Poema De un convite Oda XIV de Juan Melndez Valds

De un convite Oda XIV

de Juan Melndez Valds



Ved, amigos, cul llega
ya delicioso el mayo,
en las plcidas alas
del Cfiro llevado.

Grata Flora en su obsequio
le engalana los campos,
mil flores por doquiera
desparciendo su mano.

Cojamos las ms lindas;
y alegres emulando
las risas y banquetes
que libre canta Horacio,

de hiedra coronadme,
yo en torno har otro tanto,
y ornad copas y mesa
de pimpollos y ramos.

La rosa est en los pechos
del dulce Amor esclavos,
y quin de sus arpones
escapa en nuestros aos?,

la rosa que a Citeres
su seno purpurado,
y del hijo a los besos
su aroma debi grato.

Llevemos todos rosas,
pues que todos amamos;
y quien cuidados llore
por hoy les d de mano.

Que yo, al ver cul incauta
Dorila a cada paso
me muestra que me adora,
perdido la idolatro.

Aun nia y simplecilla,
un da con mis labios
comuniqu a los suyos
el fuego en que me abraso.

De entonces al mirarme
de un vivo sonrosado
anmase, y su seno
se eleva palpitando.

Aqu, pues, a la sombra
del lamo copado,
donde mil pajaritos
cruzan de ramo en ramo

y acarcianse tiernos
y gozan y a otros lazos
para nuevas delicias
escpanse voltarios,

do entre guijas y trbol
con sus trmulos pasos
murmullante el arroyo
nos aduerme saltando,

la fiesta celebremos:
del nctar perfumado
que Jerez nos regala
brindemos y bebamos.

Misterioso el silencio
cubrindonos, despacio
gocemos los manjares
que el lujo ha preparado.

Paladese el gusto,
delicioso el olfato
reglese, y los ojos
se ceben en mirarlos.

Bebamos otra copa;
empicela Menalio,
y a un tiempo clamad todos:
Honor, honor a Baco!

A cada nueva copla,
los vivas y el aplauso
subiendo a las estrellas,
responda un dulce trago;

y otro y otros en torno
tocndonos los vasos,
del viejo Valdepeas
se sigan apiados.

As hasta media noche
los brindis renovando,
del sabroso banquete
prolonguemos el plazo,

de do medio beodos
a sumirnos corramos
del tranquilo Morfeo
en el muelle regazo.

Que las horas escapan
fugaces y callando,
y en pos nos precipita
del tiempo el rudo brazo.

Ved, si no, cul las rosas
dan su vez al verano,
y al enero aterido
el otoo templado.

Nuestro cabello de oro
de nieve harn los aos,
y nuestra alegre vida
de duelos y quebrantos.

Entonces ni los bailes,
ni el vino ms preciado,
ni el rostro ms travieso
podrn regocijarnos.

Del da que nos re
gocemos, pues en vano
ser inquirir si un otro
nos lucir ms claro.



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