Poema El capitn Montoya de Jos Zorrilla

El capitn Montoya

de Jos Zorrilla



Contenido
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1 I: La cruz del olivar
2 II: Cuchilladas en la calle
3 III: Ofertas
4 IV: El capitn don Csar
5 V: Insuficiencia del poeta
6 VI: El novio
7 VII: Doa Ins
8 VIII: Aventura inexplicable
9 IX
10 X: Hechos y conjeturas
11 Nota de conclusin

[editar] I: La cruz del olivar

Muerta la lumbre solar
iba la noche cerrando,
y dos jinetes cruzando
a caballo un olivar.
Crujen sus largas espadas
al trotar de los bridones,
y vense por los arzones
las pistolas asomadas.
Calados anchos sombreros,
en sendas capas ocultos,
alguien tomara los bultos
lo menos por bandoleros.
Llevan, porque se presuma
cul de los dos vale ms,
castor con cinta el de atrs,
y el de delante con pluma.
Llegaron donde el camino
en dos le divide un cerro,
y presta una e rnz de hierro
algo al uno de divino.
Y es as, que si los ojos
por el izquierdo se tienden,
sotos se ven que se extienden
enmaraados de abrojos.
Mas vese por la derecha
un convento solitario,
en campo de frutos vario
y de abundante cosecha.
Echse a tierra el primero,
y al dar la brida al de atrs,
Aqu, dijo, esperars,
y el otro dijo: Aqu espero.
y hacia el convento avanzando
del caballero la obscura
sombra, se fue la figura
hasta perderse menguando.
Qued el otro en soledad,
y al pie de la cruz sentada,
sigui inmoble y embozado
en la densa obscuridad.
Muga en las caas huecas
en son temeroso el viento,
rasgndose turbulento
por entro las ramas secas,
y en los desiguales hoyos
con las lluvias socavados,
hervan encenagados,
sin cauce ya, los arroyos.
Ni haba una turbia estrella
que el monte alumbrara acaso,
ni alcanzaba a ms de un paso
ciega la vista sin ella;
ni seal se,aperciba
de vida en el olivar,
ni ms voz que el rebramar
del vendaval, que creca.
Y al hierro santo amarrados
ambos caballos estaban,
y all en silencio, aguardaban,
a esperar acostumbrados.
Ni de la spera maleza
pisada, al agrio rumor,
les volvi su guardador
slo una vez la cabeza.
Un pie sobre el otro pie,
embozado hasta las cejas,
metido hasta las orejas
el sombrero, se le ve
como un entallado busto
de alguno que all muri,
y all ponerse mand
por escarmiento o por susto.
Ni incrdulo faltara
que si cerca dl pasara,
medroso se santiguara
dudando lo que sera.
Que a quien suele con la luz
y en compaa blasfemar,
bueno es hacerle pasar
de noche junto a una cruz.
Mas esto se quede aqu;
y volviendo yo a mi cuento,
digo que, dudoso y lento,
gran rato se pas as.
Y ya se estaba una hora
de espera a expirar cercana,
cuando son una campana
de lengua aguda y sonora.
Y aun duraba por el viento
su vibracin, cuando el gua,
alguien not que vena
por el lado del convento.
Sac la faz del embozo,
y oyendo el son ms distinto,
eclise la mano al cinto,
y quin va? el amo y el mozo
preguntaron a la par;
mas conocidos los sones,
asieron de los bridones
y volvieron a montar.
Y es fama que, menos fiero
el seor con el criado,
dejle andar a su lado
como digno compaero.
Y ste, al ver cun satisfecho
volvi de su expedicin,
as la conversacin
introdujo de lo hecho:
-Seor, cmo est la monja?
-Y cmo ha de estar, Gins?
Atortolada a mis pies
y ms blanda que tina esponja.
-Y pensis dejarla as?
-Dejarla, ni por asomo!
No s todava cmo,
mas la sacar de all,
que segn lo que yo he visto,
ms quiere la tortolilla
volar libre por Castilla,
que estar en jaula con Cristo.-
Y aqu el recio vendaval,
en voz y empuje creciendo,
puso lo que iban diciendo
para escucharse muy mal.
Y ellos, temiendo que acaso
les cogiera la tormenta,
sacaron por buena cuenta
los caballos a buen paso.

