Poemas de María Rosalía Rita de Castro

María-Rosalía-Rita-de-Castro
Nombre: María Rosalía Rita de Castro
Nacimiento: Santiago de Compostela, 24 de febrero de 1837
Muerte: Padrón,La Coruña 15 de julio de 1885
Nacionalidad: España
Biografía de María Rosalía Rita de Castro

Poemas de María Rosalía Rita de Castro

Ay!, cuando los hijos mueren  >> A mi madre
De gemidos quejumbrosos  >> A mi madre
Unos con la calumnia le mancharon  >> En las orillas del Sar
Sedientas las arenas, en la playa  >> En las orillas del Sar
¡Ea!, aprisa subamos de la vida  >> En las orillas del Sar
Quisiera, hermosa mía  >> En las orillas del Sar
Sed de amores tenía, y dejaste  >> En las orillas del Sar
Todas las campanas con eco pausado  >> En las orillas del Sar
En mi pequeño huerto  >> En las orillas del Sar
Era la última noche  >> En las orillas del Sar
La palabra y la idea... Hay un abismo  >> En las orillas del Sar
Tan sólo dudas y terrores siento  >> En las orillas del Sar
¡La copa es de oro fino!  >> En las orillas del Sar
En su cárcel de espinos y rosas  >> En las orillas del Sar
Yo no he nacido para odiar, sin duda  >> En las orillas del Sar
Viendo que, semejantes a las flores  >> En las orillas del Sar
Más rápidos que el rayo  >> En las orillas del Sar
Cuido que una planta bella  >> En las orillas del Sar
¡Volved!  >> En las orillas del Sar
Las campanas  >> En las orillas del Sar
En el alma llevaba un pensamiento  >> En las orillas del Sar
Orillas del Sar  >> En las orillas del Sar
Los robles  >> En las orillas del Sar
De repente los ecos divinos  >> En las orillas del Sar
Los que a través de sus lágrimas  >> En las orillas del Sar
La canción que oyó en sueños el viejo  >> En las orillas del Sar
En la altura los cuervos graznaban  >> En las orillas del Sar
Alma que vas huyendo de ti misma  >> En las orillas del Sar
Aunque no alcancen gloria  >> En las orillas del Sar
Al caer despeñado en la hondura  >> En las orillas del Sar
Los unos altísimos  >> En las orillas del Sar
Viéndome perseguido por la alondra  >> En las orillas del Sar
A la luna  >> En las orillas del Sar
Ansia que ardiente crece  >> En las orillas del Sar
Con ese orgullo de la honrada y triste  >> En las orillas del Sar
Hora tras hora, día tras día  >> En las orillas del Sar
¡Jamás lo olvidaré!... De asombro llena  >> En las orillas del Sar
Camino blanco, viejo camino  >> En las orillas del Sar
Las canciones que oyó la niña  >> En las orillas del Sar
Los tristes  >> En las orillas del Sar
Desde los cuatro puntos cardinales  >> En las orillas del Sar
Yo en mi lecho de abrojos  >> En las orillas del Sar
Los muertos van de prisa  >> En las orillas del Sar
Tiemblan las hojas, y mi alma tiembla  >> En las orillas del Sar
Aún otra amarga gota en el mar sin orillas  >> En las orillas del Sar
Mientras el hielo las cubre  >> En las orillas del Sar
Cayendo van los bravos combatientes  >> En las orillas del Sar
No va solo el que llora  >> En las orillas del Sar
Tú para mí, yo para ti, bien mío  >> En las orillas del Sar
Margarita  >> En las orillas del Sar
Santa Escolástica  >> En las orillas del Sar
Ya no mana la fuente, se agotó el manantial  >> En las orillas del Sar
La rosa del campo santo  >> La flor
El otoño de la vida  >> La flor
Dos palomas  >> La flor
Fragmentos  >> La flor
Un desengaño  >> La flor
Un recuerdo  >> La flor
Regina  >> Poemas Individuales
Hojas marchitas  >> Poemas Individuales
Tiempos que fueron  >> Poemas Individuales
A  >> Poemas Individuales
En un álbum  >> Poemas Individuales
Ángel y mujer  >> Poemas Individuales
Mi tierra  >> Poemas Individuales
Las campanas  >> Poemas Individuales
Predestinados  >> Poemas Individuales
Desolación  >> Poemas Individuales
Un recuerdo  >> Poemas Individuales


Poesías de María Rosalía Rita de Castro preferidas de nuestros lectores


  • Ay!, cuando los hijos mueren



  • I
    ¡Ay!, cuando los hijos mueren,
    rosas tempranas de abril,
    de la madre el tierno llanto
    vela su eterno dormir.

    Ni van solos a la tumba,
    ¡ay!, que el eterno sufrir
    de la madre, sigue al hijo
    a las regiones sin fin.

    Mas cuando muere una madre,
    único amor que hay aquí;
    ¡ay!, cuando una madre muere,
    debiera un hijo morir.

    II
    Yo tuve una dulce madre,
    concediéramela el cielo,
    más tierna que la ternura,
    más ángel que mi ángel bueno.

    En su regazo amoroso,
    soñaba... ¡sueño quimérico!
    dejar esta ingrata vida
    al blando son de sus rezos.

