Poemas de Diego de Torres y Villarroel

Diego-de-Torres-y-Villarroel
Nombre: Diego de Torres y Villarroel
Nacimiento: Salamanca, España 1694
Muerte: Salamanca, España 19 de junio 1770
Nacionalidad: España
Biografía de Diego de Torres y Villarroel

Poemas de Diego de Torres y Villarroel



Poesías de Diego de Torres y Villarroel preferidas de nuestros lectores


  • A la memoria de D. Juan Domingo de Haro y Guzmán


  • La tierra, el polvo, el humo, en fin, la nada,
    al héroe más insigne y portentoso,
    es el único triunfo, el más glorioso,
    que robar has logrado, muerte airada.

    La vida de su fama celebrada,
    fe, virtud y valor y celo ansioso,
    exentos de tu brazo pavoroso,
    en lo eterno aseguran su morada.

    Al honor, al aplauso, al ardimiento,
    a la piedad, al culto y a la gloria
    tocar no pudo tu furor violento.

    Pues si de tantas vidas la memoria
    eterna vive en este monumento,
    ¿en qué fundas, oh Parca, tu victoria?

  • Cuenta un sopón, sirviente de estudiante, su vida a otro amigo


  • Siete años ha que sirvo, hecho un guillote,
    a un escolar que vive de pegote;
    y es en la escuela tan corrida zorra,
    que aunque viste de largo va de gorra;
    está roto, después es desgarrado;
    es bien nacido, pero mal criado.

    Una vieja más vieja que la sarna,
    menos que no se encarna,
    suele de mes a mes muy aburrida
    guisarnos la comida,
    que lo demás del año no hay potaje;
    yo como de pillaje,
    y mi amo ¡alhaja honrada!,
    fingiendo que está lejos la posada,
    o con otro motivo que él enreda,
    donde le dan las doce allí se queda.

    Lo que yo pillo, y lo que mi amo guarda
    de la mesa en que come aventurero,
    se junta por la noche en un puchero;
    repártese entre tres el almodrote:
    mi amo y yo al escote,
    a la vieja también damos su parte,
    y aunque no sea Cuaresma se la parte.

    Es la tal manca, coja, zancajosa,
    sorbida de mofletes, lagañosa,
    tiene flatos, verrugas y cuartanas,
    mucha sangre de espaldas y almorranas;
    ella es de enfermedades una odrina,
    y lo peor que tiene es mal de orina;
    para mí siempre es viernes, que el pescado
    es manjar muy salado,
    y aun cuando se me burla la esperanza,
    le canto una vigilia a la mi panza,
    que comer de vigilia, eso es mi yesca,
    que soy aficionado de la pesca,
    y tengo un paladar tan sazonado
    que hasta la carne para mí es pescado.

    Yo como, como un rey cuando se rapa,
    y los más de los días como un papa,
    y muchas veces a llevar me obliga
    en silla de la reina a la barriga.

    Un cartel muy funesto
    tengo en el cuarto donde tengo puesto:
    «Tiene pena de vida, alerta, alerta,
    el cochino que entrare por la puerta,
    el pollo, la gallina, el pavo, el gallo,
    el ganso, el carnero y el caballo»;
    porque montando en hambre un estudiante,
    no digo yo un caballo, un elefante.

    Aunque no soy galán, cuanto al vestido,
    siempre lo traigo, pero muy traído;
    y aunque el sastre lo hubiese mal cortado,
    en mi estatura está bien acabado;
    y cuando me desnudo estos andrajos
    dejo sembrado el cuarto de trapajos,
    porque en cada agujero está un remiendo,
    y aquéstos sin coser los voy poniendo.

    Téngolos oprimidos contra el pecho,
    y entre tal cual botón, aunque es mal hecho
    el tenerlos así tan apretados,
    porque caen en la tierra desmayados.

    Sale del cuerpo, y es la maravilla,
    que queda hecha un harnero mi ropilla,
    que aunque yo soy tan noble, y soy tan guapo,
    siempre me acompañé con todo trapo.

    Las bragas muy manidas y muy tiernas
    sólo tienen rodillas y entrepiernas.

    ¿Aforro? No se nombre, que le ahorro;
    la caspa de los muslos es el forro,
    y cuando más, le pongo por juguete
    un almidón de grasa por ribete;
    y si fuera preciso el azotarme,
    no era menester desatacarme,
    y sólo esto me falta en mi conciencia,
    además del ayuno, penitencia;
    pero por las mañanas, si me visto,
    allí sí, necesito de andar listo,
    llamando los trapajos a la audiencia
    a darlos su lugar y residencia;
    y como al revestirse cualquier cura,
    le va rezando a cada vestidura,
    yo como buen cristiano y como guapo,
    le rezo una oración a cada trapo;
    soy formal en vestir y tengo norma:
    nada hay de la materia, todo es forma,
    que sólo en mi vestido y mi laceria
    puede existir la forma sin materia.

    En cuanto a lo calzado,
    eso es lo que siempre anda muy tirado;
    lo más que traigo en naturales hormas
    son, cual niño amontado, estas dos cormas.

    Estas no tienen suelas, y al desgaire,
    como tengo gran planta la echo al aire.
    ¿La cama? Aqueso es risa,
    de sábanas no tiene ni aun camisa,
    sólo tiene en el suelo dos cuartones,
    y dos negras obleas por colchones;
    una manta, un jergón, y allí hacia un lado
    un orinal muy viejo y muy barbado,
    porque nunca se afeita, y con enojo
    tiene echadas las barbas en remojo.

    Una cruz de castaño muy funesta
    hacia mi cabecera tengo puesta,
    que como alguna vez en mis pasiones
    doy al diablo la cama y los colchones,
    con todo no quisiera la llevara,
    porque me hace gran falta si la hurtara.

    ¿Qué más cruz que mi cama, donde añado
    el cuadro de mí mismo desdichado,
    y en tan triste taladro,
    toda la noche paso en cruz y en cuadro?

    La prevención del cuarto se reduce
    a un viudo candil que jamás luce,
    se arrincona, anda a obscuras y se queja
    porque se le murió la candileja;
    está enfermo, padece sin sosiego,
    y no puede ver luz de puro ciego;
    está manco, la cara tiene rota,
    y en su vida ha tenido mal de gota;
    una espada, un broquel y tal cual caja,
    de comedias un libro, una baraja,
    dos sillas cojas, un arquetón malo,
    y una mesa que tiene pie de palo.

    Éste nunca ha llevado barredura,
    porque sirve de mucho mi basura
    que como el buen platero se acaudilla
    guarda su basura a la escobilla,
    de esta suerte también, Jigote amigo,
    suelo guardar mi estiércol para el trigo,
    y con mi triste capa hecha pedazos,
    si alguna vez lo barro, es a capazos.

    Ya, mi Jigote, has visto
    de la suerte que como, bebo y visto;
    me sustento, me calzo y me bandeo,
    mi gusto, mi alegría y triste empleo,
    mis trabajos, mis mañas, mis engaños,
    cómo paso los días y los años;
    ahora mira tú, pues que porfías,
    si igualan tus miserias a las mías.