzaba.
    Medio lado del mundo era de arena,
    mercurio y sol dormido el otro medio.

    El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
    !Arena, caimán y miedo sobre Nueva York!
    *
    Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío
    donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano.
    Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,
    con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,
    acabó con los más leves tallitos del canto
    y se fue al diluvio empaquetado de la savia,
    a través del descanso de los últimos desfiles,
    levantando con el rabo pedazos de espejos.

    Cuando el chino lloraba en el tejado
    sin encontrar el desnudo de su mujer
    y el director del banco observando el manómetro
    que mide el cruel silencio de la moneda,
    el mascarón llegaba al Wall Street.

    No es extraño para la danza
    este columbario que pone los ojos amarillos.
    De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
    que atraviesa el corazón de todos los niños pobres.
    El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico,
    ignorantes en su frenesí de la luz original.
    Porque si la rueda olvida su fórmula,
    ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos:
    y si una llama quema los helados proyectos,
    el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas.

    No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo.
    El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números,
    entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados
    que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces,
    ¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje,
    tendida en la frontera de la nieve!

    El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
    ¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York!
    *
    Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
    Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.
    En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos.
    Y las brisas de largos remos
    golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.

    La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro
    para fingir una muerta semilla de manzana.
    El aire de la llanura, empujado por los pastores,
    temblaba con un miedo de molusco sin concha.

    Pero no son los muertos los que bailan,
    estoy seguro.
    Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
    Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
    son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
    los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
    los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
    los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
    o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
    ¡Que no baile el Papa!
    ¡No, que no baile el Papa!
    Ni el Rey,
    ni el millonario de dientes azules,
    ni las bailarinas secas de las catedrales,
    ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas.
    Sólo este mascarón,
    este mascarón de vieja escarlatina,
    ¡sólo este mascarón!

    Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
    que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
    que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
    que ya vendrán lianas después de los fusiles
    y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
    ¡Ay, Wall Street!

    El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
    ¡Cómo escupe veneno de bosque
    por la angustia imperfecta de Nueva York!

    Diciembre 1929

    PAISAJE DE LA MULTITUD QUE VOMITA

    (ANOCHECER EN CONEY ISLAND)
    La mujer gorda venía delante
    arrancando las raíces y mojando el pergamino de los tambores;
    la mujer gorda
    que vuelve del revés los pulpos agonizantes.
    La mujer gorda, enemiga de la luna,
    corría por las calles y los pisos deshabitados
    y dejaba por los rincones pequeñas calaveras de paloma
    y levantaba las furias de los banquetes de los siglos últimos
    y llamaba al demonio del pan por las colinas del cielo barrido
    y filtraba un ansia de luz en las circulaciones subterráneas.
    Son los cementerios, lo sé, son los cementerios
    y el dolor de las cocinas enterradas bajo la arena,
    son los muertos, los faisanes y las manzanas de otra hora
    los que nos empujan en la garganta.

    Llegaban los rumores de la selva del vómito
    con las mujeres vacías, con niños de cera caliente,
    con árboles fermentados y camareros incansables
    que sirven platos de sal bajo las arpas de la saliva.
    Sin remedio, hijo mío, ¡vomita! No hay remedio.
    No es el vómito de los húsares sobre los pechos de la prostituta,
    ni el vómito del gato que se tragó una rana por descuido.
    Son los muertos que arañan con sus manos de tierra
    las puertas de pedernal donde se pudren nublos y postres.

    La mujer gorda venía delante
    con las gentes de los barcos, de las tabernas y de los jardines.
    El vómito agitaba delicadamente sus tambores
    entre algunas niñas de sangre
    que pedían protección a la luna.
    ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Ay de mi!
    Esta mirada mía fue mía, pero ya no es mía,
    esta mirada que tiembla desnuda por el alcohol
    y despide barcos increíbles
    por las anémonas de los muelles.
    Me defiendo con esta mirada
    que mana de las ondas por donde el alba no se atreve,
    yo, poeta sin brazos, perdido
    entre la multitud que vomita,
    sin caballo efusivo que corte
    los espesos musgos de mis sienes.

    Pero la mujer gorda seguía delante
    y la gente buscaba las farmacias
    donde el amargo trópico se fija.
    Sólo cuando izaron la bandera y llegaron los primeros canes
    la ciudad entera se agolpó en las barandillas del embarcadero.

    New York, 29 de diciembre de 1929.

