Poemas de José Zorrilla

José-Zorrilla
Nombre: José Zorrilla
Nacimiento: Valladolid, 21 de febrero de 1817
Muerte: Madrid, 23 de enero de 1893
Nacionalidad: España
Biografía de José Zorrilla

Poemas de José Zorrilla

A una mujer  >> Amorosa
El capitán Montoya  >> Leyendas
La azucena silvestre  >> Leyendas
La azucena silvestre 1  >> Leyendas
La azucena silvestre 2  >> Leyendas
La pasionaria  >> Leyendas
Oriental   >> Poesías
Fe  >> Poesías
A mi hija (Zorrilla)  >> Poesías
La plegaria  >> Poesías
Ay del triste  >> Poesías
Ira de Dios  >> Religiosa
Al Santísimo Sacramento  >> Religiosa
A María Plegaria  >> Religiosa
Las nubes  >> Religiosa
La meditación  >> Sentimental
La luna de Enero  >> Sentimental
Cristo, legislador  >> Sonetos
Toledo  >> Tradicional
A un torreón  >> Tradicional
Una aventura de 1360  >> Tradicional


Poesías de José Zorrilla preferidas de nuestros lectores


  • Las nubes



  • ¿Qué quieren esas nubes que con furor se agrupan
    del aire trasparente por la región azul?
    ¿Qué quieren cuando el paso de su vacío ocupan
    del cenit suspendiendo su tenebroso tul?

    ¿Qué instinto las arrastra?¿Qué esencia las mantiene?
    ¿Con qué secreto impulso por el espacio van?
    ¿Qué ser velado en ellas atravesando viene
    sus cóncavas llanuras que sin lumbrera están?

    ¡Cuál rápidas se agolpan!¡Cuál ruedan y se ensanchan
    y al firmamento trepan en lóbrego montón
    y el puro azul alegre del firmamento manchan
    sus misteriosos grupos en torva confusión!

    Resbalan lentamente por cima de los montes,
    avanzan en silencio sobre el rugiente mar,
    los huecos oscurecen de entrambos horizontes,
    el orbe en tinieblas bajo ellas va a quedar.

    La luna huyó al mirarlas; huyeron las estrellas;
    su claridad escasa la inmensidad sorbió;
    ya reinan solamente por los espacios ellas;
    doquier se ven tinieblas, mas firmamento no.

    En vano nuestros ojos se afanan por hallarle
    del tenebroso velo que le embozó detrás;
    que cuanto más los ojos se empeñan en buscarle,
    se esconde el firmamento de nuestros ojos más.

    ¡Las nubes solamente! - ¡Las nubes se acrecientan
    sobre el dormido mundo! - Las nubes por doquier!
    A cada instante que huye la lobreguez aumentan
    y se las ve en montones sin límites crecer.

    Ya montes gigantescos semejan sus contornos
    al brillo de un relámpago que aumenta la ilusión
    ya de volcanes cientos los inflamados hornos:
    ya de movibles monstruos alígero escuadrón.

    Ya imitan apiñadas de los espesos pinos
    las desiguales copas y el campo desigual:
    ya informes pelotones de objetos peregrinos
    que mudan de colores, de forma y de local.

    ¿Qué brazo las impele?¿Qué espíritu las guía?
    ¿Quién habla dentro de ellas con tan gigante voz
    cuando retumba el trueno y cuando va bravía
    rugiendo por su vientre la tempestad veloz?

    Acaso en medio de ellas a visitar los mundos
    el Hacedor Supremo del Universo va,
    y envuelto en sus vapores sus senos profundos
    estudia y sus cimientos, por si caducan ya.

    Acaso de su carro tras la viviente rueda
    con impotente saña caminará Luzbel,
    y por aquí al cegarle su resplandor no pueda
    agolpará esas nubes entre su gloria y él.

    Y acaso alguna de ellas será la formidable
    que circundó la cumbre del alto Sinaí;
    en tanto que el ardiente misterio impenetrable
    que iluminó el profeta se fermentaba allí.

    Acaso será alguna la que vertió en Sodoma
    en inflamadas fuentes la cólera de Dios:
    acaso sea alguna la que en los mares toma
    las aguas de un diluvio que la acompaña en pos.

    ¡Señor, yo te conozco! La noche azul, serena,
    me dice desde lejos: "Tu Dios se esconde allí".
    Pero la noche oscura, la de nublados llena
    me dice más pujante: "Tu Dios se acerca a ti".

    Te acercas, sí; conozco las orlas de tu manto
    en esa ardiente nube con que ceñido estás;
    el resplandor conozco de tu semblante santo
    cuando al cruzar el éter relampagueando vas.

    Conozco, sí, tu sombra que pasa sin colores
    detrás de esos nublados que vagan en tropel;
    conozco en esos grupo de lóbregos vapores
    los pálidos fantasmas, los sueños de Daniel.

    Conozco de tus pasos las invisibles huellas
    del repentino trueno en el crujiente son,
    las chispas de tu carro conozco en las centellas,
    la aliento en el rugido del rápido Aquilón.

    ¿Quién ante Ti parece?¿Quién es en tu presencia
    más que una artista seca que el aire va a romper?
    Tus ojos son el día; tu soplo es la existencia:
    tu alfombra el firmamento: la eternidad de tu ser.

    ¡Señor!, yo te conozco, mi corazón te adora:
    mi espíritu de hinojos ante tus pies está;
    pero mi lengua calla, porque mi lengua ignora
    los cánticos que llegan al grande Jehová.

    Palomas de los valles, prestadme vuestro arrullo;
    prestadme, claras fuentes, vuestro gentil rumor;
    prestadme, amenos bosques, vuestro feliz murmullo;
    y cantaré a par vuestro la gloria del Señor.

    Si su hálito llegara al arpa del poeta,
    si a mí, Señor, bajara tu espíritu inmortal,
    mi corazón henchido del fuego del profeta
    cantara, y no tuvieran sus cánticos igual.

    Mi voz fuera más dulce que el ruido de las hojas
    mecidas por las auras del oloroso abril,
    más grata que del Fénix las últimas congojas,
    y más que los gorjeos del ruiseñor gentil.

    Más grave y majestuosa que el eco del torrente
    que cruza del desierto la inmensa soledad,
    más grande y más solemne que sobre el mar hirviente
    el ruido con que ronca la ronca tempestad.

    Mas, ¡ay!, que sólo puedo postrarme con mi lira
    delante de esas nubes con que ceñido estás
    porque mi acento débil en mi garganta espira
    cuando al cruzar el éter relampagueando vas.

    Tu espíritu infinito resbala ante mis ojos
    y aunque mi vista impura tu aparición no ve,
    mi alma se estremece, y ante tu faz de hinojos
    tea dora en esas nubes mi solitaria fe.


  • La pasionaria


  • LEYENDA QUINTA.

    Contenido
     [ocultar] 

    1 LA PASIONARIA.

    1.1 INTRODUCCIÓN
    1.2 I
    1.3 II
    1.4 III
    1.5 IV
    1.6 V
    1.7 VI
    1.8 VII
    1.9 VIII
    1.10 IX
    1.11 X

    [editar] LA PASIONARIA.
    (cuento fantástico)

    [editar] INTRODUCCIÓN

    En un fresco valle ameno
    de flores y árboles lleno
    que a un jardín se parecía
     un buen hidalgo vivía
    de pesadumbres ajeno.
    De aquel albergue escondido
    la soledad deleitosa
    había un santuario sido
    donde pasó guarecido
    su larga vejez dichosa.
    Soldado fue mientras pudo
    con el lanzón y el escudo,
    mas su buen tiempo pasado
    volvió a su valle ignorado
    a ser campesino rudo.
    Allí dejó a su partida
    para la empeñada guerra
    en una esposa querida,
    y una hija de ella tenida
    cuanto adoraba en la tierra.
    Mas de la guerra al volver
    con sus heridas ufano,
    echó el buen hombre de ver
    que honrado volvía en vano,
    faltábale su mujer.
    El pobre hidalgo la enviaba
    nuevas suyas cada día
    que una ocasión encontraba,
    pero siempre se perdía
    el mensaje, y no llegaba.
    Murió pues la triste esposa
    sin noticias de su suerte,
    pues en lid tan azarosa
    dar era difícil cosa

    pag 215

    más noticias que la muerte.
    Lloró su mala ventura
    por largo tiempo el soldado,
    mas todo el tiempo lo apura,
    y el deleite y la amargura
    tienen su fin señalado.
    Vivo trasunto de aquella
    perdida ya dulce esposa
    quedábale una doncella
    como su madre amorosa,
    y más que su madre bella.
    ¿Y quién ¡Vive Dios! no olvida
    los desastres más prolijos
    cuando la luz de su vida
    llega a ver reproducida
    en el amor de sus hijos.
    La vejez desencantada
    tal vez no goza con nada,
    pero la más cruel historia
    se borra de su memoria
    si de hijos se ve cercada.
    Así el valiente Robleda
    todo su amor atesora
    en la hija que le queda.
    ¡Ojala Dios le conceda
    larga vejez con su Aurora!
    Aurora, sí, se llamaba
    porque en la aurora de un día
    conque un abril empezaba
    nació, y el sol que apuntaba
    con ella a la par nacía.
    ¿Y quién sabe si al prever
    su hermosura venidera,
    quiso el sol su estrella ser
    y vino la primavera
    su más bella flor a ver?
    Así suceder debió
    porque en aquella espesura
    la bella Aurora creció
    y diola doble hermosura
    cada aurora que pasó.
    Rosa del valle frondoso
    que del cierzo la guarece
    su cáliz abre oloroso,
    bálsamo esparce precioso
    en el desierto que crece.
    Sus primorosos colores
    y su fragancia exquisita

    pag.216

    vergüenza son de las flores
    que aquellos alrededores
    dan entre yerba marchita.
    Y orgulloso y satisfecho
    de guardar tan linda flor,
    Robleda pide a su pecho
    ámbito menos estrecho
    para su ambicioso amor.
    Toda su triste existencia
    de Auroras desventuradas
    y de sangrientas jornadas
    de aquella aurora en presencia
    sueño es de cuitas pasadas.
    Y así en su albergue escondido
    y en soledad deleitosa,
    contra el pesar guarecido
    para su vejez dichosa
    el soldado encanecido,