    Mas la dulce madre mía,
    sintió el corazón enfermo,
    que de ternura y dolores,
    ¡ay!, derritióse en su pecho.

    Pronto las tristes campanas
    dieron al viento sus ecos;
    murióse la madre mía;
    sentí rasgarse mi seno.

    La virgen de las Mercedes,
    estaba junto a mi lecho...
    Tengo otra madre en lo alto...
    ¡por eso yo no me he muerto!


  • Los robles


  • LOS ROBLES

    I

     Allá en tiempos que fueron, y el alma
    Han llenado de santos recuerdos,
    De mi tierra, en los campos hermosos,
    La riqueza del pobre era el fuego;
    Que al brillar, de la choza en el fondo,
    Calentaba los rígidos miembros
    Por el frío y el hambre ateridos,
      Del niño y del viejo.

     De la hoguera sentados en torno,
    En sus brazos la madre arrullaba
      Al infante robusto;
    Daba vuelta, afanosa la anciana
    En sus dedos nudosos, al huso,
    Y al alegre fulgor de la llama,
    Ya la joven la harina cernía,
      O ya desgranaba
    Con su mano callosa y pequeña,
    Del maíz las mazorcas doradas.

     Y al amor del hogar calentándose
    En invierno, la pobre familia
    Campesina, olvidaba la dura
    Condición de su suerte enemiga;
    Y el anciano y el niño, contentos
    En su lecho de paja dormían,
    Como duerme el polluelo en su nido
    Cuando el ala materna le abriga.

    II

     Bajo el hacha implacable, ¡cuan presto
      En tierra cayeron
      Encinas y robles!
    Y a los rayos del alba risueña,
      ¡Qué calva aparece
      La cima del monte!

     Los que ayer fueron bosques y selvas
      De agreste espesura,
    Donde envueltas en dulce misterio
      Al rayar el día
      Flotaban las brumas,
    Y brotaba la fuente serena
    Entre flores y musgos oculta,
    Hoy son áridas lomas que ostentan
      Deformes y negras
      Sus hondas cisuras.

     Ya no entonan en ellas los pájaros
    Sus canciones de amor, ni se juntan
    Cuando mayo alborea en la fronda
    Que quedó de sus robles desnuda.
    Sólo el viento al pasar trae el eco,
      Del cuervo que grazna,
      Del lobo que aulla.

    III

     Una mancha sombría y extensa
    Borda á trechos del monte la falda,
    Semejante a legión aguerrida
    Que acampase en la abrupta montaña
      Lanzando alaridos
      De sorda amenaza.

     Son pinares que al suelo desnudo
    De su antiguo ropaje le prestan
    Con el suyo el adorno salvaje
    Que resiste del tiempo á la afrenta
    Y corona de eterna verdura
      Las ásperas breñas.

     Árbol duro y altivo, que gustas
    De escuchar el rumor del Océano
    Y gemir con la brisa marina
    De la playa en el blanco desierto,
    ¡Yo te amo!, y mi vista reposa
    Con placer en los tibios reflejos

    Que tu copa gallarda iluminan
    Cuando audaz se destaca en el cielo,
    Despidiendo la luz que agoniza,
    Saludando la estrella del véspero.

     Pero tú, sacra encina del celta,
    Y tú, roble de ramas añosas,
    Sois más bellos con vuestro follaje
    Que si mayo las cumbres festona
    Salpicadas de fresco rocío
    Donde quiebra sus rayos la aurora,
    Y convierte los sotos profundos
      En mansión de gloria.

       Más tarde, en otoño,
    Cuando caen marchitas tus hojas,
      ¡Oh roble!, y con ellas
    Generoso los musgos alfombras,
      ¡Qué hermoso está el campo!
      La selva, ¡qué hermosa!

     Al recuerdo de aquellos rumores
      Que al morir el día
    Se levantan del bosque en la hondura
    Cuando pasa gimiendo la brisa
    Y remueve con húmedo soplo
      Tus hojas marchitas,
    Mientras corre engrosado el arroyo
    En su cauce de frescas orillas,

    Estremécese el alma pensando
    Dónde duermen las glorias queridas
    De este pueblo sufrido, que espera
    Silencioso en su lecho de espinas
      Que suene su hora
      Y llegue aquel día
    En que venza con mano segura,
      Del mal que le oprime,
      La fuerza homicida.

    IV

     Torna roble, árbol patrio, á dar sombra
    Cariñosa á la escueta montaña
    Donde un tiempo la gaita guerrera
    Alentó de los nuestros las almas;
    Y compás hizo al eco monótono
      Del canto materno,
      Del viento y del agua,
    Que en las noches de invierno al infante
    En su cuna de mimbre arrullaban.
    Que tan bello apareces, ¡oh roble!,
    De este suelo en las cumbres gallardas
    Y en las suaves graciosas pendientes
    Donde umbrosas se extienden tus ramas,
    Como en rostro de pálida virgen
    Cabellera ondulante y dorada,
      Que en lluvia de rizos
      Acaricia la frente de nácar.

     ¡Torna presto á poblar nuestros bosques;
    Y que tornen contigo las hadas
    Que algún tiempo á tu sombra tejieron,
      Del héroe gallego
      Las frescas guirnaldas!