    PAISAJE DE LA MULTITUD QUE ORINA

    (NOCTURNO DE BATTERY PLACE)
    Se quedaron solos:
    aguardaban la velocidad de las últimas bicicletas.
    Se quedaron solas:
    esperaban la muerte de un niño en el velero japonés.
    Se quedaron solos y solas,
    soñando con los picos abiertos de los pájaros agonizantes,
    con el agudo quitasol que pincha
    al sapo recién aplastado,
    bajo un silencio con mil orejas
    y diminutas bocas de agua
    en los desfiladeros que resisten
    el ataque violento de la luna.
    Lloraba el niño del velero y se quebraban los corazones
    angustiados por el testigo y la vigilia de todas las cosas
    y porque todavía en el suelo celeste de negras huellas
    gritaban nombres oscuros, salivas y radios de níquel.
    No importa que el niño calle cuando le clavan el último alfiler,
    no importa la derrota de la brisa en la corola del algodón,
    porque hay un mundo de la muerte con marineros definitivos
    que se asomarán a los arcos y os helarán por detrás de los árboles.
    Es inútil buscar el recodo
    donde la noche olvida su viaje
    y acechar un silencio que no tenga
    trajes rotos y cáscaras y llanto,
    porque tan sólo el diminuto banquete de la araña
    basta para romper el equilibrio de todo el cielo.
    No hay remedio para el gemido del velero japonés,
    ni para estas gentes ocultas que tropiezan con las esquinas.
    El campo se muerde la cola para unir las raíces en un punto
    y el ovillo busca por la grama su ansia de longitud insatisfecha.
    ¡La luna! Los policías. ¡Las sirenas de los transatlánticos!
    Fachadas de crin, de humo, anémonas; guantes de goma.
    Todo está roto por la noche,
    abierta de piernas sobre las terrazas.
    Todo está roto por los tibios caños
    de una terrible fuente silenciosa.
    ¡Oh gentes! ¡Oh mujercillas! ¡Oh soldados!
    Será preciso viajar por los ojos de los idiotas,
    campos libres donde silban las mansas cobras deslumbradas,
    paisajes llenos de sepulcros que producen fresquísimas manzanas,
    para que venga la luz desmedida
    que temen los ricos detrás de sus lupas,
    el olor de un solo cuerpo con la doble vertiente de lis y rata
    y para que se quemen estas gentes que pueden orinar alrededor de un gemido
    o en los cristales donde se comprenden las olas nunca repetidas.

    ASESINATO

    (DOS VOCES DE MADRUGADA EN RIVERSIDE DRIVE)
    ¿Cómo fue?
    -Una grieta en la mejilla.
    ¡Eso es todo!
    Una uña que aprieta el tallo.
    Un alfiler que bucea
    hasta encontrar las raicillas del grito.
    Y el mar deja de moverse.
    -¿Cómo, cómo fue?
    -Así
    -¡Déjame! ¿De esa manera?
    -Sí.
    El corazón salió solo.
    -¡Ay, ay de mí!

    NAVIDAD EN EL HUDSON

    ¡Esa esponja gris!
    Ese marinero recién degollado.
    Ese río grande.
    Esa brisa de límites oscuros.
    Ese filo, amor, ese filo.
    Estaban los cuatro marineros luchando con el mundo.
    con el mundo de aristas que ven todos los ojos,
    con el mundo que no se puede recorrer sin caballos.
    Estaban uno, cien, mil marineros
    luchando con el mundo de las agudas velocidades,
    sin enterarse de que el mundo
    estaba solo por el cielo.
    El mundo solo por el cielo solo.
    Son las colinas de martillos y el triunfo de la hierba espesa.
    Son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango.
    El mundo solo por el cielo solo
    y el aire a la salida de todas las aldeas.

    Cantaba la lombriz el terror de la rueda
    y el marinero degollado
    cantaba al oso de agua que lo había de estrechar;
    y todos cantaban aleluya,
    aleluya. Cielo desierto.
    Es lo mismo, ¡lo mismo!, aleluya.

    He pasado toda la noche en los andamios de los arrabales
    dejándome la sangre por la escayola de los proyectos,
    ayudando a los marineros a recoger las velas desgarradas.
    Y estoy con las manos vacías en el rumor de la desembocadura.
    No importa que cada minuto
    un niño nuevo agite sus ramitos de venas,
    ni que el parto de la víbora, desatado bajo las ramas,
    calme la sed de sangre de los que miran el desnudo.
    Lo que importa es esto: hueco. Mundo solo. Desembocadura.
    Alba no. Fábula inerte.
    Sólo esto: desembocadura.
    ¡Oh esponja mía gris!
    ¡Oh cuello mío recién degollado!
    ¡Oh río grande mío!
    ¡Oh brisa mía de límites que no son míos!
    ¡Oh filo de mi amor, oh hiriente filo!

    New York, 27 de diciembre de 1929.

    CIUDAD SIN SUEÑO

    (NOCTURNO DE BROOKLYN BRIDGE)
    No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
    No duerme nadie.
    Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.
    Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan
    y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas
    al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.

    No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
    No duerme nadie.
    Hay un muerto en el cementerio más lejano
    que se queja tres años
    porque tiene un paisaje seco en la rodilla;
    y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto
    que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.

    No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
    Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda
    o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.
    Pero no hay olvido, ni sueño:
    carne viva. Los besos atan las bocas
    en una maraña de venas recientes
    y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso
    y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.

