Poemas de José Gautier Benítez

José-Gautier-Benítez
Nombre: José Gautier Benítez
Nacimiento: 12 de noviembre de 1848 en Caguas
Muerte: 1880 en Caguas
Nacionalidad: Puerto Rico
Biografía de José Gautier Benítez

Poemas de José Gautier Benítez



Poesías de José Gautier Benítez preferidas de nuestros lectores


  • Americana


  • Vente, niña, a mi bohío
    vente, niña, a mi conuco
    ven, que ya está mi cayuco
    junto a la orilla del río.

    Abandona las murallas
    de los campos por la alfombra
    y ven a gozar la sombra
    de un bosque de pitahayas.

    Y verás cuán placentero
    bajo mi techo de yagua
    es oír sonar el agua
    del tropical aguacero.

    Quiero verte en mi batey
    más esbelta y seductora
    que la espiga cimbradora
    que se eleva del maguey.

    Mas pronto, pronto, mi bien
    si no quieres que mi vida
    mustia, triste y abatida
    cobije el guariquitén.

    Son más rosados tus labios
    que la fruta del cijao
    y es más dulce que melao
    tu sonrisa a mis agravios.

    Es tu cariño mi ley
    tu desdén es mi verdugo
    más mortífero que el jugo
    que destila el marunguey.

    Cuán diferente, bien mío
    corre al par nuestra existencia
    tú en tranquila complacencia
    yo en inquieto desvarío.

    Tú eres la rosa galana
    que de púrpura se viste
    y yo soy la palma triste
    que vegeta en la sabana.

    Tú eres la calandria leda
    que trina dulce, amorosa
    y yo un ave misteriosa
    quejándose en la arboleda.

    ¡Ay!, mi vida tiene brumas
    que ocultan mis peregrinas
    visiones, cual las neblinas
    en el monte los yagrumos.

    Y el llanto de mi tristeza
    ya corre cansadamente
    como asoma lentamente
    la resina en la corteza.

    Pero en cambio a mi dolor
    a mi pena y mi agonía
    tengo un cielo, vida mía
    que es el cielo de tu amor.

    Reflexiona, por piedad,
    las palabras que te digo
    y ven a partir conmigo
    mi conuco y mi heredad.


  • Un encargo a mis amigos



  • Cuando no quede ya ni un solo grano
    de mi existencia en el reló de arena,
    al conducir mi gélido cadáver,
    ¡oh!, recordad mi súplica postrera:

    "No lo encerréis en los angostos nichos
    que cubren la pared formando hilera,
    que en la lóbrega angosta galería
    jamás el sol de mi país penetra.

    El linde recorred del cementerio
    y en el suelo cavad mi pobre huesa,
    que el sol la alumbre y la acaricie el viento
    y que broten allí flores y yerbas.

    Que yo pueda sentir, si algo se siente,
    a mi alrededor y sobre, muy cerca,
    el ígneo rayo de mi sol de fuego
    y esta adorada borinqueña tierra."