Poema La noche del soldado de Pablo Neruda

La noche del soldado

de Pablo Neruda

Yo hago la noche del soldado, el tiempo del hombre sinmelancolía ni exterminio, del tipo tirado lejos por elocéano y una ola, y que no sabe que el agua amarga lo haseparado y que envejece, paulatinamente y sin miedo, dedicado a lonormal de la vida, sin cataclismos, sin ausencias, viviendo dentro desu piel y de su traje, sinceramente oscuro. Así, pues, me veocon camaradas estúpidos y alegres, que fuman y escupen yhorrendamente beben, y que de repente caen, enfermos de muerte. Porquedónde están la tía, la novia, la suegra, lacuñada del soldado? Tal vez de ostracismo o de malaria mueren,se ponen fríos, amarillos y emigran a un astro de hielo, a unplaneta fresco, a descansar, al fin, entre muchachas y frutasglaciales, y sus cadáveres, sus pobres cadáveres defuego, irán custodiados por ángeles alabastrinos a dormirlejos de la llama y la ceniza.
Por cada día que cae, con su obligación vesperal desucumbir, paseo, haciendo una guardia innecesaria, y paso entremercaderes mahometanos, entre gentes que adoran la vaca y la cobra,paso yo, inadorable y común de rostro. Los meses no soninalterables, y a veces llueve: cae del calor del cielo unaimpregnación callada como el sudor, y sobre los grandesvegetales, sobre el lomo de las bestias feroces, a lo largo de ciertosilencio, estas plumas húmedas se entretejen y alargan. Aguas dela noche, lágrimas del viento monzón, saliva saladacaída como la espuma del caballo, y lenta de aumento, pobre desalpicadura, atónita de vuelo.
Ahora, dónde está esa curiosidad profesional, esa ternuraabatida qué sólo con su reposo abría brecha, esaconciencia resplandeciente cuyo destello me vestía de ultraazul? Voy respirando como hijo hasta el corazón de unmétodo obligatorio, de una tenaz paciencia física,resultado de alimentos y edad acumulados cada día, despojado demi vestuario de venganza y de mi piel de oro. Horas de una solaestación ruedan a mis pies, y un día de formas diurnas ynocturnas está casi siempre detenido sobre mí.
Entonces, de cuando en cuando, visito muchachas de ojos y caderasjóvenes, seres en cuyo peinado brilla una flor amarilla como elrelámpago. Ellas llevan anillos en cada dedo del pie, ybrazaletes, y ajorcas en los tobillos, y además collares de color, collaresque retiro y examino, porque yo quiero sorprenderme ante un cuerpoininterrumpido y compacto, y no mitigar mi beso. Yo peso con mis brazoscada nueva estatua, y bebo su remedio vivo con sed masculina y ensilencio. Tendido, mirando desde abajo la fugitiva criatura, trepandopor su ser desnudo hasta su sonrisa: gigantesca y triangular haciaarriba, levantada en el aire por dos senos globales, fijos ante misojos como dos lámparas con luz de aceite blanco y dulcesenergías. Yo me encomiendo a su estrella morena, a su calidez depiel, e inmóvil bajo mi pecho como un adversario desgraciado, demiembros demasiado espesos y débiles, de ondulaciónindefensa: o bien girando sobre sí misma como una ruedapálida, dividida de aspas y dedos, rápida, profunda,circular, como una estrella en desorden.
Ay, de cada noche que sucede, hay algo de brasa abandonada que se gastasola, y cae envuelta en ruinas, en medio de cosas funerales. Yo asistocomúnmente a esos términos, cubierto de armasinútiles, lleno de objeciones destruidas. Guardo la ropa y loshuesos levemente impregnados de esa materia seminocturna: es un polvotemporal que se me va uniendo, y el dios de la substitución velaa veces a mi lado, respirando tenazmente, levantando la espada.


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