Poemas de Juan de Dios Peza

Juan-de-Dios-Peza
Nombre: Juan de Dios Peza
Nacimiento: México D.F. 29 de junio de 1852
Muerte: 16 de marzo de 1910
Nacionalidad: México
Biografía de Juan de Dios Peza

Poemas de Juan de Dios Peza



Poesías de Juan de Dios Peza preferidas de nuestros lectores


  • La calle del niño perdido



  • Al rayar de una mañana
    serena, apacible y pura,
    cuando el alba su hermosura
    envuelve en manto de grana,

    cuando entre vivos fulgores
    y entre céfiros suaves,
    el espacio todo es aves
    y la tierra toda flores;

    y tras el lejano monte
    de la noche como huella
    se ve la postrer estrella
    temblar en el horizonte;

    y junto a la estrella está
    cual maga que la sostiene,
    celosa del sol que viene
    la luna que ya se va

    y suena la algarabía
    en boscajes y colinas
    de mirlos y golondrinas,
    saludando al rey del día;

    con una pompa real
    que noble gente corteja
    llegó una feliz pareja
    a la iglesia Catedral.

    Era selecta la grey,
    pues ya la gente contaba
    que el Arzobispo oficiaba
    y era padrino el Virrey.

    Entrando en el santuario
    se fueron a arrodillar
    en el más lujoso altar
    de cuantos tuvo el Sagrario.

    Apuestos eran él y ella;
    de gran fortuna ella y él
    de treinta años el doncel
    y de veinte la doncella.

    Los dos contentos y ufanos,
    llenos de fe y de ilusiones,
    ya unidos sus corazones
    iban a enlazar sus manos.

    De nuevas dichas en pos
    se les vio salir unidos
    con sus amores ungidos
    por la bendición de Dios.

    Y bien pronto en la ciudad
    se supo con alegría
    que el despuntar de aquel día
    fue todo felicidad.

    Repitiendo en cada hogar
    que ya estaba desposada
    doña Blanca de Moncada
    con don Gastón de Alhamar.

    II

    Para rencores y duelos
    de amor en el paraíso
    el infierno darnos quiso
    una serpiente: los celos.

    No hay corazón más herido
    ni con más sed de venganza
    que el que pierde la esperanza
    de verse correspondido.

    Y que mira por su mal,
    que mientras más sufre y llora,
    más se distingue y se adora
    a un poderoso rival.

    No está, pues, mal expresado,
    por quien sintió tantos dolores,
    que ser rival en amores
    es odiar y ser odiado.

    Mientras Blanca se enlazaba
    con Gastón a quien quería,
    bajo la nave sombría
    un hombre la contemplaba.

    Era de semblante duro,
    de mirar torvo y dañino:
    Blanca lo halló en su camino
    cual se encuentra un aire impuro.

    Le repugnó su ardimiento
    y él la siguió apasionado
    cual si ella fuera el pecado
    y él fuese el remordimiento.

    En alas de la pasión
    la importunaba y seguía,
    y ella callaba y sufría
    sin revelarlo a Gastón.

    Y llegó a ser tan osado,
    que le dijo con maldad:
    "Por fuerza o por voluntad
    has de venir a mi lado".

    "Has burlado mi esperanza
    me niegas tu fe y tu mano;
    Blanca: soy napolitano,
    cuídate de mi venganza!".

    Blanca todo desdeñó,
    libre de duelo y pesares,
    pero llegó a los altares
    y al hombre aquel encontró.

    Al bajar la escalinata
    vio de la nave a lo lejos,
    dos ojos cuyos reflejos
    le estaban diciendo: ¡ingrata!

    Y brillaban por igual
    ese modo que sonroja,
    porque recuerdan la hoja
    de envenenado puñal.

    Se sintió desfallecer
    tuvo miedo a oculto lazo,
    y dando a Gastón el brazo
    se irguió para no caer.

    -¿Qué tienes? -dijo Gastón-
    -¿Palideces, Blanca mía?
    - Palidezco de alegría,
    de contento, de emoción.

    Y de la sombra al través
    el napolitano herido,
    clamó con sordo rugido:
    "¡Caerán los dos a mis pies!".

    Y con semejante infernal
    como el lobo tras la oveja,
    tras de la gentil pareja
    salió de la Catedral.

    III

    ¡Cuán dichoso es un hogar
    donde reina una fe pura
    y se cifra la ventura
    en ser amado y amar!

    Hermoso y seguro puerto
    del mundo en las tempestades,
    fanal de eternas verdades
    de la vida en el desierto.