[editar] II: Cuchilladas en la calle

En una noche de Octubre
que las nieblas encapotan,
ahogando de las estrellas
la escasa lumbre dudosa,
de la ciudad de Toledo
en una calleja corva
que el paso desde el alczar
a Zocodover acorta,
es fama que se apostaron
seis hombres, que grupo forman,
de una de las dos esquinas
a la prolongada sombra.
Murmuraron por lo bajo
algunas palabras cortas;
cortas, porque a ellos les bastan,
bajas, por si hay quien las oiga.
Repartironse sus puestos
con precaucin previsora,
favorable a los que esperan,
y a los que lleguen daosa;
y quedaron en silencio
casi por un cuarto de hora,
tan ocultos y pegados
a la tapia en que se apoyan,
tan hundidas en la niebla
sus desvanecidas formas,
que hubo quien pasando entre ellos
juzg la calle muy sola.
Caa desde las tejas
desprendida gota a gota
la niebla, que do halla sitio,
calladamente se posa,
y alguna rfaga errante,
con tenue voz melanclica
cruzaba de alguna reja
las hendiduras angostas.
Se oan de cuando en cuando
sonar por la calle prxima
puertas y aldabas de casas,
pasos y voz de personas.
Mas nada a los apostados
mueve, anima o impresiona,
ni voces ni transeuntes
parece que les importan.
Inmviles permanecen,
y las sospechas se agotan
al ver que por ellos pasan
tanta gente y tantas horas;
y es imposible atinar
con el intento que forman,
cogiendo la calle a espacios
por ambas aceras toda.
Marc las once un reloj,
sonaron tardas y cncavas
de las once campanadas
las once pesadas notas,
y al par que en la callejuela
los cinco se desembozan,
alumbrndola por dentro,
luz a una puerta se asoma.
Corrironse los cerrojos,
rechin la llave sorda,
y un cuadro de luz voluble
vacil en piedras y losas.
Transpusieron los umbrales
tres bultos, y una tras otra
se oyeron tres despedidas
que murmuraron tres bocas.
Quit la luz el de dentro,
dobl a la puerta la hoja,
qued en tinieblas la calle,
ijeron fuera: Ahora!
Viles!, grit el que sala;
los que esperaban, La moza,
dijeron, cuenta con ella.,
Y a esta palabra traidora,
en dos pedazos la calle
partida, en msica ronca
crujieron y en lid confusa
de las espadas las hojas.
Asirla, dicen los unos;
Hija, a mi espalda!, en voz torva
deca el recin salido,
que las cuchilladas dobla.
Cmo, decan los unos,
son dos y tenernos osan!
Cmo, murmuraba el otro,
villanos tientan mi honra!
Mueran!, dicen de una parte;
Vengan!, dicen de la otra;
y crece de la contienda
la confusin temerosa.
Llueven los tajos sin tino,
y aunque se tiran con clera,
como tirados a ciegas,
la mayor parte malogran.
Pero valientes parecen,
porque se buscan y acosan
con terquedad tan resuelta,
que unos de otros se asombran.
Dan, hieren, cubren, atajan,
tierra ganan, tierra cortan,
y al ruido de los aceros
la vecindad se alborota.
Sacaron luces por alto,
gritaron: Fuego! La ronda!
La guardia! Mas todo intil,
porque los tajos redoblan.
Las mismas luces que sacan
son de los menos en contra,
y por doquiera cercados,
en sus postrimeras tocan.
En esto, la calle arriba
lleg un mozo a quien abona
por noble la larga pluma
con que su sombrero adorna,
que excusndose palabras
y revelndose en obras,
ech la capa por tierra
y por aire la tizona.
Psose en pro de la dama
como quien hidalgos goza
pensamientos, y ha nacido
de noble sangre espaola;
y anuncise con tal furia
de cuchilladas, que a pocas
tendi en la calle dos hombres
en las postreras congojas.
Y tan rpido revuelve
contra los cuatro que afronta,
que con una sola espada
para los cuatro le sobra.
Con tiempo y valor apenas
para su defensa propia,
dijo uno de ellos: A tanto,
slo el demonio se arroja!
Y al escucharle el mancebo,
dijo con voz poderosa:
Con una legin no basta
para el capitn Montoya.
Y haciendo el ltimo esfuerzo,
la calle entera despoja,
por donde entraba a tal punto
a todo correr la ronda.

[editar] III: Ofertas

Cuando lleg la justicia
de la contienda al lugar,
hall asido de la mano
con un hombre al Capitn.
Desmayada una doncella,
de l se vea detrs,
por otro hombre sostenida
con intenssimo afn.
Y cuando ufanos quisieron
meter su tarda paz,
oyeron en esta guisa
al desconocido hablar:
-Fadrique soy de Toledo,
Montoya, no os digo ms:
mi honor os debo y mi hija;
si tienen precio mirad,
Y vedlo bien, que aunque entrambos
me demandis a la par,
os juro a Dios desde ahora
que son vuestros, Capitn.
-Lo hecho, dijo Montoya,
pagado en exceso est
con la amistad de un Toledo;
sta es mi mano, tomad:
hice lo que debe un noble;
no hablemos en ello ms.
-Y asindola don Fadrique,
dijo:-Montoya, apretad.-
Tornse despus a su hija,
y volvindose a nombrar,
paso le dieron y gente
con que ir en seguridad.
Tom cartas la justicia,
y empezando a justiciar,
llevse en prenda los muertos,
y cit ante el tribunal
a los testigos que hubiere,
incluyendo al Capitn,
quien calndose el sombrero
replicles:-Bien est!
Pngame, seor corchete,
esa capa en caridad,
y tome esa friolera
con que entierren a ese par.-
Y echando un bolsillo de oro
de la justicia en mitad,
fuese, dejando en la turba
adrniracin general.

Y justamente admirado
merece ser en verdad
quien da tales cuchilladas
y tales bolsillos da.

[editar] IV: El capitn don Csar

-Esa gente es un tesoro!
l generoso y valiente,
ella hermosa; y juntamente
la ofrecen pesada en oro!
Qu te parece, Gins?
Cuatro millones la dan.
-Gran presa, mi Capitn!
La aceptaris?
-Fcil es!
-Y la monja? -
-Eso te aflige!
Buenas son ambas, por Dios!
Y quien de dos toma dos,
como hombre avisado elige.
Dicen que parece mal
que hombre de mi condicin
viva siempre soltern
derrochando su caudal.
Y a m tambin me parece
que quien tanto tiene y vale,
pues de lo vulgar se sale,
ms de lo vulgar merece.
La consecuencia te toca:
si una me dan y otra quito,
que con dos puedo acredito;
conque, Gins, punto en boca. -
Esto dijo el Capitn,
y pidiendo de vestir,
anunci que iba a salir
a cierto asunto galn.
Colgse al cinto la espada,
de plata en doble cadena,
tendi la negra melena
sobre la gola plegada.
Cal el chambergo de lado,
y retirando el espejo,
torn su postrer consejo
a repetir al criado.
Doblse este siervo fiel
en presencia del seor,
y ganando un corredor,
cruzle delante de l.
Abrile de par en par,
una tras otra, tres puertas,
que se quedaron abiertas
mucho despus de pasar.
Venia le hicieron gran pieza
siervos que al paso top,
y un paje tras l sali
descubierta la cabeza.
Y a fe que se colega
mirando tal homenaje,
que era mucho personaje
quien con tal pompa viva.
Mas ya es tiempo vive Dios!
de que d el lector discreto
con quin es este sujeto
que anda ha rato entre los dos.
Sepa, pues, que el capitn
don Csar Gil de Montoya
es de las armas la joya,
y de las hembras imn.
Nadie se atreve a afrontallo,
ni hay quien resista su lanza;
nadie su poder alcanza,
sea a pie, sea a caballo.
En liza donde l se mete
por empeo o por favor,
nunca falta justador
para el ltimo jinete.
En fiesta o lance que l entra,
toda opulencia es escasa;
nadie en lo galn le pasa,
ni ms bizarro se encuentra.
Favorece a quien pregunta,
obliga a quien aconseja,
enloquece a quien corteja,
y avasalla a quien se junta.
Audaz con quien enamora,
manda, cela, acosa, exige,
y al cabo del mes elige
nuevo amor, nueva seora.
Un filtro lleva en los ojos
que fanatiza a quien ama,
deleite su voz derrama,
y fuego sus labios rojos.
Mujer que cay en su red,
su corazn dej preso,
que sorbe con cada beso
un corazn cada vez.
No hay puerta que lo resista
ni reja que le desaire,
que entra su amor como el aire;
con slo mirar conquista.
Como un sultn opulento,
como un Adonis hermoso,
sin par en lo generoso,
sin igual en ardimiento,
sol que mata las estrellas,
la fama arrebata toda;
y es siempre el galn de moda
entre las damas ms bellas.
Resuena desde Toledo
su nombre por toda Espaa;
los nobles le tienen saa,
los bravos le tienen miedo.
Los golillas lo desdoran,
los clrigos le aborrecen,
los soldados le apetecen,
y los villanos lo adoran.
Mas a l lo importa un ardite
de tan varia voluntad,
y toma por la ciudad,
donde le encuentra, desquite.
Que no hallando ningn Cid
ni topando una Lucrecia,
cuantas conquista, desprecia,
mata cuantos vence en lid.
Tiene un palacio por casa,
da fiestas por afrentar,
que no hay quien sepa igualar
sus profusiones sin tasa.
Sin amigos y sin deudos,
vive slo para s,
y le mantienen as
sus herencias y sus feudos.
Tan rico y gran bebedor,
no hay medida a sus deseos,
y pasa entra devaneos
una existencia de amor.
Y para ahogar su indolencia
y ocultar que se fastidia,
juega sin afn ni envidia
pedazos de su opulencia.
Si gana, sin ver recoge;
si pierde, paga sin ver;
y ni en ganar ni en perder
hay medio de que se enoje.
Y segn derrama el oro
cuando pierde o cuando presta,
parece que tiene puesta
cada mano en un tesoro.
Hay quien de impo le trata,
y juzga que es mal ejemplo
que un paje le lleve al templo
cojn con borlas de plata,
y que es audacia inaudita
hincarse al pie de la grada
y esperar a una tapada
para darla agua bendita.
Y aun corren de sus amores
susurros por la ciudad,
que a ser ciertos, en verdad
pueden tornarse clamores,
que anda entro ellos una llave
con que se abre un presbiterio.....
Mas el caso es un misterio
y la verdad no se sabe.
l sigue ufano y galn,
y log rumores de que hablo,
si los sabe, los da al diablo
satisfecho el Capitn.
Tal es, amigo lector,
el don Csar de mi cuento:
si le crees malo, lo siento;
mas no fu mucho mejor.

