Poemas de Guillermo Prieto

Guillermo-Prieto
Nombre: Guillermo Prieto
Nacimiento: Ciudad de México 10 de febrero de 1818
Muerte: Tacubaya 2 de marzo de 1897
Nacionalidad: México
Biografía de Guillermo Prieto

Poemas de Guillermo Prieto



Poesías de Guillermo Prieto preferidas de nuestros lectores


  • Décimas Glosadas


  • Pajarito corpulento,
    Préstame tu medecina
    Para curarme una espina
    Que tengo en el pensamiento,
    Que es traidora y me lastima.

    Es de muerte la aparencia
    Al dicir del hado esquivo;
    Pero está enterrado vivo
    Quien sufre males de ausencia.
    ¿cómo hacerle resistencia
    a la juerza del tormento?
    Voy a remontarme al viento
    Para que tú con decoro
    Digas a mi bien que lloro,
    Pajarito corpulento.

    Dile que voy tentalenando
    En lo oscuro de mi vida,
    Porque es como luz perdida
    El bien por que estoy penando.
    Di que me estoy redibando
    Por su hermosura devina,
    Y, si la mirares fina,
    Pon mi ruego de por medio,
    Y dí: "Tú eres su remedio;
    Préstame tu medecina."

    El presil tiene sus flores
    Y el manantial sus frescuras,
    Y yo todas mis venturas y sus alegres amores
    Hoy me punzan los dolores
    Con terquedá tan indiana,
    Que no puedo estar ansina.
    Aigre, tierra, mar y cielo,
    ¿quién quire darme un consuelo
    para curarme una espina?

    Es la deidad que yo adoro,
    Es mi calandria amorosa,
    Mi lluvia de hojas de rosa
    Y mi campanita de oro.
    Hoy su perdido tesoro
    Me tiene como en el viento,
    Sin abrigo, sin asiento:
    Su recuerdo de ternura
    Es como una sepultura
    Que tengo en el pensamiento.

    Es mirar la que era fuente
    Hoyo espantable y vacío;
    Es ver cómo mató el frío
    La mata airosa y potente;
    Es un sentir redepente
    A la muerte que se arrima,
    Es que tiene mi alma encima
    Una fantasma hechicera
    Que me sigue adonde quiera,
    Que es traidora y me lastima.


  • La inmortalidad (A Manuel Payno)


  • La flor encantadora y delicada
    que sobre esbelto tallo se mecía,
    la vio ufana la luz de un solo día,
    luego desapareció.
    De ese arbusto marchito y derribado,
    ayer tal vez hermoso y floreciente,
    hoy arranca sus hojas el ambiente
    que ufano le halagó.

    Y al alto muro y orgullosa torre,
    que sola en el espacio alzó la frente,
    en silencio, del tiempo la corriente
    del mundo arrancó ya.
    ¿Por qué, por qué insolente, hombre mezquino,
    más débil que el arbusto y que la planta,
    en vuelo audaz soberbio te levanta
    la estéril vanidad?

    De1 tiempo rapidísimo las alas,
    sobre nubes de imperios se extendieron,
    y se apartó la sombra, ¿ do estuvieron
    imperios y poder?
    Hombre: ¿cómo te entregas a hondo sueño,
    de la playa en la vida recostado.
    si al más ligero viento, el mar alzado
    tu cuerpo ha de envolver?

    Y la frágil hojilla del arbusto,
    cuando mugen terríficos los vientos,
    al caer en los marea turbulentos
    mas impresión harán
    que el golpe de cien mil generaciones,
    por la mano del tiempo derribadas,
    en las dulces y quietas oleadas
    de la ancha eternidad.

    Un solo grano de la limpia arena
    enturbia mas el férvido torrente,
    que esparcido del tiempo en la corriente
    del hombre el lodo vil.
    Héroe, monarca, arranca de tu labio
    el grito del orgullo que horroriza;
    es igual tu ceniza a la ceniza
    del pastor infeliz.

    Mas si destruye el tiempo de igual modo
    la frágil cuna, el lecho vacilante
    del anciano, y el solio de diamante
    do está la juventud;
    y si del crimen el puñal sangriento
    se rompe en los sepulcros igualmente
    que la diadema nítida y fulgente
    do está la virtud.

    Si a esta por siempre la mostró llorando,
    y a la maldad triunfante y denodada,
    al tocar en los bordes de la nada
    la antorcha del saber;
    ¿qué importa que feroces me amenacen,
    ni que lancen gemidos los humanos,
    si yo arranco ruiseñor de sus manos
    la copa del placer?

    Esto dije mil veces, y encontraba
    inútil la razón, la vida yerta;
    y estéril, oscurísima, desierta
    del hombre la mansión.
    Y yo me aborrecí cuando veía
    a mi existencia entre tiniebla adusta,
    y no pude adorar la mano injusta
    del que llamaban Dios.

    Y burlé a los que ilusos distinguían
    sobre el sol, dominando el firmamento,
    el vasto solio y el sublime asiento
    de un genio de bondad.
    Yo allí con rabia distinguí un tirano,
    que quiso sobre el mundo levantarse,
    para ver sin estorbo aniquilarse
    la triste humanidad.
    En mi delirio horrísono exclamaba:
    si eres padre clemente y Dios piadoso,
    si es del hombre tormento doloroso
    dudar su porvenir;
    si a un solo movimiento de tu labio;
    puede rasgarse del misterio el velo,
    y hallar escrito en el inmenso cielo
    su destino infeliz;

    ¿por qué te regocija nuestro llanto?
    ¿Esa noble, tu augusta Providencia,
    al mortal le concede la existencia
    solo para el dolor?
    Mas si de lo futuro la ignorancia
    que renace en la tierra tu quisiste,
    ¿para qué la razón me concediste,
    incomprensible Dios?

