Poema El ro de las siete estrellas de Andrs Eloy Blanco

El ro de las siete estrellas

de Andrs Eloy Blanco


Una Pum, la Hija de un Cacique Yaruro,
fue conmigo una noche, por las tierras
verdes, que hacen un ro de verdura
entre el azul del Arauca y el azul del Meta.
Entre los gamelotes
nos echamos al suelo, coronados de yerbas
y all, en mis brazos, casi se me muri de amores
cuando le dije la Parbola
del volcn y las siete estrellas.

Quiero recordar un poco
aquella hora inmortal entre mis horas buenas:
Sobre la sabana los cocuyos
eran ms que en el cielo las estrellas,
no haba luna, pero estaba claro todo,
no s si eras mi alma que alumbraba a la noche
o la noche que la alumbraba a ella;
estbamos ceidos y hablbamos y el beso
y la palabra estaban empapados de promesas
y un soplo de mastranto pona en las narices
ese amor primitivo del caballo y la yegua.
Ella me contaba historias
de su nacin, leyenda
que se pierden entre los siglos
como races en la tierra,
pero de pronto me cay en los brazos
y estaba urgente y ma, coronada de yerbas,
cuando le dije la Parbola
del volcn y las siete estrellas.
Fue en el momento en que evocamos
al Orinoco de las Fuentes, al Orinoco de las Selvas,
al Orinoco de los saltos,
al de la erizada cabellera
que en la Fuente se alisa sus cabellos
y en Maipures se despeina;
y luego hablamos del Orinoco ancho,
el de Caicara que abanica la tierra,
y el del Torno y el Infierno
que al agua dulce junta un mal humor de piedras,
y ella qued colgada de mis labios,
como Palabra de carne que hiciera vivo el Poema,
porque le dije, amigos, mi Parbola,
la Parbola del Orinoco,
la Parbola del Volcn y las Siete Estrellas.

Y fue as: La Parima era un volcn,
pero era al mismo tiempo un refugio de estrellas.
Por las maanas, los luceros del cielo
se metan por su crter,
y dorman todo el da en el centro de la Tierra.
Por las tardes, al llegar la noche,
el volcn vomitaba su brasero de estrellas
y quedaban prendidos en el cielo los astros
para llover de nuevo cuando el alba viniera.

Y un da lleg el primer llanto del Indio;
en la maana del descubrimiento,
saltando de la proa de la carabela,
y del cielo de la raza en derrota
cay al volcn la primera estrella;
otro da lleg la piedad del Evangelio
y del costado de Jesucristo, evaporada la tristeza,
cristalina de martirio e impetuosa de Conquista,
cay la segunda estrella.

Despus, recin nacida la Libertad,
en su primera hora de caminar por Amrica,
desde los ojos de la Repblica
cay al volcn la lgrima de la tercera estrella.
Ms tarde, en el Ocaso del primer balbuceo,
en el da rojo de La Puerta,
nevado del hielo mismo de la Muerte
cay el diamante de la cuarta estrella;

Y en la maana de la Ley,
cuando la antorcha de Angostura chisporrote sobre la guerra,
despabilada de las luces mortales,
sobre el volcn cay la quinta estrella.

Y en la noche del Delirio,
desprendida de Casacoima, Profetisa de la Tiniebla,
salida de la voluntad inmanente de Vivir,
estrella de los Magos, cay la sexta estrella.

Y un da, en el da de los das, en Carabobo,
bajo el Sol de los soles, vol de la propia cabeza
del Hombre de cabeza estrellada como los cielos
y en el volcn de la Parima cay la ltima estrella.

Pero ese mismo da
sobre la boca del volcn puso su mano la Tiniebla
y el crter enmudeci para siempre
y las estrellas se quedaron en las entraas de la Tierra.

Y all fue una pugna de luz,
una lucha de mundos, un universo en guerra;
y en los costados de su tumba,
horadaban poco a poco su cauce las siete estrellas;
que si no iban hacia el cielo
se desbastaban con sus picos la trayectoria de las piedras.
Hasta que lleg una noche
en que rotos los msculos del gran pecho de tierra,
salt de sus abismos, cay en una cascada,
se abri paso en la erizada floresta,
sigui el surco de las bajantes vrgenes,
torci hacia el Norte, solemnizado de selvas,
bram en la convulsin de los saltos,
y se explay por fin, de aguas serenas,
con la nariz tentada de una sed de llanuras,
hacia el Oriente de los sueos
el Orinoco de las Siete Estrellas.




Analizar métrica y rima de El ro de las siete estrellas