[editar] V: Insuficiencia del poeta

Casa don Fadrique a Diana,
y en su palacio rene
cuanto hay en Castilla entera
en armas y amor ilustre;
que es don Fadrique muy rico
y a origen de reyes sube,
y slo el Rey lo aventaja
cuando sus empeos cumple.
Ofreci una noche su hija
en lance que aun hoy encubre
el misterio de las sombras,
a un hombre a quien atribuye
tantos misterios el vulgo,
como al lance que produce
el repentino consorcio
que amor y razones une.
Mas aunque pasa la noche
y ya su presencia urge,
el novio no est en Toledo,
lo que a sospechas induce.
Mas buenas tiene sin duda
razones que le disculpen,
porque aunque le echan de menos
nadie de falso le arguye.
Todos aguardan que llegue,
y no hay un alma que dude
que se hallar al dar las diez
en los salones del Duque.
Que l ha marcado esa hora,
y tal confianza infunde
su palabra, que no hay prenda,
que ms valga ni asegure.
Prosiguen, pues, de la boda
las fiestas, los brindis crujen,
y suenan los instrumentos
voluptuosos y dulces.
Nunca tal gala ostentaron
los que de grandes presumen,
ni vio jams tanta pompa
la asombrada muchedumbre..
Intil es ponderarla,
y querer pintarla intil,
que fiestas como sta ma,
contndolas se deslucen.
Harto lo llora el poeta,
Mas ay, que por ms que luche,
con su voz y con su lira,
la realidad no le suplen!
Har que sus creaciones
en bellos versos murmuren,
que canten bquicos himnos
cuando su festn concluyen.
Podr, cuando ms se afane,
de quien su cuento le escuche
lograr que se finja apenas
el rostro, las actitudes,
la situacin o el carcter
de los seres que dibuje;
todo ello pesado y dbil,
aunque a lo vano renuncie.
Podr trazar en un cuadro,
aunque sombras se le enturbien,
las principales figuras
de que su historia se ocupe;
mas la luz, y el movimiento,
y el todo que las circuye,
la multitud, las comparsas
que en torno de ellas agrupe,
que giran, hablan, murmuran,
van, vienen, bajan y suben,
las cercan o las desvan,
y con ellas se confunden,
y respiran con su aliento,
y con impulsos comunes
con ellas gozan, esperan,
ren, cantan, lloran, sufren.....
Imposible que lo pinten
y en la mente lo acumulen
con voz, movimiento y vida
fcil, palpable, voluble!
Cmo contar el tumulto
que en un momento produce
en un saln donde danzan,
un lance que lo interrumpe?
La voz de Ah est, seores,
ah est!, que brota y bulle
de boca en boca rodando
y en derredor se difunde;
y el son de las herraduras
del bridn que le conduce,
que al detenerse en el patio
hace que el patio retumbe;
que en las puertas y ventanas
los que bailaban se agrupen,
y por ver mejor se empinen
se encaramen y se empujen;
los muchos que, prodigando
serviles solicitudes,
bajan a asirle el estribo
porque les mire o saludo,
y el saln que dejan solo
con la alfombra y con las luces,
y la chimenea, en donde
chisporrotea la lumbre,
con qu voz, ni con qu lira
se pinta o se reproduce,
de modo que quien escucha
lo conciba y no se ofusque?
Cmo el satisfecho porte
contar con que se descubre
al apetecido novio
que por la escalera sube,
mientras se agolpa por ella
la aturdida servidumbre,
y al peso de los curiosos
por ambas barandas cruje?
Avanza, puesp por la sala
la gente se distribuye,
y este es el lance ms crtico
que en toda la noche ocurre.
Corre confuso murmullo
y ancho movimiento cunde,
mientras, asiendo un instante,
a s cada cual acude.
Quin se compone la gola,
quin los vuelillos se sube,
quin desencaja una hebilla
porque el cinturn le ajuste;
quin se revienta unos guantes,
y del placer en la cumbre,
las hermosas se sonren,
y aunque astutas disimulen,
la vista a un espejo tienden,
la mano a la flor o al bucle.
La que gracias o riquezas,
bien que la pesa, no luce,
busca a una bella la espalda,
que aunque la humille la oculte.
Aqu asoma un pie pequeo,
all unos ojos azules,
ac una falda de encaje,
all un airn de tises;
aqu un cuello alabastrino,
y all una mano que pule
un centenar de brillantes
que por mano y dueo arguyen.
Todo esto en viviente masa,
con movimientos comunes,
con existencia uniforme
que en todo fermenta y bulle,
que gira o que vaga a un tiempo,
se dispersa o se reune,
danza o se asoma, y el ruido
cesa, aumenta o disminuye:
este momento de atenta
y afanosa incertidumbre,
quin lo cuenta o quien lo canta,
por ms que a la par se junten
la voz y el arpa, sin ver
que es fuerza al fin que renuncien
la voz y el arpa, humilladas,
a empresa donde sucumben?
Desisto, pues, de mi empeo,
y aunque me da pesadumbre,
el saln de don Fadrique
quien pueda que se figure.