    Hacia el caos diriges 1a mirada;
    nace el sol, vive el mundo, brota el viento;
    el vasto mar refleja un firmamento
    bañado con su luz.
    Y frívolo concedes el imperio
    del orbe que tu nombre diviniza,
    a un ente vil que al toque pulveriza
    del débil ataúd?

    Anhelaba mi mente hasta el letargo
    de desesperación, y jamás calma;
    y siempre, siempre destrozada mi alma
    por inquietud tenaz.
    El horror de la muerte me oprimía,
    el susurro del aura me aterraba,
    y a contemplar la tumba me arrastraba
    la dudosa ansiedad.

    El horror expresando la mirada,
    torpe el paso, débil el aliento,
    temblando con el frío del tormento
    al sepulcro llegué.
    Una fuerza violenta, irresistible,
    me hizo inclinar al fondo la cabeza;
    y gemí de terror, y con presteza
    loe párpados cerré.

    En mi quebranto pronuncié convulso
    de Dios el nombre, y súbito retumba,
    y cruje, y se abre la terrible tumba
    con estruendo fatal.
    pero una luz vivísima, inefable,
    le da paso a mi atónita mirada;
    Y mi razón encuéntrase abrumada
    en gozo celestial.

    Con júbilo indefinible
    miré que bañó mi frente
    la luz pura, indeficiente,
    de la grande eternidad
    Vi al mortal ennoblecido
    sobre el trono del Eterno,
    y de un Dios sublime, tierno,
    la esplendente majestad.

    No el Dios fiero, vengativo,
    que teme y no adora el mundo,
    que creen que grita iracundo
    con la tempestad atroz;

    Y que devasta los campos
    en las alas del torrente,
    publicando el rayo ardiente
    su omnipotencia feroz.

    Cual de luciérnaga el brillo
    en la claridad del día,
    junto de Dios se perdía
    nuestro refulgente sol.
    Salud, Hacedor Supremo:
    salud, Padre de la vida,
    como el alma enternecida
    ora entona tu loor.

    Cuando en la tierra infeliz
    vi la virtud desdichada,
    pobre, envilecida, atada,
    del crimen negro al poder;
    no pensaba en que tu mano
    la inocencia galardona,
    que de gloria la corona
    colocas sobre su sien.

    Ni creí que la tormenta
    que envanece y alucina,
    en ondulación mezquina
    en el dilatado mar.

    Sordo al bramar la tormenta
    ciego al contemplar el cielo,
    te cubrí ¡oh Dios! con el velo
    de la lóbrega impiedad.
    Busqué criminal entonces,
    de angustia el alma agobiada,
    entre el polvo de la nada
    el lecho de la quietud.

    Las pasiones me arrastraron;
    no hay Dios, mis labios decían,
    y mis ojos se ofendían
    de eternidad con la luz.

    Si hubiera visto irrompibles
    de amor los queridos lazos,
    durmiendo al hijo en los brazos
    del afecto maternal;
    te hubiera amado, Dios mío,
    y tolerado mi suerte,
    mis ojos viendo a la muerte
    sin el llanto del pesar.
    Sólo una gota de sangre,
    o una lágrima inocente,
    del alma del delincuente
    nunca se logra borrar;
    pues la incorpora la muerte,
    la lumbre de Dios la aclara,
    y la aura copa acibara
    de aquel placer celestial.

    Pero ni al hombre insolente
    que con su labio blasfemo
    te ha injuriado, Ser Supremo,
    en este mundo infeliz,
    niegas tu bondad augusta;
    el no la soporta, gime
    con el aspecto sublime
    de una eternidad feliz.

    Aura blanda, dulces flores,
    bastos campos, lindo cielo,
    y un indecible consuelo
    que disipaba el dolor;
    yo disfruté alborozado,
    tornó el regocijo a mi alma,
    y una deliciosa calma
    ocupó mi corazón.

    Millares de vastos mundos
    giran, Señor, a tus plantas,
    que sostienes y que encantas
    con tu sublime bondad;
    Entre los cuales se pierden
    nuestro mundo y nuestro orgullo,
    cual de tórtola el arrullo
    cuando muge el huracán.
    Mortal, mortal atrevido,
    ¿te dará la impiedad, necio,
    siquiera el odio, el desprecio
    de ese Omnipotente Dios?
    Piensas al lanzar blasfemias
    en tu honda mansión, perjuro,
    que haces retemblar el muro
    del alcázar del Criador?

    ¿Cómo penetrar pretendes,
    contenido por ti mismo,
    en el insondable abismo
    de nuestro lóbrego ser?
    ¿Quién es el hombre, responde,
    que así reclama insolente
    ser émulo y confidente
    del que prodiga el saber?

    Huyóse la ficción, y el alma mía,
    cuando la ofusca del dolor el velo,
    recuerda. con purísimo consuelo
    este dulce momento de alegría:

    tal vez, tal vez momento de delirio
    que ama mi corazón ardientemente,
    y que cuando se aleje de mi mente
    acaso en mi alma arraigará el martirio.
    Pero ¡oh Dios de bondad! por él te adoro,
    y por él , si me amaga el triste duelo,
    grito: Soy inmortal: contemplo el cielo,
    y recobro vigor y enjugo el lloro.