    Gastón y Blanca, allí a solas,
    en santa pasión se abrasan
    y todas sus horas pasan
    serenas como las olas.
    Forma en su rica mansión
    el lazo de su cariño,
    un ángel de paz, un niño,
    viva imagen de Gastón.

    Respira el aire salubre
    sin zozobra y sin fatigas
    que acaricia a las espigas
    en las mañanas de octubre.

    Causa envidia al arrebol
    de su mejilla el carmín,
    y es cual la flor de un jardín
    abierta al beso del sol.

    En su tez sin mancha alguna
    hay la limpidez de un astro,
    y parece de alabastro
    cuando reposa en la cuna.

    Blanca dobla las rodillas
    para dormido admirarlo.
    Gastón, por no despertarlo,
    se le acerca de puntillas.

    Y apasionados él y ella
    lo ven con dulces sonrojos,
    cual ven unos mismos ojos
    la luz de una misma estrella.

    Y la flor recién nacida
    talismán de dichas era,
    porque la ilusión primera
    ¡le dio en un beso la vida!

    Cuando soñaron los dos
    por primogénito un hombre,
    pensaron: tendrá por nombre
    "El regalado por Dios".

    Y cumplido el noble afán,
    igual en Blanca y Gastón,
    como Dios le dio un varón
    le dieron por nombre: Juan.

    Y trajo rasgos tan bellos
    de gracia viril tesoro,
    y era tan brillante el oro
    de sus rizados cabellos,

    que al llevarlo ante la Cruz
    a recibir el bautismo,
    que forma en el cristianismo
    Jordán de gracia y de luz,

    soñándolo ya un artista
    o pensador de renombre,
    lo advocaron bajo el nombre
    de Juan el Evangelista.

    Y así aquel niño sin par,
    flor de celestes pensiles,
    miró lucir tres abriles
    sin lágrimas en su hogar.

    Siempre en la faz de Gastón
    hubo sonrisa al mirarlo;
    Blanca siempre al contemplarlo
    alzó al cielo una oración.

    Y no puedo describir
    los sueños que ambos tenían,
    cuando al verlo discurrían
    en su incierto porvenir.

    Y eran felices los dos,
    que al hogar que amor encierra
    un hijo trae a la tierra
    las bendiciones de Dios.

    IV

    La dicha de aquel hogar
    se vino a eclipsar al fin,
    y fue el rubio serafín
    motivo de tal pesar.

    El Destino, injusto y ciego,
    que lo más sagrado arrasa,
    en cierta noche la casa
    envolvió ondas de fuego,

    y entre el inmenso terror
    que el incendio produjera,
    Blanca, en la extendida hoguera,
    busca el fruto de su amor.

    Gastón, corriendo aturdido,
    al hijo tierno buscaba
    y como un loco gritaba:
    "¡Volvedme al Niño Perdido!"

    Y las llamas ascendían
    terribles y destructoras,
    y raudas y abrasadoras
    cuanto hallaban, consumían.

    Blanca y Gastón, como fieras
    que su cachorro les quitan,
    braman, se revuelven, gritan
    con voces tan lastimeras-

    que por piedad o cariño,
    el peligro desdeñando,
    muchos los siguen llorando
    en busca del tierno niño,

    Y Gastón; sin sombra alguna
    de temor; con ciego empuje,
    sobre una viga que cruje
    se adelanta hasta la cuna.

    ¡Aquí! con gran alegría
    está el niño, a todos dice,
    mas pronto ve al infelice
    que está la cuna vacía.

    Siente romperse los lazos
    que lo ligan a este mundo
    y con un dolor profundo
    alza la cuna en sus brazos.

    Corre, y al punto que asoma
    con Blanca por la escalera;
    de un golpe la casa entera
    retronando se desploma.

    No hay bálsamo que mitigue
    de Gastón la pena ardiente;
    corre, y lo sigue la gente,
    y Blanca, loca, lo sigue.

    Cruzan por una calleja
    donde existe sobre el muro
    un viejo retablo obscuro
    que humilde altar asemeja.

    Con amargura infinita
    Gastón se postra de hinojos
    y fija los tristes ojos
    en esa imagen bendita.

    -"¡Oh, Madre de los Dolores!
    dice mirándola fijo,
    Devuélveme por tu Hijo
    al hijo de mis amores!".

    Y a la vez que en la sombría
    calleja, otra voz se alzaba.
    Era Blanca que gritaba:
    -"¡Dadme a mi hijo, Madre mía!"

    Y cuando la gente ya
    rezando les acompaña,
    en lo alto una voz extraña
    a todos dice: - "¡Allí está!"