[editar] VI: El novio

Todos los ojos clavados
en la puerta del saln,
toda la gente del baile
agolpada en derredor,
en impaciente y atenta
duda un instante qued,
esperando la llegada
del venturoso amador.
Don Fadrique, Diana y todos
los parientes que junt
en su fiesta el noble Duque,
de sus huspedes en pos,
estn al dintel parados,
que el danzar se interrumpi,
y ahogaron los instrumentos
su ya no escuchado son.
Todos inciertos callaban,
y all en confuso rumor,
del novio por la escalera
se perciba la voz,
como si alguno a su paso,
demandndole atencin,
recibiera una respuesta
de superior a inferior.
-Comprendiste? dijo al fin
en voz clara.-S, Seor,
repuso otra voz humilde;
y l a replicar volvi:
-La hora, las dos en punto;
la gente, nosotros dos.-
Y de sus anchas espuelas
spero comps se oy.
Cundi general murmullo
de gente por el montn,
la masa de mil cabezas
adelantndose hirvi,
movindose a un tiempo todas
para ver y or mejor;
y a tal punto, por la sala
con paso resuelto entr
el buen capitn don Csar,
cual siempre fascinador.
Ech los brazos al cuello
de don Fadrique, tom
la mano a Diana, y besla
con acendrada pasin,
y por la estancia avanzando,
en tal guisa les habl:
-Seor Duque, hermosa Diana,
si tard, mirad que estoy
pronto desde este momento
a demandaros perdn.
-Capitn, en vuestra casa
nadie exige sino vos.
Id, venid cuando os pluguiere,
sin pena y sin restriccin,
que en todo lo que gustareis
nos daris gusto y honor.
-Pues cuando os venga en agrado,
seor Duque, la ocasin
del notario aprovechemos,
con la ley cumplamos hoy;
y atendiendo a ambos mandatos
de justicia y religin,
hoy nos casarn las leyes,
maana temprano, Dios.
Os place?
-S, por mi vida!
-Y a vos, Diana?
-Tengo yo
ms voluntad que la vuestra,
mi esposo y libertador?
-Pues de ese modo, abreviemos,
que aunque por ello afliccin
siento en el alma, esta noche
aun mi ausencia no acab.-
Volvise a tales palabras
el Duque, y conversacin
siguieron de esta manera
por lo bajo ambos a dos:
-Don Csar, llevis espada?
-Solamente a precaucin.
-Sabis, Capitn, que os debo.....
-Gracias, Duque; aunque de honor,
no es asunto de estocadas,
sino de tiempo.
-Por Dios,
que tomara por agravio
que en caso de exposicin
reclamarais el auxilio
de otro que no fuera yo!
-Dormid sin cuidado, Duque,
que en todo evento hombre soy,
y os despertar maana.
Volved esta noche vos
al baile desde la mesa;
danzad, Duque, sin temor,
y no os acordis de m
hasta que despunte el sol.
Y as el Capitn diciendo,
la mano de Diana asi,
y a otro aposento pasaron
con toda la gente en pos.

Firmronse alegremente
los contratos en unin,
volvise a la danza luego
y a la mesa se volvi.
El Duque estuvo gozoso,
el Capitn decidor,
y Diana hermosa y radiante
y hechicera como el sol.
Y aunque no falt un misntropo
que admirado se mostr
y augur mal de esta boda,
cenando como un len,
desde la cena, la danza
tercera vez empez,
Ms que nunca bullicioso
y pacfico el saln.
mas justo ser aadir
como fiel historiador,
que mientras segua el baile
y de los brindis el son,
el Capitn y Gins
salan al dar las dos,
de la empinada Toledo
por las puertas del Cambrn.

[editar] VII: Doa Ins

Cerraron en un convento
a doa Ins de Alvarado,
y obraron con poco tiento,
porque jams fue su intento
tomar tan bendito estado.
Nia alegre y bulliciosa,
de noble estirpe nacida,
pens, libre mariposa,
de volar de rosa en rosa
por el jardn de la vida.
Con dos ojos que hallan poca
la luz del brillante sol,
y una mente inquieta y loca,
quin puso bajo una toca
corazn tan espaol?
Qu valen las. celosas
que la aprisionan el ver,
si en sus bellas fantasas
adora todos los das
sus delirios de mujer?
Qu importa pese a su estrella!
que algunos doctores viejos
nieguen el mundo para ella,
si presintindose bella,
se encuentra con los espejos?
Y qu la importan los sones
del salterio sacrosanto,
si las lindas tentaciones
de otro dios y otras canciones
se la acuerdan entretanto?
Cmo abrazar las espinas
del ayuno y la oracin
como exigencias divinas,
si hay otras que estn ladinas
punzndola el corazn?
Para qu son sus sentidos
si de nada han de gozar?
Qu fue para los nacidos
el mundo a que son venidos,
si en venir han de pecar?
Qu sirven de sus cabellos
los mal mutilados rizos,
si no ha de prender en ellos
una flor, que har ms bellos
sus ojos antojadizos?
Doquier que su sombra alcanza,
curiosa va tras su sombra
con afanosa esperanza,
y el pie se ensaya en la danza
doquiera que halla una alfombra.
Doquier que hablan de virtud,
la causa secreta estudia
de su secreta inquietud;
doquier que encuentra un lad,
un himno de amor preludia.
Tal vez a solas mirando
de su mansin los cerrojos,
las horas pas soando,
y se encontr, despertando,
con lgrimas en los ojos.
Tal vez desde una ventana
al ver la inmensa campia
donde cruza una aldeana,
trocar su sayal de lana
quiso por una basquia.
Tal vez al tomar su aguja
y al bordar un santo nombre,
la santa labor estruja;
que audaz tentacin la empuja
a delinear el de un hombre.
Y as se la van los das
en suspirar y gemir,
por las bvedas sombras
de las largas galeras
que la habrn de ver morir.
Y sus ojos se marchitan,
y sus labios palidecen,
y sus pies se debilitan,
y sus delirios la irritan,
y sus pesadumbres crecen.
Oh, que al abrir un convento
a doa Ins de Alvarado,
obraron con poco tiento,
que bien se ve que su intento
no la llamaba a su estado!