    [editar] I

    En una de abril fecundo
    deliciosísima tarde,
    y en la orilla de un arroyo
    que cruza el ameno valle,
    bajo la sombra sentada
    de unos juncos desiguales,
    una hermosísima niña
    sola y distraída yace.
    Del manso arroyo contempla
    los fugitivos cristales
    que en las arenas del fondo
    reflejan su bella imagen.
    Y hállase linda sin duda
    según lo que se complace,
    ya sonriendo con ella,
    o ya, con ella enojándose.
    A veces turbando el agua,
    la borra por un instante,
    volviendo curiosa luego
    a ver como se rehace,
    y asoma sobre sus labios
    de purísimos corales
    vaga e infantil sonrisa
    de nuevo al verla formarse.
    Mírala atenta esperando
    a que las aguas se aclaren,
    y a solas con su reflejo
    plática entabla muy grave.
    ¿Por qué me miras, le dice,
    cuando me inclino a mirarte,
    y si me aparto te apartas,
    y si salgo a verte sales?
    ¿No sabes que es mucho orgullo
    para una sombra tan frágil
    hasta quien la da la vida
    osar subir arrogante?
    ¿No sabes que con un soplo
    romper y manchar me es fácil
    los ojos con que te atreves
    en los míos a mirarte?
    ¿Quien eres tú, necia sombra,

    pag 218

    para salir a encontrarme
    tras el quebradizo muro
    de tu transparente cárcel?
    Tú, pobre ilusión sin vida,
    sombra sin cuerpo palpable
    que solo a la sombra de otro
    puedes vivir arrastrándote.
    Tú, que a mi solo capricho
    debes no más cuanto vales,
    puesto que nunca nacieras
    si yo a ti no me acercase.
    ¿Y todavía me miras?
    Y te me ríes infame.
    ¿Y me provocas sirviéndote
    de mis mismos ademanes?
    Para insolencia tamaña
    ya no hay paciencia que baste.
    Toma, descarada, y sea
    cada granito un ultraje.
    Y así la hermosa diciendo
    por castigar a su imagen,
    tiraba al fondo del agua
    las arenas de la margen.
    Al ver la espuma que elevan,
    al ver los innumerables
    circulillos que producen
    y unos y otros quebrándose
    fugitivos de su centro,
    y en tumulto interminable,
    los unos van a perderse
    adonde los otros nacen,
    y entré la confusa tela
    de sus líneas vacilantes,
    al ver en el fondo turbio
    inquieta siempre su imagen,
    con inocente sonrisa
    y con infantil donaire,
    eso es - decía, ya vuelves,
    necia sombra, a tus desmanes;
    mas veremos por quién queda,
    tú a salir, yo a borrarte.
    Y arena tiraba al agua
    con caprichoso coraje.
    En tal entretenimiento
    se la pasaba la tarde,
    luchando contra su sombra
    que parecía constante,
    Cuando un mancebo qué estaba

    pag.219

    tras ella, con voz suave
    y afectuosísimo tono,
    díjola: Aurora, ¿qué haces?
    Tornose al punto la niña,
    y ruborizada alzándose
    dijo bajando los ojos:
    ¿Qué he de hacer más que esperarte?
    —Tan entretenida estabas
    con el arroyo...
    —Tirábale
    las arenillas que cría
    por venganza.
    — ¿En qué es culpable
    para que así le castigues?
    - Detesto sus falsedades,
    y él me engaña.
    -¿Qué te dice?
    — Me copia todo el semblante,
    y miente sin duda alguna.
    — ¿Por qué?
    — Porque a ser iguales
    yo y el reflejo que pinta
    más en verdad te agradase.
    — ¿Pues quién te ha dicho, alma mía,
    que yo no te le idolatre?
    — Más a menudo vinieras
    si así fuera a contemplarle.
    ¿Acaso tardé?
    —Lo ignoro.
    Cuando vienes nunca es tarde,
    pero cuando pasa un día
    y otro y otro y aguardándote
    paso horas y horas sentada,
    mirando por todas partes,
    sin que por ninguna lleguen
    mis ojos a tropezarte,
    ¡Ay, qué de recelos
    me atormentan!
    — ¿Pues no sabes
    que tengo yo, Aurora mía,
    ayo, maestros y padre
    que me acechan de continuo
    y que me es fuerza robarles
    los minutos para verte
    si no para idolatrarte?
    Cuando el castillo abandona
    ya por caza ya por viaje,
    es solo cuando evadirme

    pag.220

    de mi preceptor es fácil;
    y solo con mil pretextos
    logro entonces engañarle
    y no oír sus importunos
    consejos inagotables.
    Con el del noble ejercicio
    de las armas salgo al parque,
    el caballo se desboca,
    salta la zanja y al valle.
    Tanto bien mío, me cuesta
    verte unos cortos instantes,
    mas no hay azar que no arrostre
    por oírte y contemplarte.

    —¡Ay¡ Siempre palabras
    consoladoras me traes,
    mas no sé qué falta en ellas
    que nunca me satisfacen.
    — ¿Dudas acaso ?...
    — No en ti,
    que no me atreviera amándote.
    — ¿Pues, en quién?
    — En la fortuna.
    Tú tan noble...
    —Y es bastante
    garantía la nobleza
    de mi encumbrado linaje
    para cumplir mis palabras.
    Y esto Aurora mía baste,
    que me ofenden esas dudas.
    - ¡Siempre ese altivo lenguaje,
    siempre te me enojas!
    ¿Yo, Aurora mía, enojarme?
    Contigo, mi bien, mi gloria.
    Jamás.
    —Pues tu mano dame,
    júrame que me amas mucho
    y hagamos las amistades.
    —Las manos no, el corazón.
    —No puedo yo tanto darte.
    — ¿Pues qué, corazón no tienes?
    — No, que ha venido a robármele
    un mancebo muy gallardo.
    — ¿De veras?
    — Sí, como un ángel.
    — ¿Y se le llevó?
    — Sin duda.
    — Como yo llegue a encontrarle...
    — ¿Se le pedirás?

    pag. 221

    No, a fe. — ¿Pues qué has de hacer?
    —Arrancársele.
    Y aquí cayendo la niña
    en los brazos de su amante
    sonó un regalado beso
    que devoró ansioso el aire.
    — Aurora, dijo el mancebo,
    mira al sol.
    — ¿Te partes?
    — ¿Qué he de hacer? Expira el día.
    — Es verdad,
    mi padre
    también estará impaciente.
    —¿Volverás pronto?
    — Cuanto antes.
    — ¿Te acordaras de mí?
    — Siempre.
    Mi existencia es solo amarte;
    no tengo en mi corazón
    más que un altar con tu imagen.
    — ¿Se borrara?
    — Nunca Aurora.
    Pintada esta con mi sangre
    y por el crisol pasada
    del fuego que en ella arde.
    Y al dulce beso tornaron
    en punto tal separándose
    y mientras verse pudieron
    no dejaron de mirarse.
    Subía aprisa don Félix
    y con pasos desiguales
    por la tortuosa vereda
    que lleva fuera del valle;
    y lentamente cruzaba
    Aurora la opuesta parte
    por la olorosa pradera
    de que es su casa el remate.
    Y a cada paso volviéndose
    y de lejos saludándose,
    ambos a dos se juraban
    como quien eran amarse.
    ¡Pobres niños que insensatos
    juzgaban interminable
    lo que era con solo un soplo
    interrumpirles muy fácil!

    [editar] II

    Tendía sobre la tierra
    su oscuro manto la noche,
    de estrellas poblando el cielo
    en magnífico desorden.
    Lanzaba apenas la luna
    sus tímidos resplandores,
    como enamorada que abre
    recelosa sus balcones,
    por ver al galán que espera
    y que las sombras la esconden;
    mas cuyo contorno vago
    en la oscuridad conoce.
    Todo en el valle reposa
    y con murmullos acordes
    entre las hojas susurran,
    los céfiros juguetones,
    el manso rumor del agua
    que entre los céspedes corre
    mezclado con sus murmullos,
    incesantemente se oye.
    Perfuma el ambiente puro
    de las campesinas flores
    el grato y sencillo aroma
    que ávida el aura recoge.
    Brotan del húmedo césped
    imperceptibles vapores,
    que de las ráfagas vuelan
    sobre las alas veloces.
    Y la frescura se aspira,
    y los sentidos absorbe
    vaga languidez dulcísima,
    que hace su deleite doble.
    El pensamiento perdido
    el ancho espacio recorre
    en pos de mil imposibles
    encantadas ilusiones.
    Los ojos alucinados,
    con mil falsos resplandores
    realidades imaginan,
    sus increadas ficciones.
    Y en el azul transparente
    cuya extensión desconocen
    sus errantes fantasías

    pag.223

    en su desvarío ponen.
    Y un vapor que le atraviesa,
    un insectillo que indócil
    le cruza inquieto sonando
    sus alillas uniformes,
    una hoja que va en el aire,
    sin hallar en qué se apoye
    y desprendida de un tronco
    acaso de savia pobre,
    por una visión la toman,
    que pasa ante ellos informe
    - Suspiro tal vez de un hada
    - Plegaria acaso de un monje.
    Noche azul, limpia y serena
    tras la cual se reconoce
    lo infinito del espíritu
    que con un soplo hizo el orbe.
    En esta noche tranquila
    y en este valle fue donde
    delante de una ventana
    de su alquería sentose
    el bueno de Juan Robleda
    en un gran sillón de roble,
    asegurando los codos
    en sus brazales enormes.
    Los ojos en tierra fijos,
    mohíno el semblante noble,
    sumido el ánimo muestra
    en graves meditaciones.
    Jamás se le vio tan triste;
    sin duda su pecho esconde
    algún secreto funesto
    que el corazón le corroe.
    Secreto que en el silencio
    es fuerza que le devore,
    que en su corazón se entierre
    y en su corazón se ahogue.
    Mas él desea sin duda
    que fuera de él se desborde
    reduciendo sus tormentos
    a sentidas expresiones.
    Que otro las oiga y las sienta
    como él las siente y las oye,
    ya porque él lo necesite,
    o ya porque a otro le importen.
    Y esto sin duda resuelve
    porque dejando su inmóvil
    posición, por la ventana

    pag.224

    llamó a Aurora, y levantose.
    Entró la hechicera niña,
    volvió a su sillón de roble
    el padre, y entre los dos
    plática tal entablose.