    Reina un silencio profundo;
    los ánimos se han turbado,
    el eco que han escuchado
    les parece de otro mundo.

    Vuelve los ojos Gastón
    sin proferir nueva queja,
    y al fondo de la calleja,
    mal oculto en un ancón,

    halla al raptor inhumano
    que carga al niño en un hombro;
    Blanca lo ve y con asombro
    exclama: "¡El napolitano!"

    Gastón le asalta derecho
    con ciega rabia infernal,
    y el raptor saca un puñal
    para clavarlo en su pecho.

    Y audaz grita: -¡El que incendió
    tu casa para vengarse,
    podrá matar o matarse,
    mas dar a este niño, no!

    -¡Infame! Gastón agrega
    y, erizado su cabello,
    salta, lo coge del cuello,
    y emprende así ruda brega.

    --¡Madre! ¡Madre! El niño grita;
    su dulce voz Blanca escucha
    y sin miedo de la lucha
    sobre ambos se precipita.

    Mientras Gastón al raptor
    estrangula, acude Blanca
    que de los hombros le arranca
    al tesoro de su amor.

    La gente, entusiasta, admira
    a Gastón, que con su mano
    ahoga al napolitano,
    que se retuerce y expira.

    Cuando ya muerto lo ve,
    y halla a Blanca con su hijo,
    al raptor con regocijo
    le pone en el cuello el pie.

    Se cruza airoso de brazos
    triunfante y de gozo ardiente,
    impidiendo que la gente
    destroce al vil en pedazos.

    Blanca, loca de alegría,
    arrodíllase llorando
    ante el retablo gritando:
    "¡Gracias, gracias, madre mía!"

    No juzga el hallazgo cierto
    en sus delirios febriles,
    y en tanto los alguaciles
    van a recoger al muerto.

    Vuelve a su esposa Gastón,
    mira al niño, se embelesa,
    y grita cuando lo besa:
    "¡Hijo de mi corazón!"

    Todo el pueblo enternecido,
    llora, clama, palmotea
    y hasta el más pobre desea
    besar al niño perdido.

    Y torna la paz al alma;
    la pena es gozo profundo,
    que siempre viene en el mundo
    tras la tempestad la calma.

    V

    Blanca, a quien sólo aconseja
    la piedad actos de amor,
    dejó de tan gran dolor
    un recuerdo en la calleja.

    Puso un nicho y unas flores,
    emblemas de su cariño,
    y en el nicho a Jesús Niño
    perdido entre los Doctores,

    y una lámpara que ardía
    símbolo de devoción
    invitando a la oración
    en la noche y en el día.

    Y año tras año corrido
    respeta el hecho la fama;
    y aquella calle se llama
    "Calle del Niño Perdido".



  • El callejón del besp



  • Una noche invernal, de las más bellas
    con que engalana enero sus rigores
    y en que asoman la luna y las estrellas
    calmando penas e inspirando amores;
    noche en que están galanes y doncellas
    olvidados de amargos sinsabores,
    al casto fuego de pasión secreta
    parodiando a Romeo y a Julieta.

    En una de esas noches sosegadas,
    en que ni el viento a susurrar se atreve,
    ni al cruzar por las tristes enramadas
    las mustias hojas de los fresnos mueve
    en que se ven las cimas argentadas
    que natura vistió de eterna nieve,
    y en la distancia se dibujan vagos
    copiando el cielo azul los quietos lagos;

    llegó al pie de una angosta celosía,
    embozado y discreto un caballero,
    cuya mirada hipócrita escondía
    con la anchurosa falda del sombrero.
    Señal de previsión o de hidalguía
    dejaba ver la punta de su acero
    y en pie quedó junto a vetusta puerta,
    como quien va a una cita y está alerta.

    En gran silencio la ciudad dormida,
    tan sólo turba su quietud serena,
    del Santo Oficio como voz temida
    débil campana que distante suena,
    o de amor juvenil nota perdida
    alguna apasionada cantilena
    o el rumor que entre pálidos reflejos
    suelen alzar las rondas a lo lejos.

    De pronto, aquel galán desconocido
    levanta el rostro en actitud violenta
    y cual del alto cielo desprendido
    un ángel a su vista se presenta
    -¡Oh Manrique! ¿Eres tú? ¡Tarde has venido!
    -¿Tarde dices, Leonor? Las horas cuenta.
    Y el tiempo que contesta a tal reproche
    daba el reloj las doce de la noche.