Pero qu han visto sus ojos,
que serenos y radiantes,
ha das que sin enojos
moderaron los antojos
tras de que corrieron antes?
Ella, que ayer esquivaba.
del templo el cantar sonoro
la oracin la cansaba,
hoy de rodillas se clava
ante las rejas del coro.
Ella, que ayer distrada
asista al gran misterio
del Redentor de la vida,
hoy no quita, embebecida,
los ojos del presbiterio.
Ella, que ayer con el son
del importuno esquiln
dejaba el lecho tarda,
hoy madruga con el da
y adora la creacin.
Ella, que ayer descuidada
olvidaba sus labores,
hoy, noche y da afanada,
multiplica delicada
sus bordados y sus flores.
Y salen de su aposento
ofrendas del sentimiento
bajo formas infinitas,
sus labores exquisitas,
que orgullo son del convento.
Mutacin inesperada
que a sus hermanas admira;
y la oveja descarriada,
dicen, del pastor llamada,
ya a su redil se retira.
Ya vuelve al dulce reclamo
de la dulce compaa,
y a los cuidados de su amo,
la blanca oveja que hua
tan salvaje como el gamo
nacido en la selva umbra.
Y en secretas reuniones
dndose la enhorabuena,
doblaban las oraciones,
pidiendo a estas intenciones
perseverancia serena.
Impertinencia importuna!
Oh necias, sin duda alguna,
las pobres siervas de Dios,
si no alcanzasteis ninguna
lo que va de Ins a vos!
Tras recogimiento tanto,
su tez la color recobra,
sus ojos brillo y encanto.....
Y pensis que el fuego santo
tales maravillas obra?
Pensis que el alma prensada
en la seca soledad
vuelve a una nia apenada
la pura tez sonrosada
y el contento y la humildad?
Oh necias, que sin recelos
cubrs el mundo y los ojos
con vuestros benditos velos,
cuando a la luz de los cielos
se ven muy mal sus abrojos!
Necias! La blanca ovejuela
que se vuelve a su pastor,
y cuya vuelta os consuela,
es trtola que se vuela
al reclamo de su amor.
Cuando sus ojos estaban
clavados en el altar,
el altar no contemplaban,
que otros ojos no cesaban
sus ojos de reclamar.
Huir las rejas impiden,
pero, pese a los cerrojos,
lenguas en ojos residen,
y los espacios se miden
con las lenguas de los ojos.
Un hombre la contemplaba,
y un hombre la devoraba
con sus ardientes pupilas,
y doa Ins se abrasaba,
y vosotras.... tan tranquilas.
Ni sorprendisteis su exceso,
ni de la reja a una esquina
visteis que, perdido el seso,
tendi la mano, y que un beso
cruji en la mansin divina.
Ni visteis que, en vez de andar
al toque de los maitines
desde su celda al altar,
sola ms tarde entrar
al atrio de los jardines.
Ni hubo de vosotras una
que, del paseo celosa,
abriese ventana alguna,
y viese huir con la luna
una sombra sospechosa.
Ni hubo ningn jardinero
que, al primer canto del gallo,
viese acercarse rastrero
un rondador caballero,
que atrs dejaba un caballo.
Ni os ocurri que sus flores,
sus vistosos ramilletes
que encontraban compradores,
pudieron de sus amores
guardar ocultos billetes.
Ni la visteis espiando
el sueo de la tornera,
las llaves manoseando,
abierta aficin mostrando
del manojo a la tercera.
Oh! Que al abrir un convento
a doa Ins de Alvarado,
obraron con poco tiento,
pues ni han mirado su intento,
ni en el Capitn pensado.