    ROBLEDA.

    ¿Dónde has estado?

    AURORA.

    En el soto.

    ROBLEDA.

    ¿Qué has hecho allí?

    AURORA.

    Coger flores.

    ROBLEDA.

    ¿Y has cogido muchas?

    AURORA.

    Muchas.

    ROBLEDA.

    Ten cuenta con las que coges,
    y no vayas a buscarlas
    al parque de los señores
    de Aracena, porque tiene
    muy malos alrededores.

    AURORA.

    Yo señor...

    ROBLEDA.

    ¿Me has entendido?
    No están mis ojos tan torpes
    todavía que no alcancen
    hasta el lindero del bosque

    AURORA.

    Duéleme padre y señor
    que mi conducta os enoje.
    Mas yo prometo...

    ROBLEDA.

    Hija mía
    no hay desdicha que no arrostre
    tu padre por tu ventura,
    ni mal que por ti no afronte.
    Mas no hay tampoco desdicha
    que me desvele ni asombre,

    pag.225

    como el temor de perderte.

    AURORA.

    -¿Y a qué padre, esos temores?
    Aquí hemos siempre vivido
    retirados, nuestra pobre
    posesión respetan siempre,
    los bandidos y los nobles.
    Mil veces me habéis contado
    que allá detrás de esos montes
    está la tierra turbada
    con guerra y desolaciones.
    Que todo el mundo esta henchido
    de desventuras y horrores,
    pero jamás han llegado
    a nuestro valle sus voces.

    ROBLEDA.

    ¡Ah! que no es Aurora mía
    tan peligroso el redoble
    del atambor que convoca
    para matarse los hombres
    como la voz engañosa
    de esas mágicas pasiones
    que viven en nuestro pecho
    como huéspedes traidores.
    Lides se vencen lidiando,
    y al fin ya que no se logre
    salir de una guerra siempre
    felices o vencedores,
    la fuga salva aunque manche.
    ¿Mas cómo de las traiciones
    defenderse de enemigos,
    que a par con nosotros corren?
    Bajas Aurora los ojos,
    la faz ruborosa escondes.
     ¡Ay de ti, luz de mi vida!,
    si freno al amor no pones.

    AURORA.

    ¡Callad por Dios padre mío!

    ROBLEDA.

    Fuerza es decírtelo, óyeme.
    Todo lo sé, pobre niña,
    esas desdichadas flores
    que vas a coger al campo,
    son las falsas expresiones

    pag.226

    los juramentos de amor
    de un mozo a quien no conoces,
    y de quien tú no has nacido
    más que sierva. Y si no rompes
    tan torpes lazos, si no echas
    en olvido hasta su nombre...

    AURORA.

    Padre, imposible. Se mezcla
    en mis mismas oraciones.
    No se aparta de mi mente
    ni de día ni de noche

    ROBLEDA.

    Pues bien Aurora es forzoso
    que desprendértele logres
    del corazón, es preciso
    que huyamos lejos de ese hombre.
    Ti no naciste condesa,
    no heredaste mas blasones
    que tu honor, y esa no es prenda
    para perdida de un golpe.
    Venderé nuestra alquería
    Aurora, a partir disponte.
    La distancia es el olvido,
    y el tiempo allana los montes.
    AURORA.

    Pues bien padre partiremos.
    Conozco vuestras razones,
    iremos donde gustareis;
    será un sacrificio enorme,
    tal vez me cueste la vida,
    el alma tal vez indócil
    se resista de tal modo
    que el aliento me sofoque,
    pero primero es mi padre.
    Vuestros caprichos son órdenes
    Para mi; sí, padre mío,
    mas dejadme que le llore.
    No extrañéis no, que a los parpados
    las lágrimas se me agolpen.
    No me preguntéis la causa
    que será mentar su nombre.
    Y aquí de hinojos Aurora
    ante su padre se pone
    Diciendo: — Padre partamos
    antes que don Félix torne.

    [editar] III

    Catorce días después
    de su alquería a la puerta
    iba a montar a caballo
    el bravo Juan de Robleda.
    Ya estaba a su lado Aurora
    sobre una jaquilla negra,
    y un criado conducía
    sobre una mula su hacienda.
    Las crines tenía asidas
    el soldado y el pie cerca
    del estribo, cuando a ellos
    vio con extraña sorpresa,
    venir un hombre en un potro
    desbocado por la cuesta,
    y a pique de despeñarse
    por la tortuosa vereda.
    Las compasivas miradas
    clavó en él con ansia extrema
    de que descendiera vivo,
    lo que a la verdad no espera.
    Mas gracias a su fortuna
    mucho mas que a su destreza ,
    por la orilla del arroyo
    siguió su rauda carrera.
    Pasó el lindero del soto
    tan veloz como una flecha,.
    saltó la zanja del bosque,
    cruzó el puente de madera
    y pasó por medio de ellos
    sin ser dueño en su violencia
    de contener de su potro
    el impulso y la fiereza.
    Era don Félix. Aurora
    palideció a su presencia,
    y el viejo esperó pregunta
    para concebir respuesta.
    ¿Partís? — Preguntó don Félix
    con tez pálida y colérica.
    Y con altiva mesura,
    partimos, dijo Robleda.

    pag.228

    DON FÉLIX

    ¿Por mucho tiempo?

    ROBLEDA.

    Por mucho,
    si es mucho la vida entera.

    DON FÉLIX.

    Los vasallos de mi padre
    no pueden sin su licencia
    abandonar sus estados.

    ROBLEDA.

    Por eso fui yo a obtenerla
    de él mismo no ha muchas horas.

    DON FÉLIX

    ¿Y os la dio?

    ROBLEDA

    Y gracias con ella.
    Conque así, señor don Félix,
    mire si paso nos deja,
    porque la jornada es larga
    y la mañana esta fresca.

    DON FÉLIX.

    No será mientras yo viva,
    buen viejo, y tened paciencia,
    que no ha de salir mi esposa
    de donde su esposo queda.

    ROBLEDA.

    ¿Qué estáis hablando, don Félix?
    ¿Qué esposa o qué rayo es esa,
    ni qué tengo yo que ver
    con quien vuestra esposa sea?

    DON FÉLIX.

    Más de lo que vos pensáis
    mi mujer os interesa,
    que os vengo a pedir a Aurora
    para mi esposa, Robleda.

    ROBLEDA.

    ¡Esta su merced sin juicio
    por Cristo vivo!

    DON FÉLIX.

    —Ello es fuerza.
    Yo la adoro, la idolatro;
    todo el poder de la tierra
    no me arrancará del pecho
    esta pasión violenta.

    ROBLEDA.

    – Teneos, señor, teneos,
    que se os desboca la lengua;
    y aunque os amargue es preciso
    que oigáis la verdad sincera.
    Don Félix, doy por supuesto
    que ella os ama, doy que es cierta,
    profunda vuestra pasión,
    decidida y verdadera,
    mas ella nació villana,
    y vos en estirpe regia,
    sí, porque sangre de reyes
    circula por vuestras venas.
    Ved pues si podéis bajaros
    hasta humillaros con ella,
    o si ella puede subir
    a vuestra altitud excelsa.

    DON FÉLIX.

    —Sí puede ¡Viven los cielos!,
    que en la mujer no hay nobleza,
    y en alas de la hermosura
    se encumbra hasta las estrellas.
    Cuando yo herede el condado
    aunque segadora fuera
    la esposa que yo tomare
    fuera siempre la condesa.
    Que si soy de sangre noble
    soy también....

    ROBLEDA.

    — Un calavera
    que os cansaréis en dos meses
    de una zafia lugareña,
    y la encerraréis tirano
    en alguna fortaleza,
    para gastar en la corte
    vuestro oro con las ajenas.
    Creedme, señor don Félix,
    yo tengo mucha experiencia

    pag.230

    y sé la que son las cosas;
    dejaos pues de quimeras.
    Cada oveja, ya sabéis
    el refrán, con su pareja.

    DON FÉLIX.

    —Pues buen viejo testarudo,
    ya que me provocas, guerra
    te haré desde hoy, de tus brazos
    la arrancaré

    ROBLEDA.

    Y eso prueba
    bien claro que sois un vil,
    porque tan villana idea
    le ocurre solo a un menguado
    que contra la ley atenta.

    DON FÉLIX.

    —Nada me importa tu cólera,
    me olvido de tu insolencia.
    Y tú, Aurora de mi vida...

    ROBLEDA.

    —Don Félix, su merced vea
    que si da un paso hacia Aurora,
    la vida al punto le cuesta.
    La justicia de mi causa
    ha defendido mi lengua,
    con honor; de vuestro arrojo
    mis pistolas me defiendan.
    Así Robleda diciendo
    metiose con faz resuelta
    entre don Félix y Aurora,
    la mano en las armas puesta.
    Postrose a sus pies la niña
    de miedo en llanto deshecha,
    volvió en su acuerdo don Félix,
    y a punto tal por la cuesta
    aparecieron jinetes
    del conde con la librea,
    él mismo delante de ellos
    avanzando a toda rienda.

    EL CONDE.

    ¡Voto a San Dimas! ¿Qué es esto?
    ¿El siervo contra el Señor?

    pag.231

    ROBLEDA

    No busco de tal rigor
    para excusarme pretexto.
    Mas yo mi honor defendía
    y antes de volver atrás
    poco es de él, de Satanás
    señor le defendería.

    EL CONDE.