    Y dijo la doncella: - "Debo hablarte
    con todo el corazón; yo necesito
    la causa de mis celos explicarte.
    Mi amor, lo sabes bien, es infinito,
    tal vez ni muerta dejaré de amarte
    pero este amor lo juzgan un delito
    porque no lo unirán sagrados lazos,
    puesto que vives en ajenos brazos.

    "Mi padre, ayer, mirándome enfadada
    -me preguntó, con duda, si era cierto
    que me llegaste a hablar enamorado,
    y al ver mi confusión, él tan experto,
    sin preguntarme más, agregó airado:
    prefiero verlo por mi mano muerto
    a dejar que con torpe alevosía
    mancille el limpio honor de la hija mía.

    "Y alguien que estaba allí dijo imprudente:
    ¡Ah! yo a Manrique conocí en Sevilla,
    es guapo, decidor, inteligente,
    donde quiera que está resalta y brilla,
    mas conozco también a una inocente
    mujer de alta familia de Castilla,
    en cuyo hogar, cual áspid, se introdujo
    y la mintió pasión y la sedujo.

    Entonces yo celosa y consternada
    le pregunté con rabia y amargura,
    sintiendo en mi cerebro desbordada
    la fiebre del dolor y la locura:
    -¿Esa inocente víctima inmolada
    hoy llora en el olvido su ternura?
    Y el delator me respondió con saña:
    -¡No! La trajo Manrique a Nueva España.

    "Si es la mujer por condición curiosa
    y en inquirir concentra sus anhelos,
    es más cuando ofendida y rencorosa
    siente en su pecho el dardo de los celos
    y yo, sin contenerme, loca, ansiosa,
    sin demandar alivios ni consuelos,
    le pregunté por víctima tan bella
    y en calma respondió: -Vive con ella.

    "Después de tal respuesta que ha dejado
    dudando entre lo efímero y lo cierto
    a un corazón que siempre te ha adorado
    y sólo para ti late despierto,
    tal como deja un filtro envenenado
    al que lo apura, sin color y yerto:
    no te sorprenda que a tu cita acuda
    para que tú me aclares esta duda".

    Pasó un gran rato de silencio y luego
    Manrique dijo con la voz serena
    -"Desde que yo te vi te adoro ciego
    por ti tengo de amor el alma llena;
    no sé si esta pasión ni si este fuego
    me ennoblece, me salva o me condena,
    pero escucha, Leonor idolatrada,
    a nadie temo ni me importa nada.

    "Muy joven era yo y en cierto día
    libre de desengaños y dolores,
    llegué de capitán a Andalucía,
    la tierra de la gracia y los amores.
    Ni la maldad ni el mundo conocía,
    vagaba como tantos soñadores
    que en pos de algún amor dulce y profundo
    ven como eterno carnaval el mundo.

    "Encontré a una mujer joven y pura,
    y no sé qué la dije de improviso,
    la aseguré quererla con ternura
    y no puedo negártelo: me quiso.
    Bien pronto, tomó creces la aventura;
    soñé tener con ella un paraíso
    porque ya en mis abuelos era fama:
    antes Dios, luego el Rey, después mi dama.

    "Y la llevé conmigo; fue su anhelo
    seguirme y fue mi voluntad entera;
    surgió un rival y le maté en un duelo,
    y después de tal lance, aunque quisiera
    pintar no puedo el ansia y el desvelo
    que de aquella Sevilla, dentro y fuera,
    me dio el amor como tenaz castigo
    del rapto que me pesa y que maldigo.

    "A noticias llegó del Soberano
    esta amorosa y juvenil hazaña
    y por salvarme me tendió su mano,
    y para hacerme diestro en la campaña
    me mandó con un jefe veterano
    a esta bella región de Nueva España...
    ¿Abandonaba a la mujer aquella?
    soy hidalgo, Leonor, ¡vine con ella!

    "Te conocí y te amé, nada te importe
    la causa del amor que me devora;
    la brújula, mi bien, siempre va al norte;
    la alondra siempre cantará a la aurora.
    ¿No me amas ya? pues deja que soporte
    a solas mi dolor hora tras hora;
    no demando tu amor como un tesoro,
    ¡bástame con saber que yo te adoro!

    "No adoro a esa mujer; jamás acudo
    a mentirle pasión, pero tú piensa
    que soy su amparo, su constante escudo,
    de tanto sacrificio en recompensa.
    Tú, azucena gentil, yo cardo rudo,
    si ofrecerte mi mano es una ofensa
    nada exijo de ti, nada reclamo,
    me puedes despreciar, pero te amo".