[editar] VIII: Aventura inexplicable

Tras grave asunto, a juzgar
por lo que van espoleando,
corren dos hombres, cruzando
a caballo un olivar.
No est la noche muy clara,
ms bien se ve al pie de un cerro
una cruz grande de hierro
que dos caminos separa.
Y de advertir fcil es,
aun a los ojos peores,
que son dos los corredores,
y los caballos son tres.
Ech pie a tierra el primero,
y al dar la brida al de atrs,
le dijo: Aqu esperars;
y el otro dijo: Aqu espero.
Y hacia el convento avanzando,
del caballero en la obscura
sombra se fue la figura,
hasta perderse, menguando.
Y aqu, oh mi lector amigo!
fuerza ser que convengas
en que es preciso que vengas
hacia el convento conmigo.
Sigue mi camino, pues,
y de una verja detrs,
un atrio acaso hallars
a pocos pasos que des.
Sube tres gradas, si puedes,
da un paso ms, y con l
tocars en el cancel,
donde es fuerza que te quedes.
Ves un hombre que, embozado,
encorvando la figura,
por la estrecha cerradura
en mirar est ocupado?
Acrcate sin temor,
que lo que alcanza por dentro,
no haca temible el encuentro
del Capitn reidor.
T, lector, preguntars:
-Conque el Capitn es se?
El mismo, mas que te pese;
pero hazte un poquito atrs,
porque levantando el brazo,
empuja a espacio la puerta.
Entr, y dejndola incierta,
sopl el aire y di un portazo.
Mas veo, lector, que dices,
sin que pueda replicarte,
que esto es, llamndote, darte
con la puerta en las narices.
Mas tu impaciencia sosiega,
todo lo presenciars,
que del poeta, a eso y ms
el poder mgico llega.
Est el Capitn en pie
en medio de la ancha nave,
y a la verdad que no sabe
ni qu pasa, ni qu ve.
El templo mira enlutado
con lgubre terciopelo,
mucha gente haciendo duelo,
y un fretro en medio alzado.
Vense en el pao del tmulo
entrelazados blasones,
y a la luz de los blandones
un cadver en su cmulo.
Monjes le rezan en coro
tristsimos funerales,
y le alumbran con ciriales
pajes de libreas de oro.
La muchedumbre que asiste,
y que la tumba rodea,
dado que bien no se vea,
se ve que de noble viste.
Y parece que al bajar
el que ha finado a su nicho,
memoria tuvo capricho
de su opulencia en dejar.
Y al par que su eterna calma
las oraciones consuman,
mirras y esencias perfuman
la despedida del alma.
Msica triste le aduerme,
salmodias le santifican,
e hisopos le purifican
el cuerpo, que yace inerme.
Mas aquellas oraciones
y responsorios precisos,
llevan de anatema visos
y planta de maldiciones.
A veces son sus compases
hondos, siniestros, horribles,
murmurando incomprensibles,
negras e incgnitas frases.
En son lento, ronco y quedo
se hacen oir otras veces,
y entonces aquellas preces
hiela los huesos de miedo.
Otras semejan aullidos
discordes, desesperados,
lamentos de condenados
de los infiernos salidos.
Otras lejanos rumores,
cual de tormentas, se escuchan,
o de ejrcitos que luchan,
los espantosos clamores.
Y siempre siendo los mismos
los sones que se levantan,
responsos a un tiempo cantan
y murmuran exorcismos.
Atnito de la escena
extraa y aterradora
que encuentra tan a deshora
y le asombra y enajena,
don Csar, con paso lento,
entre la turba mezclado,
dirigise A un enlutado
que oraba en aquel momento,
-Quin es el muerto, sabis,
dijo, a quien rezando estn?
Y l respondi: -El capitn
Montoya: le conocis?-
Mudo qued de sorpresa
don Csar oyendo tal,
mas no lo tom tan mal
como tal vez le interesa.
Volvilo la espalda, pues,
diciendo:-Me ha conocidoy burlrseme ha querido;
mas luego ver quin es.-
Sigui la iglesia adelante,
y una capilla al cruzar,
vio un sepulcro preparar,
entre otros varios vacante;
y a un personaje que hall
de luto, y que pareca
que el trabajo diriga,
el Capitn se acerc.
-Para quin abren la hoya?
le dijo; y el enlutado
le contest de contado:
-Para el capitn Montoya.-
Mudsele la color
a don Csar; mas repuesta
su calma, al de la respuesta
volvi entre risa y furor.
Mirle de arriba abajo,
pero no le conoci;
segunda vez le mir,
pero fue intil trabajo.
Ni record que quizs
le hubiese visto la cara,
ni imagin que la hallara
tan repugnante jams,
que encontr en ella tal gesto
de aterradora hediondez,
que por no verla otra vez,
dej caviloso el puesto.
Fuse a otro punto a situar,
diciendo:-Ese hombre estremece!
De aquel sepulcro parece
que le acaban de sacar-
Uno tras otro se puso,
a contemplar los que va,
mas a nadie conoca,
de lo que andaba confuso.
Tenan todos las caras
descoloridas y secas,
y dijeran que eran huecas,
a ms de antiguas y raras.
Cansado de fiesta tal,
y a impulso de una aprensin,
llegse a un noble varn
que oraba con un cirial.
Cabe l la rodilla apoya,
y dcele ya con miedo:
-Quin es el muerto? -y muy quedo
contest el otro: -Montoya.-
Del catafalco a los pies
lleg entonces decidido,
de aquella duda impelido,
a ver el muerto quin es.,
Por los monjes atropella,
trepa al tmulo, la caja
descubre, ase la mortaja,
y l mismo se encuentra en ella.
Mir y remir, y palp
con afn hondo y prolijo,
y al fin consternado dijo:
-Cielo santo, y quin soy yo!

Mir la visin horrenda
una y otra y otra vez,
y nunca ms que a s mismo
en aquel fretro ve.
Aquel es su mismo entierro,
su mismo semblante aquel:
no puede quedarle duda,
su mismo cadver es.
En vano se tienta ansioso;
los ojos cierra, por ver
si la ilusin se deshace,
si obra de sus ojos fue.
Ase su doble figura,
la agita, ansiando creer
que es mscara puesta en otro
que se le parece a l.
Vuelve y revuelve el cadver
y le torna a revolver;
cree que suea, y se sacude
porque despertarse cree,
y tiende el triste los ojos
desencajados, doquier.
Mas nuevo prodigio! Mira
a las puertas, y al dintel
ve que despiden el duelo,
de duelo henchidos tambin,
don Fadrique y doa Diana,
que arrastran luto por l.
Baja, les tiende los brazos,
les nombra, cae a sus pies.
-Miradme, les dice atnito,
Montoya soy, vedme bien.
Y ellos le miran estpidos
sin poderle conocer,
e inclinando las cabezas,
replican: -Montoya fue.-
Entonces, desesperado
con angustia tan cruel,
vase otra vez hacia el muerto
demandndole quin es.
-No hay quien sepa aqu quin soy?
No hay a salvarme poder?-
Y all desde el presbiterio,
de las rejas al travs,
oy una voz que deca:
-S, te conozco, mi bien:
abre; qu tardas? Partamos:
yo soy tu amor, soy tu Ins.
Y los brazos le tenda
la de Alvarado tambin,
de la reja tentadora
tras el cudruple cancel.
Mas vindola cual espectro
que le persigue a su vez,
gritaba l:-Aparta, aparta;
que soy cadver no ves?
Y apenas palabras tales
pronunci, cuando tras l
vio llegarse aquel fantasma
cuyo gesto de hediondez
le hizo miedo, y no le pudo
recordar ni conocer.
Contemplle de hito en hito,
le asi del brazo despus,
y as con voz espantosa
vio que le dijo: -Pardiez!
T eres quien cambia conmigo;
a mi sepultura ven.-
Y a esta horrorosa sentencia,
ya sin poderse valer,
cay en el suelo Montoya,
falto de aliento y de pies.