    ¿Mi hijo a tu honor atentó?
    Robleda en verdad responde.

    ROBLEDA.

    Al vuestro atentaba, conde,
    a no impedírselo yo.
    Pidiome loco la mano
    de mi hija y se la negué.

    EL CONDE.

    ¿Eso pensó? ¡Por mi fe
    que eres, un villano!

    ROBLEDA.

    Yo se lo dije también
    mas a fuerza, dijo airado,
    Que obtendría de contado
    Lo que no de bien a bien.

    DON FÉLIX

    Pues bien, padre...

    EL CONDE.

    Calle el necio.
    Robleda, tú has peleado
    en otro tiempo a mi lado
    y siempre te tuve aprecio.
    No, por mi vida, no es justo
    que pagues solo la pena
    de culpa que ha sido ajena.
    No has de partir, es mi gusto.
    La posesión te concedo
    de todo el valle que habitas;
    y ve si más necesitas
    que agradecido te quedo.
    Y tú niña olvida a ese hombre
    que no es en verdad razón
    que tenga tu corazón
    quien no ha de darte su nombre.
    Otro encontraras mejor

    pag.232

    Pues la dueña de este valle
    marido es fácil que halle
    si no conde, con honor.

    ROBLEDA.

    La protección agradezco
    Señor, mas es castigarme
    a que me quede obligarme
    en un lugar que aborrezco.

    EL CONDE.

    Entiendo tu repugnancia
    Robleda, mas he curado
    de que vivas descuidado;
    Enviaré a Félix a Francia.
    Y aquí el conde de Aracena
    volviendo el rostro a su hijo,
    frunciendo el ceño le dijo
    con voz decidida y llena:
    Y ahora vos caballero
    de hinojos ante ese anciano
    pedidle a besar la mano
    .
    ROBLEDA

    ¡A mi, señor!

    EL CONDE.

    Yo lo quiero.

    DON FÉLIX.

    Padre y señor, si esto es
    para vos buen desagravio
    con gusto pondré mi labio
    no en sus manos, en sus pies.
    mas ved que mi corazón.

    EL CONDE (interrumpiéndole.)

    No hay más en ello que hablar,
    yo del os sabré arrancar
    tan indigna inclinación.
    ¡Hincaos, besad, muy bien!
    Ahora montad e id delante,
    mas id por mejor talante
    por la estrella de Belén.
    Y si queréis desde ahora
    que mi cólera no estalle,
    olvidaos de este valle
    y no penséis en Aurora.

    pag.233

    Dios sea contigo, Robleda,
    y ahora a escape, señores,
    que estarán mis cazadores
    esperando en la alameda.
    Salió la gente del conde
    tras él a escape resuelto
    pero no sin haber vuelto
    los ojos a donde
    su Aurora en llanto desecha
    recoge aquella mirada,
    que acaso la desdichada
    como la última aprovecha.
    Mientras los pudo alcanzar
    la vista sobre ellos tuvo,
    cuando perdido los hubo
    no pudo con su pesar.
    Huyó de su alma el valor
    que hasta allí había asistido
    y al fin cayó sin sentido.
    ¡Tan tirano era su amor!

    [editar] IV

    Cumplió su palabra el conde
    y envió a don Félix a Francia,
    porque son tiempo y distancia
    grandes contrarios de amor.
    El conde esta satisfecho
    y estalo también Robleda;
    Aurora es solo quien queda
    abismada en su dolor.
    Don Félix va caminando
    apesarado y mohín,
    aliviando su camino
    con las memorias de ayer.
    Mas mozo ilustre que al mundo
    hoy sale por vez primera
    ¿Quién sabe si allí le espera
    felicidad y placer?
    Siempre en el negro castillo
    de su familia encerrado,
    más fortuna no ha llegado
    ni más gloria a concebir;
    toda su ambición silvestre
    se redujo a sus vasallos,
    sus perros y sus caballos.
    Eso fue su porvenir.
    Mas si dichoso en la corte
    y afortunado en la guerra,
    fama se conquista y tierra
    con bien merecida prez;
    si el hidalgo en provincia
    allá en país extranjero
    venturoso aventurero
    medra en el mundo a su vez;
    si envuelto en el torbellino
    del lujo y de la grandeza
    altivo con su nobleza
    y fiero con su favor
    avasalla a la fortuna,
    ¿Quien de que viva respondo
    en el corazón del conde
    del campesino el amor?
    La juventud es la fuerza,

    pag.235

    la imprevisión la osadía,
    la juventud con un día
    de suerte amiga no más.
    Al golfo de la fortuna
    sin brújula y sin estrella
    se lanza; y boga tras ella
    sin volver cara jamás.
    La felicidad no existe,
    la gloria es una mentira,
    mas solo la gloria inspira
    hazañas de gran valer.
    La dicha es la incertidumbre
    en que estriba la esperanza,
    y porque nunca se alcanza
    damos tras ella en correr.
    En pos de esa lumbre falsa
    afanado siempre el hombre
    acrecienta su renombre
    y acrecienta su ambición.
    Y así fue grande Alejandro,
    y así inmortal vive Homero
    por su fortuna primero,
    después por su corazón.
    Eso es el hombre, deseos,
    ambición, fortuna, gloria,
    eso es su vida su historia,
    del hombre es siempre el valer.
    Mas la mujer.... ¡Desdichada!
    Débil y hermosa nacida,
    el amor solo es su vida,
    su porvenir el amor.
    Mientras el hombre combate
    con la fortuna contraria,
    ella triste y solitaria
    orando por él está.
    El hombre egoísta, avaro
    piensa en si mismo primero,
    y el corazón todo entero
    ella entre tanto le da.
    ¡Pobre Aurora! en vano tiendes
    los ojos desencajados
    por los peñascos quebrados
    que fuera del valle dan.
    En vano pasas tus días
    de silencio y pesadumbre,
    de tu escasa incertidumbre
    acrecentando el afán.
    « ¿Si volverá?» — Se pregunta

    Pag. 236

    todos los días Aurora.
    «Qué hará don Félix ahora? »
    En eso piensa no más.
    Verle venir a lo lejos
    a cada instante imagina,
    mas la ilusión peregrina
    no se realiza jamás.
    En vano el viejo Robleda
    consuelo estéril la ofrece.
    Su duelo no desvanece
    la verdad ni la razón.
    Si acaso muestra en sus labios
    al buen viejo una sonrisa,
    una lágrima le avisa
    de que pena el corazón.
    Y pasa día tras día,
    consúmese hora tras hora,
    mas no consuelan a Aurora
    la razón ni la verdad.
    Los días pasa en silencio,
    pasa las noches llorando,
    continuamente arraigando
    su amor en la soledad.
    «No llores, mi bien, la dice
    »desolado el pobre viejo.
    » Al fin es mejor consejo
    » lo que se pierde olvidar.»
    Y ella responde: — «Perderle
    » ¿Por qué ocultar que me pesa?
    »Ya sé que mi suerte es esa,
    »mas dejádmela llorar.
    »Yo os prometí, padre mío,
    »no verle mas, no buscarle,
    »mas no prometí olvidarle,
    »que fuera imposible a fe.
    »Su imagen está con fuego
    »en mi corazón grabada,
    »y eternamente guardada
    »en él la conservaré.»
    —«¡Y piensas, pobre inocente,
    »que él conservará la tuya?»
    —« Padre, quien quiera le arguya
    » por la palabra que dio.
    »El será mi pensamiento
    » mientras me dure la vida,
    »si él, padre mío, me olvida
    »no he de culpárselo yo.
    »Solo su bien es mi anhelo

    Pag.237

    »y si a mi costa ha de hallarle,
    »quiera logrársela el cielo
    »si es venturoso sin mí. »
    Así a su padre llorando
    dice la infeliz Aurora,
    y el viejo oyéndolo llora
    porque él triste lo cree así.
    Y en esta penosa calma,
    en esta intensa amargura,
    sin menguar su desventura
    pasaba el tiempo veloz.
    Afanábase Robleda
    en consolar a su hija,
    mas ella en don Félix fija
    desatendía su voz.
    Pasaba el día, la triste,
    al pie del cerro vecino,
    siempre mirando al camino
    con insensata avidez.
    Continuamente sentada
    en la pradera florida
    donde le vio a su partida
    por la postrimera vez.
    Y el desdichado Robleda
    que ciego la idolatraba,
    veía bien que la ahogaba
    su inextinguible dolor.
    ¡Pobre viejo! ¡Con qué gusto
    toda su sangre vertiera
    para sofocar la hoguera
    de aquel insensato amor!

    [editar] V

    En una tarde de julio
    que los nublados embozan
    del sol cubriendo los rayos
    tras de su cortina lóbrega,
    del arroyuelo a la margen
    está la infeliz Aurora
    embebecida la mente
    en lisonjeras memorias.
    Pálida y desencajada
    aunque atractiva y hermosa
    piensa en que el año se cumple
    y su don Félix no torna. ¡Un año!
    Y la pobre niña
    aún siente devoradora
    de su amor la eterna llama
    que el tiempo apagar no logra.
    Un año va a hacer que ausente
    del dulce sueño que adora,
    aún de su vuelta conserva
    una ilusión mentirosa.
    Aún sale todas las tardes
    a contemplar a sus solas
    la senda por do solía
    bajar por entre las rocas.
    Aún vuelve los tristes ojos
    con esperanza engañosa
    creyendo verle a lo lejos
    doblar la empinada loma.
    Mas nunca llega don Félix.
    Jamás amiga persona
    trae carta o noticia suya
    a la enamorada Aurora.
    Y ella sin embargo espera,
    mas ¡Ay!, esperanza loca,
    el año entero se cumple
    y su don Félix no torna.
    Y estaba pensando en ello
    meditabunda y llorosa,
    cuando en el fin del camino
    distinguir creyó una sombra,

    pag.239

    Que se deslizaba rápida
    por la vereda tortuosa,
    aclarando sus contornos
    según la distancia acorta.
    No es ilusión esta vez;
    un bulto de humana forma
    es la aparición. Los ojos
    se la saltan de las órbitas.
    ¡Con cuánta ansiedad y ahínco
    en el que viene los posa!
    Sondear quisiera con verle
    su nombre, su ser, su historia.
    Y en tanto desciende al valle
    la aparición venturosa
    que es un viejo peregrino
    con su bordón y sus conchas.
    Ágil y recio de miembros,
    su larga edad no le estorba
    para caminar, y apenas
    sobre su bastón se apoya.
    Cana la barba y crecida,
    talante y faz majestuosa,
    vaga sonrisa en los labios,
    mirada escudriñadora.
    Tal era aquel extranjero
    de cuya agradable boca,
    oyó Aurora un «Dios te guarde.»
    Tras de sonrisa amistosa.
    Y ella atenta contemplándole
    por si tal vez le conozca,
    volviole la cortesía
    con un «vengáis en buenhora. »
    Quedaron ambos un punto
    en actitud silenciosa
    trabando entrambos a poco,
    un diálogo en esta forma.