    Después de tal relato, que en franqueza
    ninguno le excedió, calló el amante,
    inclinó tristemente la cabeza;
    cerró los ojos mudo y anhelante
    ira, celos, dolor, miedo y tristeza
    hiriendo a la doncella en tal instante
    parecían decirle con voz ruda:
    la verdad es más negra que la duda.

    Quiere alejarse y su medrosa planta
    de aquel sitio querido no se mueve,
    quiere encontrar disculpa, mas le espanta
    de su adorado la conducta aleve;
    quiere hablar y se anuda su garganta,
    y helada en interior como la nieve
    mira con rabia a quien rendida adora
    y calla, gime, se estremece y llora.

    ¡Es el humano corazón un cielo!
    Cuando el sol de la dicha lo ilumina
    parece azul y vaporoso velo
    que en todo cuanto flota nos fascina:
    si lo ennegrece con su sombra el duelo,
    noche eterna el que sufre lo imagina,
    y si en nubes lo envuelve el desencanto
    ruge la tempestad y llueve el llanto.

    ¡Ah! cuán triste es mirar marchita y rota
    la flor de la esperanza y la ventura,
    cuando sobre sus restos solo flota
    el negro manto de la noche obscura;
    cuando vierte en el alma gota a gota
    su ponzoñosa esencia la amargura
    y que ya para siempre en nuestra vida
    la primera ilusión está perdida.

    Leonor oyendo la vulgar historia
    del hombre que encontrara en su camino,
    miró eclipsarse la brillante gloria
    de su primer amor, casto y divino;
    su más dulce esperanza fue ilusoria,
    culpaba, no a Manrique, a su destino
    y al fin le dijo a su galán callado:
    -"Bien; después de lo dicho, ¿qué has pensado?

    "Tanta pasión por ti mi pecho encierra
    que el dolor que me causas lo bendigo;
    voy a vivir sin alma y no me aterra,
    pues mi culpa merece tal castigo.
    Como a nadie amaré sobre la tierra
    llorando y de rodillas te lo digo,
    haz en mi nombre a esa mujer dichosa,
    porque yo quiero ser de Dios esposa.

    Calló la dama y el galán, temblando,
    dijo con tenue y apagado acento:
    -"Haré lo que me pidas; te estoy dando
    pruebas de mi lealtad, y ya presiento
    que lo mismo que yo te siga amando
    me amarás tú también en el Convento;
    y si es verdad, Leonor, que me has querido
    dame una última prueba que te pido.

    "No tu limpia pureza escandalices
    con este testimonio de ternura
    no hay errores, ni culpas, ni deslice
    entre un hombre de honor y un alma pura;
    si vamos a ser ambos infelices
    y si eterna ha de ser nuestra amargura,
    que mi postrer adiós que tu alma invoca
    lo selles con un beso de mi boca".

    Con rabia, ciega, airada y ofendida,
    -"No me hables más, - repuso la doncella -
    sólo pretendes verme envilecida
    y mancillarme tanto como a aquélla.
    Te adoro con el alma y con la vida
    y maldigo este amor, pese a mi estrella,
    si hidalgo no eres ya ni caballero
    ni debo amarte, ni escucharte quiero".

    Manrique, entonces la cabeza inclina,
    siente que se estremece aquel recinto,
    y sacando una daga florentina,
    que llevaba escondida bajo el cinto
    como un tributo a la beldad divina
    que amó con un amor jamás extinto,
    altivo, fiero y de dolor deshecho
    diciendo :-"Adiós, Leonor", la hundió en su pecho.

    La dama, al contemplar el cuerpo inerte
    en el dintel de su mansión caído,
    maldiciendo lo negro de la suerte,
    pretende dar el beso apetecido.
    Llora, solloza, grita ante la muerte
    del hombre por su pecho tan querido,
    y antes de que bajara hasta la puerta
    la gente amedrentada se despierta.

    Leonor, a todos sollozando invoca
    y les pide la lleven al convento
    junto a Manrique, en cuya helada boca
    un beso puede renovar su aliento.
    Todos claman oyéndola: "¡Está loca!"
    y ella, fija en un solo pensamiento
    convulsa, inquieta, lívida y turbada
    cae, al ver a su padre, desmayada.

    Y no cuentan las crónicas añejas
    de aquesta triste y amorosa hazaña,
    si halló asilo Leonor tras de las rejas
    de algún convento de la Nueva España.
    Tan fútil como todas las consejas,
    si ésta que narro a mi le lector extraña,
    sepa que a la mansión de tal suceso,
    llama la gente: "El Callejón del Beso".