-Dnde estoy? Qu es de mi vida?
Respiro an? exclam
Montoya abriendo los ojos,
con desfallecida voz.
-Seor, estis en mis brazos.
-Eres t, Gins?
-Yo soy.
-Dnde estamos?
-En la cruz.
-Del olivar?
-S, seor.
-No estuve yo en el convento?
Pues quin de all me sac?
-Yo fui, seor.
-T, Gins!
-Perdonad; tem por vos,
y viendo que el tiempo andaba
y ni sea ni rumor
esperanza me infundan,
tras vos ech.
-Santo Dios!
Y llegastes.....
-A la iglesia.
-Atrado por el son,
-Seor, no he odo nada.
No os lo dije?
-Cmo no?
Dentro la iglesia no vistes
los enlutados en pos
de mi cadver? -Mirle
absorto de admiracin
el mozo, y dijo:-Soamos,
o vos, don Csar, o yo.
Ni vi, ni o cosa alguna.
-Conque es ma esa visin?
A mis ojos solamente
horrenda se present!
No vistes conmigo a nadie?
-Os juro a mi salvacin,
que solo os hall tendido
al pie del altar mayor;
y viendo el peligro doble
del sitio y la situacin,
ni me detuve a pensar
si estabais herido o no;
cargu con vos y me vine;
ni o ni vi ms, seor.
Call Gins, y don Csar,
a estas palabras qued
distrado y abismado
en honda meditacin.
Mirbale de hito en hito
Gins, que aterrado vio
de la faz del Capitn
la extraa transformacin.
Desencajados los ojos,
palidecido el color,
torvo el mirar, pareca,
ms que vivo, aparicin.
Sentado en el pedestal
de la cruz, do l le pos,
inmvil permaneca
sin fuerza y sin intencin,
amarrado a un pensamiento
que bulla en su interior,
y que se va que todas
las potencias le absorbi,
como quien mira aterrado
negra y horrible visin
que le borra de los ojos
cuanto existe en derredor.
Temeroso el buen criado
por su juicio y su razn,
dirigile atentas frases
con afn consolador.
Mas l ni torn los ojos
ni a sus voces respondi,
ni agradeci sus cuidados,
que en nada puso atencin;
y al cabo de largo trecho,
con repentino vigor
levantndose en silencio,
en su corcel cabalg.
Hincle los acicates,
y el poderoso bridn,
tras un poderoso brinco,
todo escape sali.
Santiguse el buen Gins,
y en su ruin supersticin,
dijo: -Si tendr los malos?
Y a escape tras l ech.

[editar] IX

Por una puerta secreta
que de los salones sale
a un secreto gabinete,
puede a estas horas mirarse
a don Fadrique y don Csar,
que, plidos los semblantes,
pltica tienen trabada
de asunto en verdad muy grave.
Demanda con vehemencia
don Fadrique, y contestarle
resiste el otro, en su empeo
ambos por dems tenaces.
El Capitn, asentado
en un silln, torvo yace,
guardando, psele al otro,
un silencio inalterable;
y don Fadrique, colrico,
en pie a su lado, las frases
la dirige ms violentas
que hall para provocarle.
Dejbale el Capitn
que la ira desahogase,
como si con l no hablara
ni pudieran escucharles.
Y al fin, de calma en su clera
aprovechando un instante,
dirigile la palabra
con razones semejantes:
-Todo es intil, denuestos,
splicas, amagos, ayes;
el mundo entero no puede
a que os lo diga obligarme.
Un secreto es que conmigo
quiero que al sepulcro baje,
y no ha de saberlo nunca,
desde el sol abajo, nadie.
Si es sueo o delirio mo,
quiero de l aprovecharme;
si es un aviso del cielo,
es imposible excusarle.
Torn al silencio don Csar,
y el Duque, que aunque no alcance
la razn, sospecha alguna,
djole sin ira casi:
-Don Csar, noble he nacido,
y por mucho que yo os ame,
llevar no puedo en paciencia
sin una excusa un desaire.
Por misterioso o fatal,
por precioso o repugnante
que el secreto sea, creis
que no sabr yo guardarle?
-Sabis quin soy, don Fadrique,
y por excusa esto baste,
que no hablar ms en ello
si santos me lo rogasen.
Y aqu, ya de don Fadrique
la clera desbordndose,
dijo al capitn Montoya
con voz resuelta y pujante:
-Vive Dios, seor don Csar,
que esto no es ms que un ultraje
que hacer queris a mi casa,
y que est pidiendo saiigrel
Si no podis el motivo
descubrirme que deshace
vuestra boda, satisfecho
de un modo o de otro dejadme.
-Seor Duque, ya est dicho.
Si lo dejo de cobarde,
pues que me debis la vida,
nadie como vos lo sabe;
pero os juro que, aunque osado
lleguis hasta abofetearme,
no haris que por causa alguna
la espada ms desenvaine,
ni ms me la he de ceir,
ni ms me harn que la saque
cuantas honras y razones
en el universo caben:
mirad, seor don Fadrique,
si el secreto ser grande;
y pues veis a lo que obliga,
si hidalgo sois, rspetadle.
Callaron ambos a dos
y continuaron mirndose
como hombres en sus propsitos
igualmente imperturbable.
Al fin dijo don Fadrique
por la estancia pasendose,
como quien duda si debe
satisfacerse o vengarse:
-Seor capitn Montoya,
vida y honor me salvasteis
una noche, y aunque en sta
me los habis vuelto tales
que no ser mucho tiempo
a restablecerlos fcil,
vyase lo uno por lo otro,
de nada quiero acordarme.
Estamos en paz, don Csar.
Y continu pasendose,
y atarazndose un labio
hasta revocar la sangre.
Entonces el Capitn,
con paso medido y grave,
en mitad del aposento
fue decidido a encontrarle;
tendile la mano, y dijo:
-Pensad, Duque, si es bastante
a dejaros satisfecho
de este misterioso ultraje
mi resolucin postrera:
tomad, seor, esas llaves;
de mis inmensos tesoros
haced con justicia partes:
una a Gins por servirme,
con cuantos muebles hallare;
un hospital o convento
fundad con otra, si os place,
y otra a don Luis de Alvarado,
que gana la apuesta infame
que hice de robar a Dios
la mejor prenda al casarme.
Me comprendis, seor Duque?
Obedecedme y dejadme.
Entregad al de Alvarado
lo que hoy de perder me place;
pero cuidad, don Fadrique,
que no sepa el miserable
que era Ins, su propia hermana,
la prenda que iba a jugarse.-
Y as el Capitn diciendo,
un pliego sin letras ase,
escribe algunas palabras,
lo firma, lo sella y parte.
Qued don Fadrique atnito,
Gins rompi en voces y ayes
y en llanto amargo, que al punto
cambi en lgrimas el baile.
Cundi la noticia rpida,
y el escndalo fue grande,
aunque al culpar los efectos,
no acierta la causa nadie.