    EL PEREGRINO.

    -¿Qué haces en medio del campo
    con la tormenta tan próxima
    pobre niña?

    AURORA.

    Ya lo veis, Llorar.

    EL PEREGRINO.

    ¿Y qué es lo que lloras?

    pag.240

    AURORA.

    Mis desventuras, señor.

    EL PEREGRINO.

    Tan joven y ya te acosan
    el corazón las desdichas?

    AURORA.

    Cada día se redoblan.
    Mas perdonadme extranjero
    si mi pregunta os enoja,
    y a vuestra edad sin respeto
    os interrumpo curiosa.
    ¿Venís de Francia?

    EL PEREGRINO.

    Es mi patria.

    AURORA.

    ¿Y la habéis andado toda?

    EL PEREGRINO.

    Toda la conozco a palmos
    desde una punta a la otra.
    ¿Mas que te suspende niña?
    ¿Qué empacho pueril te estorba
    finalizar tu pregunta?
    Nada me has dicho hasta ahora
    si acaso en Francia se hallare
    alguna madre amorosa...

    AURORA.

    No la tengo.

    EL PEREGRINO.

    Algún hermano...

    AURORA.

    Tampoco.

    EL PEREGRINO.

    Alguna persona
    querida... Tal vez la misma
    ocasión de tus congojas.

    AURORA.

    Pues bien, anciano, es muy cierto.
    Hay una cuya memoria
    de mi no se aparta nunca.

    pag. 241

    EL PEREGRINO:

    ¿Un hombre?

    AURORA.

    Sí.

    EL PEREGRINO

    ¿De española
    sangre nacido?

    AURORA.

    En sus reyes
    origen su sangre toma.

    EL PEREGRINO:

    ¿Pasó a Francia?

    AURORA

    Por mi culpa

    EL PEREGRINO.

    ¿Le amabas?

    AURORA:

    Mucho

    EL PEREGRINO.

    ¿Y se nombra?

    AURORA.

    Don Félix es, de Aracena.

    EL PEREGRINO

    ¿Altivo?

    AURORA.

    Y galán

    EL PEREGRINO

    ¡Dichosa
    la mujer que para suya
    tan buen caballero escoja!

    AURORA:

    ¿Le conocéis?

    EL PEREGRINÓ:

    Si por cierto,
    que es conocerle gran honra.

    AURORA.

    ¡Hablad por Dios!

    EL PEREGRINO.

    La fortuna
    le acude con mano pródiga.
    Mas liberal cada día,
    de dicha y de honor le colma

    pag.242

    la Francia entera le aplaude,
    y va su nave orgullosa
    por el mar de los favores
    navegando viento en popa.
    El sabio rey Luís Onceno
    con ciega pasión le adora;
    y el príncipe sin empacho
    le admite en su misma alcoba;
    con ellos a caza sale,
    gran fama con ellos goza
    de entendido y de valiente.
    Y aunque parezca lisonja,
    no fue mejor caballero
    con el rey Luís a Borgoña.

    AURORA.

    ¡Callad, buen viejo, callad!,
    que la ventura me agobia
    al oír tan gratas nuevas.
    Mas decidme, ¿tanta gloria,
    buen peregrino, del alma
    le habrá arrancado ambiciosa
    el amoroso recuerdo
    de su abandonada Aurora?

    EL PEREGRINO.

    ¡Ay todo el tiempo, hija mía,
    lo confunde y lo trastorna
    el curso a los ríos tuerce
    y las montañas desploma.

    AURORA.

    Basta, peregrino, basta,
    que siento que sangre brotan
    las mal cerradas heridas
    que mi corazón destrozan
    ¿Con que me olvida?

    EL PEREGRINO

    Lo ignoro.

    AURORA

    ¿Mas no sabéis?...

    EL PEREGRINO.

    Que ama a otra.

    AURORA.

    ¡Triste de mí ¡Si él me falta

    pag.243

    todo lo demás me sobra.
    Ya estas palabras sintiendo
    que las fuerzas la abandonan
    el extranjero los brazos
    tendió a la infeliz Aurora.
    Cayó sin sentido en ellos
    y él blandamente dejola
    en la florecida yerba,
    sobre la mullida alfombra.

    ________________

    Cuando tras breve desmayo
    la niña a vida volvió,
    tendió desatalentada
    los ojos en derredor
    y del arroyo a la margen
    cuando sola se encontró,
    «Sin duda, dijo, he soñado,
    »así sea, ¡Plegue a Dios!
    »que a ser realidad, con ella
    »no pudiera el corazón.
    »Sí, sueño fue: el peregrino
    »que tales nuevas me dio,
    »de mi loca fantasía
    »fue no mas una ilusión.
    »Sí, todo ha sido un ensueño.
    » ¡Mas cuanto me atormentó!»
    En tanto avanzaba el lóbrego
    nublado amenazador,
    y ya a lo lejos se oía
    del trueno el cóncavo son,
    zumbaba el viento arrastrándose
    en torbellino veloz,
    mas sin templar de la atmósfera
    el hálito abrasador.
    Caían de cuando en cuando
    precursoras del turbión
    anchas y redondas gotas
    que se tornaban vapor.
    Y amedrentadas las aves
    de abrigo preciso en pos
    cruzaban el aire denso
    sin segura dirección.
    Solo el salvaje milano
    con vuelo fascinador

    pag.244

    suspendido se cernía
    en la azulada región,
    y a la impetuosa tormenta
    precediendo sin temor,
    giraba en círculos sesgos
    graznado en áspero son.
    La senda con lento paso
    de su alquería tomó
    Aurora, saliendo apenas
    de su honda enajenación,
    y por la arenosa margen
    del arroyo saltador
    hasta el umbral de su puerta
    meditabunda llegó.
    Allí arrancando un suspiro
    del fondo del corazón,
    ¡Qué hará don Félix! — Se dijo,
    y a su aposento subió.

    [editar] VI

    Y yendo días y viniendo días,
    y Aurora sin ceder en sus manías,
    un año se pasaba y otro año,
    sin que entendiera nunca el desengaño.
    Sueño no mas creyendo al peregrino
    creía sin embargo en la firmeza
    de don Félix, agüero sospechándolo,
    mas feliz esperando su destino
    cuanto cierta su dicha y su riqueza.
    ¡Tal es nuestra locura!
    Nunca creemos más de los agüeros
    que la parte de bien y de ventura.
    Si allá en noche afanosa
    negro, espantoso, aterrador ensueño
    con tenaz pesadilla nos acosa,
    su memoria azarosa
    olvidar procuramos con empeño
    cual creación del alma vaporosa.
    Mas si dulce ilusión blanca y risueña
    nuestro reposo encanta,
    al punto la juzgamos
    de grato porvenir ilusión santa.
    Así pensaba Aurora
    la vuelta de don Félix esperando
    fiada en su palabra engañadora.
    Siempre en su cierta ingratitud dudaba,
    mas siempre en la fortuna,
    la fama y los honores que adquiría
    creía sin cesar, sin ver que fuesen
    visiones de su amante fantasía.
    Y siempre en la ladera
    del manso arroyo con afán sentada
    por la senda tendía.
    La vista enamorada
    creyendo que don Félix volvería.
    Embebida en tan dulces pensamientos
    una tarde de julio calurosa
    descansaba la niña fatigada
    del arroyo a la margen arenosa.
    Los ojos en el cielo

    pag. 246

    en lagrimas de amor humedecidos
    distraída fijaba
    sin fe ni objeto por su azul perdidos.
    La imagen de don Félix
    más que nunca amoroso,
    más que nunca galán veía acaso
    que a su valle volvía
    con ciego amor y presuroso paso.
    Y ella ufana a su vez con su hermosura
    los brazos le tendía
    ¡Mas ay que la ilusión nunca venía!
    Siempre, sí, de sus bellos pensamientos
    la efímera ventura
    deshacía de un soplo
    su secreta y fatídica amargura.
    Siempre se hundían sus dorados sueños
    en el mar de sus lagrimas, y al cabo
    sus delirios no más siendo la suerte
    que aguardaba dichosa,
    miraba al porvenir... y no veía
    más esperanza que la tarda muerte,
    ¡Pesadilla fatal que la oprimía!
    Y aquella bienandanza
    en que soñó a don Félix, la privanza
    que en Francia con el príncipe gozaba,
    todo cuanto la dijo el peregrino
    la idea de otro amor la emponzoñaba.
    Todo era en su opinión sueño y mentira,
    todo ilusión de su alma enamorada
    mas ¡Cuánta fe, cuanto placer la inspira
    su esperanza infundada
    y al par con cuan fundada incertidumbre
    su dichosa ilusión tenaz conspira
    de su amor a que dude despechada!
    ¡Ay, desdichada Aurora,
    cuán arraigada la memoria guardas
    del ingrato amador a quien aguardas!
    ¡Con cuanta fe tu corazón le adora!
    Y así sin claro objeto
    y sin clara razón la pobre niña
    presa infeliz de su dolor secreto
    enamorada llora,
    y del límpido arroyo en la ladera
    siempre en su amor sin esperanza espera.