    Un día
    los caballos vivirán en las tabernas
    y las hormigas furiosas
    atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

    Otro día
    veremos la resurrección de las mariposas disecadas
    y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos
    veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
    ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!
    A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,
    a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente
    o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,
    hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,
    donde espera la dentadura del oso,
    donde espera la mano momificada del niño
    y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
    No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.
    No duerme nadie.
    Pero si alguien cierra los ojos,
    ¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!
    Haya un panorama de ojos abiertos
    y amargas llagas encendidas.

    No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.
    Ya lo he dicho.
    No duerme nadie.
    Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,
    abrid los escotillones para que vea bajo la luna
    las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

    PANORAMA CIEGO DE NUEVA YORK

    Si no son los pájaros
    cubiertos de ceniza,
    si no son los gemidos que golpean las ventanas de la boda,
    serán las delicadas criaturas del aire
    que manan la sangre nueva por la oscuridad inextinguible.
    Pero no, no son los pájaros,
    porque los pájaros están a punto de ser bueyes;
    pueden ser rocas blancas con la ayuda de la luna
    y son siempre muchachos heridos
    antes de que los jueces levanten la tela.

    Todos comprenden el dolor que se relaciona con la muerte,
    pero el verdadero dolor no está presente en el espíritu.
    No está en el aire ni en nuestra vida,
    ni en estas terrazas llenas de humo.
    El verdadero dolor que mantiene despiertas las cosas
    es una pequeña quemadura infinita
    en los ojos inocentes de los otros sistemas.

    Un traje abandonado pesa tanto en los hombros
    que muchas veces el cielo los agrupa en ásperas manadas.
    Y las que mueren de parto saben en la última hora
    que todo rumor será piedra y toda huella latido.
    Nosotros ignoramos que el pensamiento tiene arrabales
    donde el filósofo es devorado por los chinos y las orugas.
    Y algunos niños idiotas han encontrado por las cocinas
    pequeñas golondrinas con muletas
    que sabían pronunciar la palabra amor.

    No, no son los pájaros.
    No es un pájaro el que expresa la turbia fiebre de laguna,
    ni el ansia de asesinato que nos oprime cada momento,
    ni el metálico rumor de suicidio que nos anima cada madrugada,
    Es una cápsula de aire donde nos duele todo el mundo,
    es un pequeño espacio vivo al loco unisón de la luz,
    es una escala indefinible donde las nubes y rosas olvidan
    el griterío chino que bulle por el desembarcadero de la sangre.
    Yo muchas veces me he perdido
    para buscar la quemadura que mantiene despiertas las cosas
    y sólo he encontrado marineros echados sobre las barandillas
    y pequeñas criaturas del cielo enterradas bajo la nieve.
    Pero el verdadero dolor estaba en otras plazas
    donde los peces cristalizados agonizaban dentro de los troncos;
    plazas del cielo extraño para las antiguas estatuas ilesas
    y para la tierna intimidad de los volcanes.

    No hay dolor en la voz. Sólo existen los dientes,
    pero dientes que callarán aislados por el raso negro.
    No hay dolor en la voz. Aquí sólo existe la Tierra.
    La Tierra con sus puertas de siempre
    que llevan al rubor de los frutos.

    NACIMIENTO DE CRISTO

    Un pastor pide teta por la nieve que ondula
    blancos perros tendidos entre linternas sordas.
    El Cristito de barro se ha partido los dedos
    en los tilos eternos de la madera rota.

    ¡Ya vienen las hormigas y los pies ateridos!
    Dos hilillos de sangre quiebran el cielo duro.
    Los vientres del demonio resuenan por los valles
    golpes y resonancias de carne de molusco.

    Lobos y sapos cantan en las hogueras verdes
    coronadas por vivos hormigueros del alba.
    La luna tiene un sueño de grandes abanicos
    y el toro sueña un toro de agujeros y de agua.

    El niño llora y mira con un tres en la frente,
    San José ve en el heno tres espinas de bronce.
    Los pañales exhalan un rumor de desierto
    con cítaras sin cuerdas y degolladas voces.

    La nieve de Manhattan empuja los anuncios
    y lleva gracia pura por las falsas ojivas.
    Sacerdotes idiotas y querubes de pluma
    van detrás de Lutero por las altas esquinas.

    LA AURORA

    La aurora de Nueva York tiene
    cuatro columnas de cieno
    y un huracán de negras palomas
    que chapotean las aguas podridas.

    La aurora de Nueva York gime
    por las inmensas escaleras
    buscando entre las aristas
    nardos de angustia dibujada.

    La aurora llega y nadie la recibe en su boca
    porque allí no hay mañana ni esperanza posible.
    A veces las monedas en enjambres furiosos
    taladran y devoran abandonados niños.

    Los primeros que salen comprenden con sus huesos
    que no habrá paraíso ni amores deshojados;
    saben que van al cieno de números y leyes,
    a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

    La luz es sepultada por cadenas y ruidos
    en impúdico reto de ciencia sin raíces.
    Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes
    como recién salidas de un naufragio de sangre.

    ◄ Parte anterior
    Título de esta parte
    Parte siguiente ►

    Los Negros
    Calles y sueños
    Poemas del lago Edem Mills