[editar] X: Hechos y conjeturas

Todo era hablillas Toledo,
y todo interpretaciones,
cada cual forj un enredo,
y hablaron todos con miedo
de espectros y apariciones.
Y como en vano buscaron
por Toledo al Capitn,
mil fbulas le colgaron,
y los que las inventaron,
por hechos las creen y dan.
Quin dijo, que anocheciendo,
le vio desde un corredor
all en los aires cerniendo
un cuerpo alado y horrendo
cual fue bello el anterior.
Quin dijo que un da oraba
ante un devoto retablo,
y vio al Capitn que daba
ayuda y defensa brava,
contra San Miguel, al diablo.
El hecho es que don Fadrique
a su escribano mand
que en su nombre ratifique,
firme, selle y testifique
lo que don Csar firm.
Que se parti su tesoro
algunos das despus,
que se dio a los pobres oro,
y que, rico como un moro,
parti a la corte Gins.
Ni ms descubrirse pudo,
ni puede decirse ms,
y este es el hecho desnudo,
pbulo, origen y escudo
de las mentiras de atrs.
Mas hay entre todas una
que, fbula o tradicin,
en escritura oportuna
encontrarla fue fortuna
separada del montn.
El vulgo a su vez la cuenta
como innegable verdad,
y de quien dudarla intenta,
dice que de Dios atenta
al poder y majestad.
Yo, trovador vagabundo,
la o contar en Toledo,
y de aquel pueblo me fundo
en la razn, y as al mundo
contarla a mi turno puedo.
Ni quitar ni pondr;
como a m me la contaron
fielmente la contar,
y a ser falso, juro a fe
que en Toledo me engaaron.
Diz que pasaron diez aos,
cada cual lleno a su vez
de azares y clesengaos;
mas a nuestro cuento extraos,
no hacen al caso los diez.
Las fabulillas cesaron
de hervir en la muchedumbre;
Diana y otras se casaron;
y en fin, segn es costumbre,
al que muri lo enterraron.
Y del mar de su destino
ya pronto a romper el dique,
diz que al linde del camino
de la vida, don Fadrique
pidi aprisa un capuchino.
Y severo y respetable,
con la faz descolorida,
vino un varn venerable,
al Duque a hacer tolerable
la tremenda despedida.
Tras s la puerta entorn,
y cuando a solas qued
con el noble moribundo,
la religin con el mundo
as pltica entabl:
MONJE Don Fadrique?
DON FADRIQUE Bien venido,
padre; concluyendo estoy.
MONJE A ayudaros he venido
a ir en paz; prestad odo
a lo que deciros voy.
Ha diez aos que, arrastrado
por intencin criminal,
holl de un templo el sagrado,
y a Dios me sent llamado
de una visin infernal.
Los muertos vi que salan
de las urnas sepulcrales
y blandones me encendan,
y con gran pompa me hacan
en vida los funerales.
Visin de los cielos fue;
mas quin creyera mi historia?
A contarla me negu,
y haberla determin
encerrada en mi memoria.
Tan slo exista un hombre
a saberla con derecho;
porfi, porfi; y no os asombre,
no me la arranc del pecho:
don Fadrique era su nombre.
Mas lo que excusar no pude
al noble a quien ofenda,
vengo; y as Dios me ayude!
a que mi razn escude
la fe de vuestra agona.-
Y esto el buen monje diciendo,
cay ante el lecho de hinojos,
las manos del Duque asiendo,
quien, sus palabras oyendo,
al monje torn los ojos.
Contemplle de hito en hito
con acongojado afn,
y exclam al fin con un grito:
-Sois vos! Dios santo y bendito!
Abrazadme, Capitn.-
Y los brazos enlazaron,
y a solas ambos a dos
por largo tiempo quedaron,
y largo tiempo lloraron
ante la imagen de Dios.
Y al fin de la confesin,
henchido el Duque de fe,
djole: -A aquella visin
debis vuestra salvacin,
que aviso del cielo fue.-
En cuyo punto, sintiendo
llegar el trance fatal
del paso duro y tremendo,
-ADIS, DON CSAR,- diciendo,
lanz el aliento vital.
Y aqu del todo acabada
del buen monje la misin,
y el nima encomendada,
con voz exclam mudada
al darle la absolucin:
-Ve en paz! Y, si como espero,
el llanto ante Dios se apoya
de un corazn verdadero,
-ruega a , Dios, buen caballero,
por el capitn Montoya!-
Y dando al mundo un momento,
al muerto bes en la frente,
y a paso medido y lento,
triste volvi a su convento
el Capitn penitente.
Y ha poco haba en sepultura humilde,
de la maleza oculta entre las hojas,
una inscripcin borrada por los aos,
que todo al fin sin compasin lo borran.
nico resto de opulenta estirpe,
nico fin de la mundana pompa,
montn de polvo, en soledad yaca
quien hizo al mundo con su audacia sombra.
Y apenas pueden los avaros ojos
leer en medio de la antigua losa:
Aqu yace fray Diego de Simancas,
que fu en el siglo el capitn Montoya.

[editar] Nota de conclusin

Y por si alguno pregunta
curioso por doa Ins
y opina que queda el cuento
incompleto, le dir:
que doa Ins muri monja
cuando la toc su vez,
sin su amor, si pudo ahogarle,
y si no pudo, con l.
Porque destino de todos,
vivir de esperanzas es:
quien las logra, muere en ellas;
quien no las logra, tambin.
Conque ya sabe el curioso
de mis hroes lo que fue,
y slo aadir me resta
dos palabras de Gins:
Hizo en la corte fortuna,
casse al cabo muy bien
con una dama muy rica
y hermosa como un clavel;.
y aunque dieron malas lenguas
en alzarla no s qu,
ella no alz las pestaas
para al vulgo responder.
Di a Gins un hijo zurdo,
y dijo su padre de l
que haba nacido en casa,
y en esto slo habl bien.



Analizar métrica y rima de El capitn Montoya