    _________

    Y en él estaba pensando
    meditabunda y llorosa,

    pag.247

    Cuando en el fin del camino
    distinguir creyó una sombra
    que deslizándose rápida
    por la vereda tortuosa
    se aclara y se patentiza
    según la distancia acorta.
    Tembló de pavor al verla,
    que no es ilusión ahora
    de su ardiente fantasía
    sino realidad odiosa.
    Es el mismo peregrino
    que ha vivido en su memoria
    dos largo años, imagen
    de un sueño amedrentadora.
    Él es, con su blanca barba,
    su paso y faz majestuosa
    su indefinible sonrisa,
    su mirada escrutadora,
    con su sayo penitente
    y su bordón, y sus conchas.
    Él es, sí: y su presencia
    todo lo comprende Aurora.
    Toda la verdad del sueño
    a su mente se la agolpa
    con el certero puñal,
    de una exactitud diabólica
    don Félix rico y dichoso
    cuya nave va orgullosa
    por el mar de los favores
    navegando viento en popa.
    Heredero del condado
    que muerto su padre goza,
    querido del rey de Francia,
    celebrado en toda Europa
    por entendido y valiente,
    sin ayos que se interpongan…
    Mas de su amor olvidado
    y enamorado de otra.
    todo esto en su mente bulle,
    todo esto el alma la acosa,
    como horrible desencanto
    de esperanza engañadora.
    Y ella... ¡Necia sin ventura
    que de firmeza blasona
    conserva de quien la olvida
    la ingrata imagen que adora!
    Si aún era sueño dudaba
    cuando a sus oídos próxima

    pag.248

    Oyó una voz que decía
    « Dios sea contigo Aurora.»
    Rompió a llorar escuchándola
    la muchacha, y su congoja
    respetando el peregrino.
    Tras larga pausa así hablola.
    —¿Aun vives niña y aún amas?
    ¿Y aún el raudal no se agota
    de tu llanto y de tu vida?
    ¡Fortuna infeliz te toca!

    AURORA.

    ¿Con que es verdad que a don Félix
    protege fortuna pródiga,
    y en honores y riquezas
    consigue cuanto ambiciona?
    ¿Con que es verdad y no sueño
    que ha dos años vuestra boca
    en esta misma ladera
    me dijo que amaba a otra?
    Hombre, quien quiera que seáis
    hombre, visión ilusoria
    que desde Francia venís
    no más que a apagar la antorcha
    de mi esperanza, volveos,
    tornar a esa Francia odiosa
    de donde venir no pueden
    más que sierpes ponzoñosas.
    Idos, buen viejo, y dejadme
    con mis pesares a solas,
    dos años ha que os conozco
    y en vos no creí hasta ahora.

    EL PEREGRINO.

    ¿Y no me preguntas nada?

    AURORA.

    Cuanto me digáis me sobra
    si Félix no vuelve.

    EL PEREGRINO.

    Nunca.

    AURORA.

    ¿Con que es ella tan dichosa
    que en las redes de su amor
    para siempre le aprisiona?

    pag.249

    EL PEREGRINO.

    Para siempre.

    AURORA.

    ¿Tanto le ama?

    EL PEREGRINO.

    Ambos con furor se adoran.

    AURORA.

    ¡Fortunado de él!

    EL PEREGRINO.

    Sin duda
    pues cuanto apetece logra.

    AURORA.

    ¿Y ella es muy noble?

    EL PEREGRINO.

    Duquesa.

    AURORA.

    ¿Joven?

    EL PEREGRINO.

    Mucho.

    AURORA.

    ¿Y muy hermosa?

    EL PEREGRINO.

    Toda alabanza es escasa.

    AURORA.

    ¡Ojala Dios les dé toda la dicha que les desea
    quien por sus venturas llora!

    EL PEREGRINO.
    ¿No le amas ya pues tan fácil
     su ingratitud le perdonas?

    AURORA.

    Cual nunca de sus recuerdos
    el fuego ¡Ay Dios! me devora.
    Sí, mas yo solo a quien amo
    deseo fortuna y gloria.

    EL PEREGRINO

    ¡ Mas si él te ultraja!...

    pag.250

    AURORA.
    En amarle
    yo pago una deuda propia,
    si me olvida, cuenta es suya.

    EL PEREGRINO.

    ¿Mas no de otro amor celosa...?

    AURORA.

    No, si él es feliz con ella,
    el no serlo yo, ¿qué importa?
    ¿Por qué la ventura ajena
    querré turbar envidiosa?
    No, que gocen y que nunca
    les enoje mi memoria.
    Y aquí el raudal enjugando
    de sus lagrimas Aurora
    quedó al parecer tranquila.
    Mas ¡Ay! calma mentirosa,
    porque dentro de su pecho
    fermenta devoradora
    la llama de sus pesares,
    que ni extingue ni sofoca
    la virtud que la consuela
    pero que su amor no doma.
    Absorto ante esta sublime
    abnegación generosa
    al fin el viejo extranjero
    dejó correr turbia sola
    por su tostada mejilla
    de amargo llanto una gota.
    Y Aurora tornando el rostro
    en cuya faz amorosa
    distinto aspecto sus rasgos
    y extraño carácter toman,
    dijo así con voz dulcísimo,
    mas firme y fascinadora,
    a la que Aurora no pudo
    permanecer silenciosa.
    ¿Ningún deseo te resta
    que se te pueda lograr?

    AURORA

    Solo imaginarlo es dar
    en necedad manifiesta.

    EL PEREGRINO.

    ¿Quisieras volverle a ver?

    pag.251.

    AURORA.

    Si, siempre verle quisiera
    mas sin que él verme pudiera
    que fuera aguar su placer.
    En ser eterno testigo
    de su ventura me holgara
    pero sin que él sospechara
    que estaba siempre conmigo.
    Verle, oírle, noche y día,
    poder cual ángel de Dios
    ser continuo entre ellos dos,
    espíritu de armonía.
    inspirarle siempre fe,
    siempre amor, siempre ventura
    y encontrar mi sepultura
    de su sepultura al pie.
    Mas esto, buen peregrino,
    ya veis que es delirio necio...
    La voluntad os aprecio
    mas seguid vuestro camino.

    EL PEREGRINO.

    No hay cosa que alguien no pueda
    y nadie en la tierra sabe.
    Lo que en lo posible cabe,
    lo que en lo imposible queda.
    Esto contestó aquel viejo
    a la propuesta de Aurora
    a punto que por la tierra
    se derramaban las sombras.
    Cerraba la noche oscura,
    tan negra y tan tenebrosa,
    que no alcanzaban los ojos
    a la distancia más corta.
    El viento lánguidamente
    suspiraba entre las rocas
    y alzaban triste murmullo
    las casi agostadas hojas.
    Con grande inquietud Robleda
    de gran pesar precursora,
    de los elementos vía
    la revolución medrosa.
    Pavor sentían su alma,
    de noche tan densa y lóbrega,

    pag.252

    En que imagina su suerte
    tan negra como la atmósfera.
    Y ante una ventana abierta
    enterrado en su poltrona
    al cielo sin luz miraba
    con faz y con vista torva.
    ¿Qué espera allí? Lo que nunca
    volverá a ver más; su Aurora.
    su amor, la luz de sus ojos,
    el aliento de su boca.
    ¡Ay padre infeliz! bien haces
    en llorarla: llora, llora,
    que no has de volver a verla
    porque el amor te la roba.
    En vano al ver que se pasan
    de la noche horas tras horas,
    por todo el valle la busca
    con ansiedad congojosa.
    En vano de los peñascos
    por las quebradas recónditas
    con tristes voces la llamas,
    cuando a tu voz está sorda.
    En vano vas al castillo
    donde los restos reposan
    del viejo conde, y preguntas
    a sus gentes lo que ignoran.
    En vano sí, al pie del busto
    que su sepulcro corona
    con superstición sencilla
    humildemente te postras.
    En vano sus pies besando
    de piedra insensible y tosca
    le ruegas que como en vida
    vele por él y su honra.
    En vano le dices—» Conde
    mira que es mi única joya.
    Y aun vive tu hijo...! Levántate
    entre el seductor y Aurora! »
    La estatua no te responde.
    Ni dentro la huesa cóncava
    aunque tus ayes retumben
    encontrarán quien los oiga.
    No, no. La buscas en vano;
    ve, ya en el Oriente asoma
    la Aurora del nuevo día,
    mas no volverá tu Aurora.
    Grande misterio la esconde,
    grande voluntad la estorba

    pag.253

    a tus fatigados brazos
    volver bella y cariñosa.
    Solo te quedan, buen viejo,
    los ojos y la memoria,
    para llorarla perdida,
    Llora, desdichado, llora.

    [editar] VII

    En una selva del Garona a orillas,
    de antiquísimos robles rodeado,
    de recios chopos y hayas amarillas,
    de almenas y de torres coronado
    un enorme castillo se levanta;
    Y el viajero mirando se amedrenta
    tanto artificio y fortaleza tanta;
    que es por demás su fábrica opulenta.
    Profundos y anchos fosos le circundan,
    cuyos cóncavos senos
    las turbias aguas del Garona inundan;
    y dos seguros y macizos puentes
    de gruesas barras y cadenas llenos
    dos caminos franquean diferentes,
    que a poco de la oscura fortaleza
    se pierden de la selva en la maleza.
    Por cima de los árboles copudos,
    afrenta audaz de su estatura enana
    y sus silvestres pabellones rudos,
    la gigantesca torre
    de los vigías se levanta ufana
    ceñida de exquisita filigrana
    que al encaje sutil parejas corre.
    Allí a merced del ábrego tendida
    de remate sirviéndola tremola
    una bandera sola:
    y esa bandera sobre el bosque erguida
    de aquella tierra protectora ejida
    es bandera feudal, y es española.
    Sí, española; que entonces nuestra España
    no era menguada y voluntaria presa
    de la ambición y la doblez francesa;
    y a la extranjera posesión extraña
    para lavar con sangre una mancilla
    podía en solo un sol con justa saña
    Tercios y buques aprontar Castilla,
    y su fiero León pronto a la guerra
    con un rugido amedrentar la tierra.
    Era española; sí, su lienzo rojo
    mostraba de un blasón en los cuarteles
    de Aragón y Navarra los laureles

    pag.255

    Los timbres de León y Andalucía
    que siempre con acérrima hidalguía
    a su Dios fueron y a su patria fieles.
    En esta solitaria fortaleza
    cansado de las cuitas cortesanas
    Y de sus necias ceremonias vanas
    en los brazos del ocio y la pereza
    un conde joven y español vivía,
    en bailes y festines repartiendo
    las horas de la noche, y eligiendo
    para la caza o la sortija el día.
    Con él iba a la par su bella esposa,
    y a celebrar sus bodas les seguía
    comitiva de amigos numerosa,
    llenando sus efímeros deseos
    los más alambicados devaneos.
    Séquito de escuderos y vasallos
    y sumas de dinero nunca escasas,
    proporcionaban cañas y torneos,
    luchas de fieras, puestas de caballos;
    y zambras de cristianos y de moros
    ricamente dispuestas y vestidas,
    y aún con gasto excesivo prevenidas
    corridas hubo de navarros toros.
    Admirados quedando los franceses
    de ver un español que con destreza
    rendía audaz de las pujantes reses
    a un trapo y un estoque la fiereza.
    Y así el señor don Félix de Aracena
    gozaba en su castillo del Garona
    de su reciente unión la enhorabuena,
    de conde y duque doble la corona.
    Y orgulloso además, (que al cabo era
    en España nacido)
    de continua fortuna lisonjera
    por demás protegido.
    Mozo, rico, y feliz con la que amaba,
    de su ventura y juventud gozaba.
    ¿Y quién su antojo reprochar podría?
    ¿Quién su suerte ¡Pardiez! no envidiaría?
    Era una noche azul, serena y clara;
    resplandecía en el cenit la luna
    sin que perdida nube la manchara
    ante su faz cruzando inoportuna.
    Lánguida brisa de campestre aroma
    bullir entre los árboles se oía
    y allá del monte en la encumbrada loma
    el manantial de la fecunda fuente

    pag.256

    Brillar al lejos con su luz se vía,
    por un peñasco al resbalar pendiente.
    el desigual murmullo campesino
    del bosque espeso, su raudal vecino
    ensordecía el rápido Garona
    hirviendo sin cesar allá en la hondura,
    y su rugiente voz lanzando osado
    del monte enmarañado
    por la frondosa y lóbrega espesura.
    Ya dentro del castillo no sonaba
    el son de los alegres instrumentos
    que el oído a sus dueños regalaba
    hartos de fiesta y de pesar exentos.
    Mas se veían aun por las ventanas
    cruzar las luces y la sombra errante
    que de atentas camareras cortesanas
    viejo escudero, o pajecillo amante
    que de la estancia oculta retiraban
    donde ya sus señores reposaban,
    y aunque ya no se oían de contado
    las váquicas canciones
    aún se veía el servicio descuidado,
    las mesas del festín en los salones.
    Y ya a su fin tocaba la carrera
    de la noche apacible
    y la luna a su hora postrimera
    cuando en su rica y silenciosa estancia
    bajo el dorado pabellón del lecho
    la duquesa Clotilde con su esposo
    a impulso del amor que arde en su pecho
    en el lenguaje de la culta Francia
    así seguía diálogo amoroso.

    CLOTILDE.

    No es feliz adorado
    mostrar que mancha en tu pasión sospecho
    tu historia demandar: te has engañado.
    Solo intentaba pues rebelde el sueño
    nos niega su benéfico beleño
    entretener nuestra tenaz vigilia
    con divertida historia;
    y sin pensar me vino a la memoria
    recuerdos demandar de tu familia.

    DON FéLIX.

    Aleja de ella, mi Clotilde hermosa
    toda sospecha ruin; y no te crea
    por ignorarla sin razón celosa;

    pag.257

    Yo te la contaré tal como sea,
    aunque por muy vulgar es fastidiosa:

    CLOTILDE.

    Y yo la escucharé grata y atenta
    celebrando sus lances,
    sintiendo sus percances
    y teniendo a la par tus travesuras
    de tu inexperta juventud en cuento

    DON FELIX.

    Pues escúchame ya Clotilde mía
    juveniles locuras y un momento
    de sonrisa que logren arrancarte,
    será mi recompensa y mi contento.
    Y si el cuento monótono te auxilia
    en brazos a caer de manso sueño
    ese favor demás ¡Oh, dulce dueño!
    Deberemos los dos a mi familia.

    CLOTILDE.

    Empieza, Félix mío, que te escucho,
    y estoy por tu relato
    mucho antojada, y cuidadosa mucho.

    DON FELIX

    Nací español; lo sabes por mi trato
    franco y leal, y por mis nobles hechos;
    que no hay en mi país doblez ni engaños
    en palabras de nobles, ni en sus pechos
    miras serviles, cábalas, ni amaños.
    Era mi padre conde de Aracena.
    Para avaro heredero corto estado
    mas posesión muy buena
    y herencia suficiente
    para heredero joven y valiente,
    con humos y esperanzas de soldado.
    Pasé mi juventud en un castillo
    de Aracena, entregado
    a un preceptor escueto y amarillo
    cuya cabeza vana
    de lógica encerraba más cuestiones
    que jirones y puntos su sotana.
    Este me hacía leer la antigua historia,
    mucho inútil latín y mucho griego
    de fárrago atestando mi memoria
    que, lo aprendía y lo olvidaba luego.
    Este viejo Fermín que habita ahora

    pag. 288

    con nosotros aquí, franco soldado
    como niño a tratarme acostumbrado,
    ducho en caballos y en combates diestro
    cuando a próvida edad hube llegado
    de armas y equitación fue mi maestro.
    Y puedes colegir, Clotilde mía,
    por tan ilustre y célebre colegio
    lo que la suerte de mi hogar sería.
    Aunque en Dios y en verdad que tengo oído
    que mi padre vivía en aquel tiempo,
    por la corte y el rey muy mal querido
    por no sé que opiniones de partido.
    Y aquí, bella Clotilde,
    tu indulgencia reclamo
    ya que a tal confesión me avengo humilde.

    CLOTILDE.

    ¿Hay algún pecadillo
    de amor?

    DON FÉLIX.

    Precisamente
    la ocasión de salir de mi castillo,
    que fue de esta manera.

    CLOTILDE.

    ¡Bravamente! Pláceme el cuento así, franco y sencillo.

    DON FELIX

    Tenía entonces yo veinte y dos años,
    fieros con mi selvática nobleza,
    los riesgos del amor me eran extraños,
    y con mil esperanzas deseos
    tenía, de una vez y sin rodeos,
    fuego en el alma y aire en la cabeza,
    allá en mi mente un mundo comprendía
    que no era el mundo real, con largo trecho,
    pero era un mundo como ser debía
    de mis ideas miserables hecho.
    Yo, reducido al círculo mezquino
    de mi desmantelado castillejo
    de un valle a él vecino,
    y un pueblecillo viejo.
    Sin más ocupación que los sermones
    del preceptor, católico latino,
    los perros, los caballos, los halcones,
    sin más servicios que correr la sierra

    pag.259

    al jabalí y al ciervo haciendo guerra,
    era un mozo en verdad muy decidido
    de quien con una dirección juiciosa
    se podía sacar muy buen partido.
    En este estado pues cruzando un día
    el valle ameno a mi mansión cercano,
    en una aislada casa o alquería
    encontré una doncella
    como los sueños de un muchacho bella.

    CLOTILDE

    ¿Bella?

    DON FÉLIX.

    Menos que tú ¡Clotilde mía!
    Mas de tu claro sol, vívida estrella,
    hija de un militar y lisiado,
    que había con mi padre en sus niñeces
    como valiente con honor lidiado,
    y aún salvado su vida varias veces.
    Yo mozo y tan travieso,
    ella hermosa y tan pura,
    yo rico de alma y ella de hermosura...
    Vine al fin a perder mi poco seso.
    La amé y me amó: con infantil locura
    de la pasión en brazos nos lanzamos,
    y dos años vivimos
    viéndonos siempre que ocasión hallamos,
    fieles al par cuanto mejor supimos.

    CLOTILDE.

    ¿Y la amabas?

    DON FÉLIX.

    La pobre zagaleja
    sin duda por su padre sorprendida
    me iba a huir sin razón, ni despedida.
    Me opuse a tiempo, mas mi padre atento
    me espiaba a su vez, y en un momento
    nuestro amor se rompió y nuestra constancia,
    enviándome mi padre a hacer fortuna
    a las campiñas de la alegre Francia;
    donde guerrero injerto en cortesano
    la suerte amiga me tendió su mano,
    y la memoria del amor primero
    se borró con el tiempo y la distancia ,
    aunque no mi deber de caballero.

    CLOTILDE.

    ¿La amas pues todavía?

    pag.260

    DON FÉLIX.

    ¿A quién después de ti, Clotilde mía?
    Mas ella la infeliz allí encerrada
    con las aves no más del valle oculto
    acaso vivirá muy desdichada
    por culpa de un mancebo, que insensato
    la juraba un amor que era imposible,
    y que era fuerza que olvidara ingrato.

    CLOTILDE.

    ¡Y aun guardas su memoria inextinguible!
    De su diálogo aquí los dos esposos
    dulcemente, llegaban
    cuando la bella historia les turbaron
    alaridos y gritos misteriosos
    que a la reja del cuarto en que se hallaban
    en repentina música estallaron.
    Oíase a lo lejos
    rodar la tempestad, arrebatada
    en alas del revuelto torbellino;
    Y en pos de los vivísimos reflejos
    del rápido relámpago rugía
    la poderosa voz del ronco trueno,
    que la nube sombría
    dentro guardaba del preñado seno,
    del viento proceloso
    al vaivén vigoroso
    crujir se oían los tronchados robles,
    y de los puentes las cadenas dobles
    rechinar en los goznes sacudidos
    por el recio huracán estremecidos.
    » ¿Oyes, Clotilde? preguntó don Félix
    a su aterrada esposa
    Sin duda se ha formado de repente
    tempestad horrorosa.

    CLOTILDE.

    Yo no sé qué temor me sobrecoge,
    Félix, a ese rumor.

    DON FÉLIX.

    Hace un momento.
    que en la enramada de la selva hojosa
    tranquilamente suspiraba el viento.

    CLOTILDE.

    ¡Mas escucha!... parece,

    pag.261

    Félix, que esa ventana se estremece.

    DON FÉLIX

    El viento que se estrella
    con estrépito en ella.

    CLOTILDE.

    Eso será.

    DON FÉLIX

    Si a fe.

    CLOTILDE.

    Mas parecía
    que alguna voz humana...

    DON FÉLIX

    Pura imaginación, Clotilde mía,
    solo las aves pueden
    llegar a esa ventana.

    Mas la sangre de horror se heló en las venas
    de los esposos nobles,
    y paso hallaban al aliento apenas
    al oír el diabólico ruido
    con que en aquella reja se efectuaba
    un misterio a los dos desconocido,
    mas cuya inmediación amedrentaba.
    Tras aquella ventana parecía
    que el espíritu negro de la noche
    la tempestad horrenda dirigía.
    Allí agitado el viento
    en las caladas piedras estrellándose
    bramaba airado con salvaje acento
    en las molduras góticas rasgándose.
    Ya remedaba el suspirar doliente
    de angustiada mujer; ya murmuraba
    como escondida fuente,
    y a veces parecía
    oírse en realidad, no en apariencia
    diabólico concierto que auguraba
    de seres invisibles
    la cercana presencia.
    y entonces se mezclaba
    en desacorde son y grita horrible
    detrás de aquella reja
    el graznido fatal de la corneja,
    de la hiena irascible
    el áspero gruñido,

    pag.262

    de la tímida tórtola él arrullo,
    del pardo lobo el prolongado aullido,
    y el agudo silbido
    de la sutil culebra,
    y el trémulo relincho del caballo,
    y el canto triunfador con que celebra
    su victoria o su amor el ronco gallo.
    De este tumulto a par se percibían
    palabras cuyo bárbaro sonido
    ofendía el oído,
    y que mucho a conjuros parecían.
    Ya era un susurro sordo y soñoliento
    al son de las abejas parecido,
    ya era penado e íntimo lamento
    arrancado a un dolor fiero y profundo,
    ya el son ahogado del escaso aliento
    del último estertor de un moribundo.
    Y acaso entre tan varios alaridos
    se perciben dulcísimos quejidos
    de voz enamorada,
    voz de mujer que trémula suspira.
    Amorosas canciones
    que ciego amor a su pesar la inspira.
    Y esta voz mujeril tierna y amante
    de hondo misterio incomprensible henchida
    halagaba tal vez por un instante,
    pero dejaba luego
    de pena el alma y de pavor transida,
    ya remedando interesante ruego
    ya congojosa y triste despedida.
    Y estos aterradores
    fatídicos clamores,
    estas mil voces sin
    compás mezcladas,
    formaban tan fantástico conjunto,
    tan extraña y confusa bataola
    que el mas bizarro corazón si oyola
    olvidó su valor de todo punto.
    Don Félix, aunque asaz supersticioso
    y mucho a tal rumor amedrentado,
    saltó por fin del lecho
    y a la ventana se arrojó brioso,
    de santa fe fortalecido el pecho
    y de agudo puñal el brazo armado.
    Abrió y en el instante
    repentino relámpago
    el aire opaco iluminó brillante;
    bocanada de viento revoltoso
    al aposento penetró ostentoso;

    pag.263

    las gotas de la lluvia desiguales
    botaron de través en los cristales
    desparramadas resbalando al suelo;
    sin que se viera en la extensión lejana
    de la nublada cavidad del cielo,
    mas que las nubes que en tropel seguían
    de la tormenta el fugitivo vuelo.
     —Ya la tormenta pasa
    (Dijo don Félix en redor mirando)
    Y por Oriente el horizonte arrasa.

    CLOTILDE

    ¿Qué ves?

    DON FÉLIX.

    La lluvia, que en verdad no escasa
    en pantano cambió toda la tierra;
    mas cesa ya.

    CLOTILDE.

    Pues cierra Félix, que ese aire mata.

    DON FÉLIX.

    Cierro y durmamos, qué se acerca el día,
    y si el aire las nubes arrebata
    mañana haremos a mis ciervos guerra
    y otra vez tendrá fin la historia mía

    [editar] VIII

    Amaneció el siguiente
    limpio, sereno y luminoso día
    coronado de sol resplandeciente,
    y dispuesta al placer la noble gente
    que en el castillo a la sazón había
    se aprestó diligente
    para pronta y alegre cacería.
    Ordenaron los pródigos barones
    a escuderos y pajes y vasallos
    sus perros aprontar y sus caballos
    y las demás precisas provisiones.
    El rumor de la fiesta en un momento
    retumbó de aposento en aposento,
    y atronaron los largos corredores
    con apodos, con trompas y con gritos
    guías, palafreneros y ojeadores.
    Por los patios cundieron
    con gran tumulto y bataola fiera
    voces de mando y ruidos de quimera,
    y tumulto de gente aglomerada,
    y relinchos, silbos, y ladridos
    en que rompió azuzada
    toda impaciente la trabilla entera.
    Al repentino estrépito
    don Félix y Clotilde despertaron
    y al ver del sol los vivos resplandores
    dorar de las ventanas las junturas
    al punto adivinaron
    la prisa de sus bravos cazadores.
    Ya del lecho a saltar iba don Félix
    cuando Fermín su viejo camarero
    leal aragonés encanecido
    en servicio del conde, el primero
    que a empuñar le enseñó tajante acero
    y a domeñar un potro embravecido,
    entró en el aposento alegremente
    con franqueza exclamando aragonesa:
    « ¡Voto a Cribas! ¿Aún duerme aquí la gente?
    Levantaos, señor, y daos prisa
    que no quiero que os llame negligente

    pag. 265

    esa orgullosa multitud francesa.»
    Lo cual Clotilde oyendo,
    díjole sonriendo;
    Fermín, ¿qué audacia es esa?
    Y él contestó la frase corrigiendo.
    «Perdone mi señora la condesa,
    francesa fue cuando doncella y sola
    mas unida a mi amo es ya española.»
    Con lo cual las cortinas apartando
    el buen Fermín a su señor sirviendo
    pronto si no muy bien fuele ataviando.
    Y díjole don Félix:
    A esos señores di que nos esperan
    que partan cuando quieran.
    — ¿Como, señor, y estando en vuestra casa...?
    — Obedece, Fermín, que el día pasa
    y nosotros al punto montaremos
    y a encontrarles iremos.
    Salió el viejo, y don Félix
    ya vestida su esposa,
    abriendo la ventana, exclamó al cielo
    mirando ¡Qué mañana tan hermosa!
    —Mas con lo que ha llovido, dijo aquella,
    debe de ser un cenagal el suelo.
    A cuya reflexión bajando el conde
    los ojos, tropezó con un objeto
    del que no osaba mudo de sorpresa
    volverlos a apartar... y la condesa
    viendo que ni se mueve ni responde
    llegose apoyándose en su hombro,
    siguió su vista y el objeto hallando
    que contemplaba, enmudeció de asombro,
    pura, olorosa, fresca y solitaria
    en una grieta que en el muro había
    vegetaba una hermosa PASIONARIA
    que a los besos del aura se mecía.
    Ocultas en el hueco sus raíces,
    solo en el aire al parecer segura,
    mostraba sus riquísimos matices
    de la pared sobre la piedra oscura.

    _______________

    Nacida en el dintel de su ventana,
    y en medio de sus góticas labores
    dijeran que la flor salta ufana
    a ser vista no más de sus señores.
    Para ellos es la esencia soberana
    que exhalan sus purísimos olores;

    pag.266

    solo su mano alcanza a su guarida,
    y en su mano no más tiene la vida.
    En un capricho de la esposa bella,
    en un deseo del galán esposo
    puso Dios el influjo de su estrella,
    y estriba en él su porvenir dudoso.
    Acaso adorne su beldad con ella
    si halla Clotilde su valor precioso,
    y él acaso la arranque y se la ofrezca
    como oportuno adorno le parezca.
    Mirábanla los dos y no podían
    dejarla de admirar. ¡Qué hermosa era!
    Al sol sus verdes hojas se tendían
    la flor de su capullo echando fuera,
    y una encantada tienda parecía,
    cuyos lienzos plegando una hechicera
    el primoroso encanto que guardaba
    bajo su rico pabellón mostraba.

    __________________

    Y al mágico poder de sus conjuros
    sometida la flor por el encanto
    los tornasoles de la luz más puros
    reverberaba su oloroso manto.
    Los del iris radiante eran oscuros,
    y no brillaban los del alba tanto
    como los que la flor mostraba en ella
    ante los ojos de la esposa bella.

    _____________

    Sí a fe: los de Clotilde parecían
    el espíritu y la luz de sus colores;
    con más lujo y valor resplandecían
    cuanto más la miraban sus primores:
    de su cáliz así se desprendían
    más suaves y mas puros sus olores,
    y a do Clotilde en rededor miraba
    girasol de sus ojos se tornaban.

    ______________

    Si tendía su mano hasta cogerla
    oscilaba a su tacto estremecida;
    si acercaba sus ojos para verla
    se esponjaba al favor agradecida:
    si llegaba con su hálito a mecerla
    cobraba al recibirle doble vida,
    y era en fin de su antojo tributaria
    la encantada y silvestre PASIONARIA.

    ___________________

    pag.267

    ¿Cuando ha nacido esa flor?
    Dijo el conde a la condesa.
    ¿No has sido de esta sorpresa
    tú el autor?

    DON FÉLIX.

    ¡No, a fe mía!

    CLOTILDE.

    Yo